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REAL MAESTRANZA DE SEVILLA

Domingo, 1 de abril de 2018

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Victoriano del Río el sobrero -1 bis- y el 5); de desiguales hechuras; destacaron el notable 3 y un 4 de gran calidad.

Diestros:

Antonio Ferrera de berenjena y oro. Estocada levemente contraria (saludos). En el cuarto, media estocada atravesada y trasera y descabello. Aviso (petición y vuelta al ruedo).

José María Manzanares de azul pavo y oro. Pinchazo y estocada atravesada y contraria (saludos). En el quinto, media estocada (silencio).

Andrés Roca Rey de tabaco y oro. Estocada delantera. Aviso (oreja). En el sexto, estocada trasera y descabello. Aviso (ovación de despedida).

Banderilleros que saludaron:

Presidente: Gabriel Fernández Rey

Tiempo: bueno

Entrada: lleno de “no hay billetes”

Incidencias: Se guardó un minuto de silencio por los ganaderos Victorino Martín y Domingo Hernández, el puntillero Lebrija y el delegado de la autoridad Miguel Ángel Ocaña.

Video: https://twitter.com/toros/status/980537558504476678

Galería de imágenes: https://t.co/FxC3WGJdQd

Crónicas de la prensa:

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver

La corrida de apertura de temporada en Sevilla empezó mal: con la devolución por inválido del primero que pisaba el albero maestrante. Pero antes había empezado mejor: lleno de no hay billetes y un cartel más barato que el de otros años en Resurrección, al no estar Morante o Juli, por ejemplo. Los “Victorianos” no gustaron, salvo el buen tercero y lo que Ferrera mejoró del cuarto, y hasta dieron problemas, a este paso no los van a querer las figuras. Ferrera en su nueva línea de torero experto, que ya no banderillea y trata de sentar cátedra cada tarde. Oficio le sobra para ello. Manzanares estuvo en un papel muy distinto al habitual con el peor lote, sin duda. Y no se arredró con la tremenda voltereta en que voló bien alto, volvió a la cara y demostró que también tiene raza. Y Roca rey se llevó la primera, también ejecutando un papel distinto al de otras veces: apenas vimos espaldinas y sí unos templadísimos naturales que aún debe estar dando. A este paso, la Maestranza cambia de “consentido”, como dicen los mexicanos. Lleva muchos años Manzanares en ese puesto y puede que pronto se lo quite el joven peruano. El público, de aluvión. Cómo se nota que se acabó la crisis y vuelven a los toros, a pesar de los precios, en fechas señaladas como ésta. Se aplaudió y jaleó casi todo, mantazos y enganchones incluidos, qué le vamos a hacer.

ABC

Por Andrés Amorós. ¡Lo que se pierden los catalanes!

Me ha despertado, esta mañana, el jubiloso voltear de las campanas de la Giralda: proclaman que «el señor Jesús ha resucitado de entre los muertos» (igual que Bach, en su «Oratorio de Pascua»). Para celebrarlo, Mahler añadió, de su puño y letra, al final de su «Segunda Sinfonía», esta frase: «Moriré para vivir». Joaquín Romero Murube, con su «Sevilla en los labios», resume esta gloria: «Las campanas cubren, con la enredadera de sus sonidos, el cristal de la mañana». Y repite, tres veces: «¡Campanas, campanas, campanas!» En Sevilla, este Domingo de Pascua es, también, el día de la más hermosa corrida del año: ha pasado la Semana Santa; estalla el esplendor de la primavera; brillan, al sol, la cal refulgente y el dorado albero. ¡Vamos a los toros!

Los de Victoriano del Río no han dado buen juego, salvo tercero y cuarto; los demás, flojos, inciertos y complicados. Con el peor lote, Manzanares ha expuesto y ha sufrido una fuerte voltereta. Ferrera ha mostrado su añeja torería en una faena de gran sabor: la espada le ha impedido cortar trofeo. Roca Rey ha puesto al público en pie con su valor sereno y su cabeza clara; si el toro no hubiera tardado en caer, tenía en el bolsillo las dos orejas; se ha quedado en una pero prosigue su marcha imparable.

En Fallas, ha firmado una hermosa faena Antonio Ferrera, con su renovado clasicismo. Devuelto por flojo el primero (¡vaya comienzo de Feria!), el sobrero también flaquea, corta en banderillas. El diestro muestra su gran oficio, lo empapa en la muleta, le busca las vueltas. Una faena de mérito y exposición, rubricada por una buena estocada. El cuarto, un burraco («a medio pintar», comenta mi irónico vecino), dice poco pero humilla, es manejable. Antonio lo saca del caballo con verónicas primorosas (lo que hacía Joselito el Gallo y que sólo él mantiene, ahora). Cita dando el medio pecho, manda, va alargando las embestidas, lo lleva prendido a la muleta, logra naturales de gran sabor torero. Este sabio público ha ido entrando en la faena y se produce una comunión colectiva verdaderamente hermosa. Remata con un abaniqueo y un desplante, rodilla en tierra. Tiene ya el trofeo en el bolsillo pero pincha y se ha de contentar con la vuelta al ruedo: una vuelta de verdad, de las que satisfacen a un torero.

Vuelve Manzanares a una Plaza que lo tiene como hijo adoptado: es el momento para demostrar que ya ha superado del todo la larga lesión pero tiene mala suerte con el lote. Le tocan dos toros deslucidos y sólo puede justificarse con valor y destellos de su indudable clase. En el segundo, recibe una gran ovación el picador Paco María, que aguanta, primero, y clava certero, después. El toro empuja de lado, protesta en banderillas, cabecea. En el segundo muletazo, el diestro sufre ya una fuerte colada. Tragando mucho, logra algún natural largo pero lo paga, enseguida, con una fuerte voltereta, que pudo tener peores consecuencias. Se ha justificado por su valor pero el toro tenía guasa de verdad y requería una lidia de mayor castigo. No anda ahora tan fino con la espada como en él es habitual. El quinto se mueve pero muy informal. El comienzo de faena es precioso, se lo lleva, andando, hacia el centro, con muletazos variados. (¡Qué razón tiene, en esto, Morante: frente al estatismo actual, qué difícil y qué hermoso es torear andándole al toro, como hacía Domingo Ortega!). Llevándolo muy tapado, José María dibuja algunos naturales hasta que el toro se raja a tablas, huye descaradamente, y le piden que abrevie.

El único toro bueno

El joven Roca Rey ha triunfado ya, esta temporada, en Olivenza, Castellón y Valencia, donde arrebató al público como una «mascletá». Esta tarde, también entusiasma a este público sevillano, tan diferente. El tercero es el único toro bueno de verdad de la corrida y Andrés lo aprovecha plenamente, desde el comienzo, con verónicas, cargando la suerte. La primera tanda de muletazos es tan explosiva que ya logra que arranque a tocar la música: enlaza estatuarios con cambiados y naturales. El público, de pie, entusiasmado. Su firmeza hace que aflore el buen fondo del toro y se suceden las tandas al ralentí, por los dos lados. Aguantando, logra una gran estocada pero el toro se amorcilla y las seguras dos orejas se quedan en una. Al último, huido, le saca lo poco que tiene, pisando terrenos muy difíciles. La gente se fija en su valor. Quiero yo subrayar su cabeza para ver claro e improvisar: eso, delante del toro, muy pocos lo consiguen. A eso une gran facilidad, capacidad y ambición. Si no se tuerce, va a ser figura importante mucho tiempo.

Toreaba con primor clásico Ferrera, tocaba la Banda maravillosamente «Dávila Miura» y estábamos, todos, rozando el cielo. Mi sabio vecino comentó: «¡Lo que se pierden los catalanes!» Sobre este dorado albero, el milagro del arte ha vuelto a conmovernos: ¡buena, feliz Pascua, en esta Plaza de los Toros sevillana!

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Roca Rey y 'Jara', la gran faena de Resurrección en Sevilla

Era la última procesión de la Semana Santa aquella de Curro por la calle Iris. Escribíamos Resurrección con la erre de Romero. El Domingo que nadie quería adquirió el aroma, la categoría y la vitola del Faraón: 23 Pascuas con la ramita de romero en la solapa, la siembra de las ilusiones, la cosecha de la nostalgia. Hoy,18 años DC (Después de Curro) su espíritu habita en esta Maestranza que inicia su temporada. Del cartel de “no hay billetes”, aún se le adeuda algo. Siendo de Antonio Ferrera, José María Manzanares y Roca Rey la taquilla material.

Lucía la plaza el aspecto de las grandes ocasiones. Un minuto de silencio añadió la triste solemnidad. Por los ganaderos Victorino y Domingo Hernández, el puntillero Lebrija y el delegado de la autoridad Miguel Ángel Ocaña. Y casi se podía haber guardado por el toro de Victoriano de Río que volvió a los corrales. Una debilidad manifiesta en su amplio y alto esqueleto pero no definitiva. Las vueltas de Ferrera -que había percibido que aquellos cabezazos defensivos no le ayudarían- y el presidente lo sentenciaron. El burraco sobrero de Toros de Cortés también levantaba del piso su envergadura. No le sobraban ni el poder ni el cuello. Y la voluntad de humillar se le quedaba a mitad de camino. Así como la de irse del muletazo. AF lo manejó a su altura con pulcritud.

Traía una lámina agalgada el segundo de Victoriano del Río. Una movilidad como encogida de los cuartos traseros y, sobre todo, muy mentirosa. Su comportamiento en el peto pudo engañar. Paco María aguantó en la pelea en la primera vara con el caballo en el aire y cobró un segundo puyazo formidable. El toro ya desparramaba la vista en el principio de tanteo de la faena Manzanares. Tan mirón. Una contradicción constante entre cómo se abría en los muletazos y cómo se venía por dentro si el torero, que se quedaba descolocado, no le ganaba la acción. Avisó en una ocasión; en el siguiente amago no marró la pieza. Quiso aguantar el alicantino la amenaza con la muleta retrasada y voló como fardo. Terrorífico el volteretón. JMM, milagrosamente intacto, pasó un trago amargo. Algunos derechazos aislados quedaron como esfuerzo mayor. A últimas todavía lo agrio del toro ya rajado siguió venciéndose de mala forma.

Las bajas y recortadas hechuras del castaño tercero pregonaban su notable condición. Como también la manera de colocar la cara en los vuelos de las verónicas cargadas de determinación de Roca Rey. Que midió el castigo a sabiendas de la joya que significaba Jara. Al explosivo prólogo de estatuarios -espaldina incluida- le cosió un trío de naturales proféticos. La ligazón embraguetada sobre la mano derecha puso a hervir la Maestranza. Que definitivamente volteó en su izquierda. Tan lenta, larga y profunda. Jara se daba hasta el final con el hocico labrando el albero. Los redondos siguientes se transformaron casi en circulares completos. Cuando RR soportó un parón, los tendidos se caían. Literalmente. Aún dibujó su zurda la última tanda de calado con la embestida ya gastada. Mató con una rotundidad exultante, esquivando un duro derrote. Tardó el toro en echarse. Y por ello quizá el personal se enfrió. Sonó un aviso, aguantó el usía como zorro viejo la pañolada y cayó una oreja de calibre doble. Incompresiblemente tampoco se pidió más.

El otro toro de la corrida de Victoriano del Río fue el cuarto. Un burraquito de armónicas y terciadas líneas de calidad superior. Antonio Ferrera se explayó con él de la tercera serie de derechazos en adelante. Esa tercera ronda crujió a Despreciado y desembocó en un cambio de mano interminable. Ferrera entonces toreó a los vuelos al natural. A más reunión, superior expresión. Siempre en los terrenos del tercio. Las pausas y los paseos. En estado puro su interpretación. Entre el abandono y el manierismo. Otra vez los derechazos adquirieron tintes de hondura, vaciándose con el toro, acinturado y hundido. La faena tocaba a su fin. Pero el veterano extremeño continuó, apurando lo que no había que apurar. Envió el palco el recado. Media estocada atravesada y muy trasera provocó el uso del descabello. Pidió Sevilla el trofeo y el usía no cedió, manteniendo un nivel de exigencia que ya veremos en feria. Las mulillas arrastraron a Despreciado con las dos orejas íntegras que le colgaban.

Careció de suerte José María Manzanares con el hermoso quinto de Toros de Cortés. Punteó, soltó la cara sin celo y se rajó. El prometedor inicio se evaporó. Queda temporada para esperar la Fortuna de Manzanares y lo que no es Fortuna….

Feíto, degolladito y manso, el último cartucho de Roca Rey tenía la pólvora mojada. El Cóndor del Perú lo intentó todo desde la larga cambiada. No hubo luego modo. A toro rajado, el arrimón a puro huevo. Tanto, que le pidieron la hora.

La Razón

Por Patricia Navarro. Entre lo divino y lo humano por Resurrección

Eran, fueron, las siete y diez de la tarde. No de cualquier tarde. Ni de cualquier día. Era el día. Resurrección. Sevilla. El peso de la Historia precede. La Maestranza huele distinto. Resplandece. Sevilla sin sevillanos en el cartel de los carteles. Ni toros ni toreros pero con un lleno a rebosar. Un gustazo. Eran las siete y diez. En punto. Eran los segundos que preceden a la muerte. El silencio penetraba cada resquicio de Sevilla. Antonio Ferrera se perfilaba en la suerte suprema. Altón el toro. Sobrero. De Toros de Cortés. Había tenido su miga. Manzanares calentaba muñecas en el callejón y Roca Rey la cintura. Eran los protagonistas en acción. Como si la tensión hubiera creado en esos segundos un triángulo de emociones, con tres focos indiscutibles y once mil espectadores en verdad invisibles.

Se pararon en seco los movimientos y fue ahí, justo ahí, cuando Antonio se tiró con todo y con todo entró esa espada, en lo alto. Tanta verdad en una suerte resuelta a su favor en cuestión de milímetros: los que deciden cada día el sino del triunfo o la tragedia. Triunfo es muchas tardes irse andando a casa. Ferrera saludó. Dejaba atrás una faena sincera a un toro, sobrero, con movilidad pero muy desigual en el ritmo y con tendencia a quedarse corto. La oreja era suya y de ley en el cuarto. Pero no fue. Tardó en sonar la música, como en coger la espada después. Fue faena muy personal. Con mucha magia. Cierto es que ocurrió todo en el tercio, en el cobijo de tablas, y la intensidad se vivió por barrios. Me tocó en uno bueno. Tan cerca, que la emoción nos hizo presos, por no saber qué venía después. En tiempos previsibles, suma. El toro, gustoso de escarbar, tenía una embestida vibrante, porque pasaba por la muleta con contundencia y de ahí que no nos dejara indiferentes. Hubo pasajes absolutamente maravillosos. Por distintos. Por locos. Por ser partícipes de esa búsqueda de Antonio, de ese encuentro de Ferrera. Por esos chispazos que, de repente, te atrapan. Y amenazan con no soltar.

Le avisó. El segundo. En el duelo que mantuvieron a solas ya José María Manzanares y el de Victoriano. La cosa no iba de broma y no fue. Le lanzó un metro por los aires en uno de los muletazos diestros. Qué fea la cosa. Creímos desde el principio que el pitón no le había metido pero el cuerpo lo debía tener desmadejado. Hizo el animal en la muleta lo mismo que había hecho en el caballo. Arremeter con ganas y salir suelto después. Arreón de manso. Salió incierto. Al segundo o tercer aviso le prendió y después intentó Manzanares meterle mano al toro con solvencia. Y oficio. No le dio opciones un quinto rajado y protestón.

Un huracán vino desde Perú para quedarse. Volcánicos fueron los comienzos en el centro del redondel de Roca Rey al tercero. Por estatuarios tan convencido de desafiar al destino, fuera el que fuera, que conectaba con el público de manera irremediable. Un pase cambiado en pleno camino de la expectación y un buen muletazo entremedias: de pasárselo por la barriga y encajarse de veras. Fue el toro que más quiso ir, con el temple, la nobleza y el ritmo más definidos. La faena de Roca conjugó a la perfección calmar las ansias de su propia expectación con ese valor de acero que le permite aguantar lo inaguantable, ya sea en los parones del toro, sorprender pasándose al animal por donde le viene en gana, o enganchar algunos muletazos extraordinarios por largos, profundos, mecidos, templados y muy muy despaciosos. Así se ganó Sevilla. También. La espada punto delantera y contraria fue de efecto lento. Se hizo con el trofeo. Se echó de rodillas para recibir al sexto, que se movió sin entrega y se rajó antes casi de empezar. Entrega toda del peruano, que anduvo entre los pitones lo indecible. Y así, entre lo divino y lo humano se nos fue la tarde. La tarde de Resurrección que acabó en noche. Y quedamos ahí atrapados.

El País

Por Antonio Lorca. El imperio del toreo ‘low cost’

La plaza de la Maestranza, una preciosidad, como cada primavera; el ambiente, de lujo, como cada Domingo de Resurrección; los sueños, por las nubes, y la afición (entiéndase público) fácil, fácil, como nunca: no es hambre de toros lo que se mastica, sino la constatación de que se ha perdido la inherente exigencia de la tauromaquia. Este es el imperio del toreo low cost, y así son las cosas…

Hubo momentos de alta tensión, de toreo bueno, es verdad, pero todo no puede valer. No valen, por ejemplo, los toros que se lidiaron de Victoriano del Río, correctos, por no decir muy justos de trapío, escasos de fortaleza, parientes lejanos de animales bravos y dulzones y nobles, eso sí, al gusto de la torería andante.

El primero que inauguró la temporada fue devuelto a los corrales. No es lo que se dice un buen comienzo. Besó la arena en varias ocasiones y demostró sin pudor que lo suyo no era la pelea. Después, salieron otros, sosones unos y muy nobles y sin fiereza otros. Destacaron, según la nomenclatura moderna, los corridos en tercer y cuarto lugar, correspondientes de Roca Rey y Antonio Ferrera. El primero cortó una oreja y el segundo se debió conformar con una vuelta al ruedo tras fallar con el acero a la primera.

El joven peruano parece que viene a por todas esta temporada. Le sobran condiciones para ello; desborda valor, entrega, ilusión y capacidad para conectar con el público. Aprovechó las buenas condiciones de su primero, al que capoteó con donosura de salida, y esperó en el centro del ruedo, a pies juntos y por ajustados estatuarios en el inicio de la faena de muleta. Con pasmosa facilidad, dibujó varias tandas de derechazos muy jaleados y, después, un rosario de naturales templados y enjundiosos que hicieron sonar los compases de la banda de música. Aprovechó, en suma, la humillación del animal que le permitió ganar el entusiasmo de los tendidos. El toro tardó en morir tras un estoconazo y el premio se redujo a una oreja, más que merecida.

Se esperaba todo y más del sexto de la tarde, pero la muy irregular corrida de Victoriano del Río lo impidió. Roca Rey quiso darlo todo, pero su toro, acobardado en tablas, se negó a colaborar. Valor sin mácula ante un animal huidizo que impidió que el torero peruano corroborara una tarde de triunfo en Sevilla.

Y Ferrera, que no pudo más que justificarse ante el soso y desabrido primero, salió a por todas ante el cuarto, otro dechado de nobleza, ante el que dictó una lección de buen gusto, de temple e inspiración. Incomparable ese momento en el que la trompeta interpreta el solo del pasodoble Dávila Miura, de Abel Moreno Gómez, la plaza silente, y toro y torero, frente a frente, para dibujar una tanda de muletazos tan irregulares como henchidos de magia. Mejor, quizá, en los adornos que en el toreo fundamental, pero grande su torería, su inspiración, su forma de andar, sus maneras de pensar e interpretar en la cara del toro. Una media estocada fea y atravesada emborronó su obra.

Nada en el haber de Manzanares, poco agraciado con la suerte de un lote muy soso, impropio para el toreo que de él se espera. No pudo triunfar, pero se llevó un volteretón de miedo cuando pasaba con la derecha a su primero. Voló por los aires y salió milagrosamente indemne del accidente.

En fin, que se hizo de noche —las corridas en esta plaza siguen durando más que Lo que el viento se llevó, inconcebible, por ejemplo, la demora de los toreros en aparecer en la arena tras el anuncio de los clarines mientras la presidencia y el delegado de la autoridad miran para otro lado— y las ilusiones se marchitaron. Detalles, solo detalles, de buen toreo; toros para el desecho y las ilusiones por todo lo alto…

Diario de Sevilla

Por Luis Nieto. Roca, gran faena y trofeo de ley

Latía con fuerza y colorido el ambiente taurino por el Baratillo con ese singular paso de los diestros y sus cuadrillas ascendiendo por el repechito de la calle Iris entre la admiración de aficionados y público.

Ya dentro de la plaza, resplandeciente y donde no cabía ni un alfiler, Antonio Ferrera, José María Manzanares y Andrés Roca Rey desfilaron en el primer paseíllo de la temporada sevillana 2018.

En el ruedo, ese vigor de expectación, se fue diluyendo tras el ecuador del festejo en el que brillaron Andrés Roca Rey, quien ganó una oreja de ley en el tercer toro y Antonio Ferrera, que dio una vuelta al ruedo tras despachar al cuarto.

Roca Rey resultó el triunfador del festejo, añadiendo a su estoicismo, clase en su toreo y esas ráfagas de improvisación que convierten la plaza en un volcán. Se las vio en primer lugar con el mejor toro del encierro, un castaño, bajo, encastado y con nobleza que fue un material ideal para una gran faena en la que el limeño brilló especialmente en el recibo a la verónica, en el mejor toreo de capa de la tarde, y en dos series al natural. Roca comenzó esa faena de manera explosiva: en los medios, con dos estatuarios, un pase por la espalda y unos naturales. Las palmas echaron humo y los de Tejera se arrancaron con un pasodoble. En las afueras hubo ligazón en muletazos por ambas manos, pero con la zurda llegó a firmar algunos al ralentí, destacando también en los pases de pecho. Quiso asegurar el triunfo y se tiró a matar o morir, prácticamente a topacarnero, saliendo de la suerte suprema con los pitones en la pechera. El toro, encastado, tardaba en morir y el diestro, que no se decidía a emplear el verduguillo, escuchó un aviso. Tras la mayoritaria petición, fue premiado con una oreja de mucho valor.

Al feo y áspero sexto, Roca lo recibió con una larga cambiada de rodillas junto a tablas. El toro, sin entrega, se refugió pronto en tablas y el torero se entregó al máximo en un trasteo que cerró con un serio y largo arrimón.

Antonio Ferrera ejerció bien como director de lidia. Colocado y atento en todo momento, sacó personalmente del caballo a sus toros. Tuvo como segundo oponente al buen cuarto, un burraco con el que realizó una faena impregnada de torería, recibiendo un aviso antes de matar por el largo metraje del trasteo. Entre lo más brillante, una serie al natural y otra diestra con sabor de tauromaquia añeja, como la estampa gallista de un abaniqueo en el epílogo o un pase de pecho de costadillo. Faltó contundencia en la suerte suprema y todo quedó en una vuelta tras fuerte petición de oreja.

Con el reservón primero bis -sustituyó a un toro devuelto por invalidez- concretó una labor voluntariosa.José María Manzanares contó con el peor lote del encierro. Ante el peligroso segundo apostó fuerte y fue alcanzado en la faena de muleta, sufriendo una voltereta espeluznante. Logró algún destello de categoría como una suprema trincherilla.

El quinto astado, largo, tras calamochear, se rajó de inmediato, dejando sin opciones para el lucimiento al diestro alicantino.

El festejo del Domingo de Resurrección latió con fuerza en expectación ambiental y dos pasajes, con Roca Rey y Ferrera de protagonistas, y con ritmo decepcionante en el resto del espectáculo.

El Correo de Andalucía

Por Álvaro Rodríguez del Moral. Roca Rey canta por guajiras

Los matadores tardaron más de cinco minutos en salir al ruedo mientras los alguaciles daban vueltas y más vueltas. El minuto de silencio posterior -que sumó cuatro difuntos- alargó aún más una espera que acabó de parar los relojes con la devolución del primero. Esas demoras acumuladas acabó dotando a la corrida de un ritmo plúmbeo que sólo se rompió cuando Roca Rey se hizo presente en el ruedo como un relámpago vestido de oro.

El diestro peruano dotó de sentido a una tarde que hasta ese momento no había ofrecido momentos de demasiado interés. Ferrera había sembrado de detalles de buen gusto su faena al primero bis, un animal más atanasio que domecq, muy corto de viajes, que siempre fue a menos y con el que dibujó algunos naturales sueltos. Tampoco había podido ser con el segundo, un toro orientado, avisado y bravucón al que Paco María recetó un puyazo de campeonato. El bicho ya había regalado alguna miradita helante a Manzanares. En cuanto pudo le echó mano, propinándole una dura voltereta de la que salió con la cara ensagrentada sin que la faena lograra ningún fruto….

Pero salió el tercero y cayó en manos de un torero en vena que quiere mandar en esto. Roca lo recibió con verónicas ceñidas y desgarradas en las que ya pudo comprobar la buena condición de su enemigo. A partir de ahí ya no hubo descanso. El joven torero supo imprimir a la tarde el ritmo que había perdido desde los estremecedores estatuarios iniciales que arrancaron la música. Pero su faenón tomó vuelo supersónico al natural. El joven paladín peruano se hartó de torear con la izquierda desgranando muletazos de temple líquido que marcaron muchas diferencias.

Roca se espatarra al torear por el palo más clásico, que sabe trufar con esos hallazgos del toreo posmoderno que dotan de una medida originalidad a su quehacer. Y así, logra sumar trincherillas con cambios de mano; de pecho, molinetes… sin perder la intensidad ni la verdad de una gran faena culminada con un auténtico e intenso lío metido entre los pitones. El diestro limeño debía haber sido premiado con las dos orejas. Desgraciadamente la espada no terminó de agarrarse como debía y la larga agonía del toro fue enfriando los entusiasmos. En cualquier caso, el trofeo cobrado tiene peso específico y pone cara, muy cara, la Feria que está por venir

La casualidad quiso que el otro toro notable del envío de los campos de El Escorial saliera a continuación y cayera en manos de Ferrera, que reveló esa nueva versión manierista que, de alguna manera, ha sustituido al clasicismo que asombró y enamoró el pasado año. Eso sí: el diestro extremeño supo ser dueño absoluto de la escena, coreografiando esa lidia prebelmontina plagada de detalles como los bellos capotazos de rodilla flexionada que remató con una media de primor. Ahí se pudo comprobar una cosa buena: el toro humillaba de verdad.

Desde esa virtud, el torero de Badajoz supo construir una faena que fluyó siempre al natural y estalló en una intensa y explosiva serie diestra que puso de acuerdo a todo el personal. Su labor había transcurrido en su totalidad en las tablas del 9. Sin moverse de ese terreno fue capaz de desplantarse con sabor añejo antes de volver a enhebrarse con el toro en unos sensacionales muletazos genuflexos a los que siguió media estocada tendida, refrendada con un contundente descabello. En otro momento, quizá en otra fecha del serial abrileño, habría cortado la oreja que le pidieron sin la fuerza necesaria. La merecía.

Y a partir de ahí no hay mucho más que contar. Manzanares volvería a llevarse un toro prácticamente imposible de puro rajado al que quiso torear siempre muy en redondo sin provecho y, lo que es peor, sin ningún reconocimiento del público. El sexto era el segundo plato de Roca Rey, que volvió a apretar el acelerador a fondo en una nueva y trepidante faena en la que cruzó muchas fronteras. A pesar de esa encomiable entrega era prácticamente imposible triunfar con un animal acobardado e informal que se acabó refugiando en tablas. No importa demasiado. El matador limeño viene a por todas. Quiere, sabe y puede…

01_abril_18_sevilla.txt · Última modificación: 2018/04/02 08:26 por Editor

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