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PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA

Sábado, 7 de julio de 2018

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Puerto de San Lorenzo.

Diestros:

Paco Ureña, palmas y oreja, herido.

Román, oreja y silencio.

José Garrido, silencio y palmas

Banderilleros que saludaron:

Tiempo: Lluvioso

Entrada: Lleno total

Video: https://twitter.com/i/status/1015685847017033729

Galería de imágenes:

Crónicas de la prensa:

El País

Por Antonio Lorca. Los toros nobles también hieren

El toro de más nobleza y calidad de la muy desigual corrida salmantina le infirió una cornada a Paco Ureña en la cara interna del muslo derecho. Para que luego se diga… Según los médicos, la herida es de 15 centímetros, produjo destrozos musculares, llegó hasta la cara anterior del fémur, y su pronóstico es menos grave.

El suceso acaeció cuando el torero entró a matar al cuarto de la tarde; le echó la muleta al hocico y, en el momento del encuentro, el animal levantó la cara, y soltó un derrote seco con tan mala fortuna que alcanzó la pierna de Ureña, quien ni siquiera perdió el equilibrio, pero se dio cuenta al instante de la importancia de la herida, que sangró abundantemente.

A pesar de la cornada, el torero se negó a ser trasladado a la enfermería y aguantó entre gestos de dolor que el animal doblara las manos. Solo entonces, y cuando supo que le habían concedido una oreja, permitió que la cuadrilla lo dejara en manos de los médicos.

Es una decisión esta que carece de sentido en tales circunstancias, y que solo agrava el accidente sufrido, pero así son los toreros en la falsa creencia de que esas cabezonerías le añaden prestigio a su contrastado valor.

Y no es así, porque las cualidades hay que demostrarlas en la cara del toro en plenitud de facultades. Y eso fue lo que intentó Ureña ante ese cuarto, quizá el toro de más calidad del encierro. Y no lo consiguió; al menos, no fue capaz de dibujar la faena honda, ligada y emocionante que su oponente exigía.

Fue una faena larga, acelerada, superficial, desordenada, sin sentimiento; sonreía el torero entre tanda y tanda, supuestamente satisfecho de su labor, pero su contento no se reflejó nunca en la emoción del público. Después, llegó la cornada y ya se sabe que la visión de la sangre ablanda los corazones de la gente y la autoridad del presidente.

Otro buen toro hubo y fue el segundo, lidiado por Román. Lo recibió con dos largas cambiadas en el tercio, se lució en un ceñidísimo quite por saltilleras, acabó con unas ajustadas bernardinas y se tiró de verdad a la hora de matar. Pero el toreo fundamental brilló por su ausencia. Hubo templados redondos y algún natural aceptable, pero ninguno a la altura requerida por la calidad del animal.

Y poco más. Bueno, sí, hubo mucha rodilla en tierra. De hinojos comenzó Ureña la faena al toro que lo hirió; de rodillas recibió Román a su primero, y volvió a doblar las piernas en el inicio del último tercio; y en la misma posición veroniqueó Garrido al sexto y lo muleteó en redondo con escaso lucimiento.

Pero el toreo arrodillado, que tanto parece gustar en Pamplona, no surtió el efecto deseado. Ni los toros colaboraron, más allá de los dos reseñados, ni los toreros estuvieron finos, ni las peñas tan animadas como en ellas es habitual.

Ureña, Román y Garrido cumplieron con más entrega que lucimiento; y el tercero, con menos suerte en su lote, solo pudo mostrar un valor que de poco le sirvió.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. La tragedia y el nombre de 'Cuba' persiguen a Ureña

Llovió antes del encierro y volvió a llover antes de la corrida. No más. Volvían los toros de Puerto de San Lorenzo a Pamplona después de su debut en 2017. En el día grande de San Fermín, presidía el alcalde Joseba Asiron. Que se da un aire a Mary Santpere. Dice también cosas muy cómicas. El cartel similar al del último 9 de julio. Repetían Paco Ureña y José Garrido por su triunfo de entonces con la ganadería salmantina. Y refrescaba la terna Román por Curro Díaz.

Pitinesco asombraba por su imponente porte. Larguísima caja repleta. Una bastedad pesada. Hasta las pezuñas toscas. Tremenda la cabeza. Que reflejaba la edad provecta de sus casi seis años. Careció de maldad. Y también de bravura. Siempre tan apoyado en las manos. O con ellas por delante. Como en el saludo de Ureña con el capote. Fijó su suelto comportamiento de los tercios previos en una faena planteada en los mismos medios. Pero “Pitinesco” no rompía hacia delante. Ni se salía de los vuelos. Todo lo más en una serie al natural. Que fue un espejismo. Cuando sintió la muerte, huyó con el instinto contenido hasta ese momento.

Más fino, desde el pitón a los cabos, apareció Gironero. Generoso el cuello. Siempre empleado para humillar. De una nobleza preclara desde la larga cambiada con que lo recibió Román. Colocó su abierta cara abajo en dos puyazos medidos. Garrido interpretó la chicuelina alada y una arrebujada media en su turno de quites. Y el valenciano respondió por chispeantes saltilleras. Aquella chispa siguió en el prólogo de rodillas. Descarado y sonriente conectaba con su derecha. La sonrisa y el descaro por encima de la calidad del trazo. La buena embestida también se dio al natural. Y ahí Román soltó el pasaje mayor. A Gironero le faltó fondito en su bondad. Como venía apuntando en su humillación no sostenida hasta el final. Apuró el torero con el toro ya queriéndose ir. Y buscó el triunfo por bernadinas. El broche de Bernadó y la estocada ataron la oreja.

Ni una opción contó José Garrido con el feo y montado tercero. No descolgó ni una vez. Tan desentendido el dificultoso manso. Lo cazó con habilidad no sin apuros.

A Paco Ureña volvió a tocarle otro Cuba en suerte. Hermano de aquel inolvidado Cuba II de Madrid. Y por tanto la fortuna escrita con mayúsculas. Sus hechuras pesadoras -625 kilos- traían la armonía dibujada. El trapío hondo como su embestida. De una fijeza soberana. Como templado era su empleo. Hasta el último tramo del muletazo y más allá. Ureña se arrancó con un inicio de rodillas. Y luego se sintió a gusto. A su modo y manera. Un cambio de mano superior coronó un par de rondas de largos derechazos. En su izquierda habitó un exceso de confianza. Una cierta desigualdad. No siempre enganchada la embestida. Unos cuantos pases mirando al tendido. Su derecha remontó con una tanda magnífica. Por abajo y trayéndose gobernado a Cuba con toda su profundidad. Encajado y acinturado el lorquino en su mejor versión ahora. Las manoletinas de despedida. Encaró la suerte suprema con rectitud de vela. El pitonazo en la pierna de salida caló. Con certera puntería. Brotó en seguida la sangre en el muslo. Y el gesto de dolor incontenido en Paco Ureña. Doblado en el estribo, contenida la hemorragia con un torniquete, no quiso irse hasta que el importante toro entregó el último aliento. No hay paz para Ureña. Que cada gloria conquistada es a golpe de tragedia. Esa tumba abierta en cada volapié. Cuando cayó la oreja, ya iba el hombre en volandas camino de la enfermería. Sonarían las ovaciones para el arrastre de Cuba. Su nombre también persigue a Paco Ureña.

El burraco y corpulento quinto no sirvió. Desrazado y tardo frente a un Román voluntarioso. Volvió a matar con tino.

El sexto no mejoró el bajío de José Garrido. En sus anchísimas palas no se encontraba la casta. Ni el celo. Ni la clase. No se dejó nada en el tintero Garrido. Que se volcó en la estocada. Volteretón incluido. Del Puerto embistieron los que tenían que embestir. Por reata y por hechuras.

La Razón

Por Patricia Navarro. Ureña, cornada y toreo, a pesar de Asirón

Asomaba la cabeza Asirón, o lo que es lo mismo, el actual alcalde de Pamplona. Uno de esos cargos que se olvidan que son públicos, primero por el ejercicio caprichoso de su función, y porque un día se irá. Asomaba, decíamos, el gran Asirón, por grande en tamaño, no crean, por presidencia de una corrida de toros y le pitaban. Le increpaban. La verdad es que se hacía raro. Como insultante incluso que el tipo estuviera allí, el mismo que pocos días atrás sembró la polémica al tirar ya la idea de unos sanfermines con encierros, pero sin toros. Los mismos que venía hoy a presidir. Asquete del bueno. Esa es la verdad. Se removieron las entrañas después. Cuando ocurrieron cosas. Las cosas que no se dan en la vida política ni se dirimen en los despachos ni en la suciedad de las mentes que no alcanzan amplitud de miras.

Nos sobrevino de pronto después de una faena exquisita a un toro soberbio de El Puerto de San Lorenzo. El cuarto de la tarde. El divino cuarto, que tuvo ritmo, nobleza y calidad en las telas de Paco Ureña, que puso y supo disfrutarlo en una faena extensa y gozada. Fue regalo envenenado, porque se la tenía guardada después, en el momento en el que la moneda se lanza al aire de verdad, a pesar de que en Pamplona siga la fiesta y en muchas plazas sigamos a lo nuestro. Lo suyo fue una suerte suprema en la que el toro recibió la estocada y el torero una cornada seca en el muslo que rompió a sangrar abundante y oscuro. Se mantuvo Ureña en el ruedo, a pesar de que nos encogía el corazón hasta que le vimos irse a la enfermería. El primero y su cortedad en la embestida le puso en más de un apuro. Con un trofeo y otra cornada saldó su paso sanferminero y un cargamento de arrestos.

Román esperó al segundo con el capote a la espalda como si nada. En la otra punta el toro. De Pamplona. Verdad más verdad igual a Román. De rodillas después. Queriendo siempre. Tuvo buena clase el toro, a pesar de que duró poco y se tiró a matar como una vela para llevarse la primera oreja. Sin opciones antes un quinto parado y sin celo.

Rajado fue el tercero con el que poco pudo hacer José Garrido, en una faena larga pero sin lucimiento. El toro no humillaba ni se entregaba. Y el sexto tampoco dejó muchos huecos al lucimiento de José Garrido que estremeció en la manera de echarse, de manera literal, en la manera de echarse encima del toro al entrar a matar. Los toreros se llevaron el reconocimiento. Pamplona bullía, a pesar de Asirón.

ABC

Por Andrés Amorós. Cornada y triunfo de Paco Ureña en San Fermín

Ha llegado el día grande de la fiesta. A las ocho de la mañana, el primer encierro: con el suelo mojado –ha llovido– y la aglomeración de los fines de semana; muy pronto, se han rezagado dos toros del Puerto de San Lorenzo; los otros cuatro, bien conducidos por los nuevos cabestros (Rosario Pérez nos lo ha contado), dan lugar a un encierro variado y bonito. A las diez, la procesión del santo: un relicario del siglo XV, que conserva, en el óvalo del pecho, reliquias de San Fermín. Por la tarde, la primera corrida, con el color y la algarabía de las peñas.

Este año, vuelve Pepín Liria, en el 25 aniversario de su alternativa, y se despide Padilla de esta Plaza, que tanto lo quiere. Se ha renovado la totalidad de los abonos, el coso siempre se llena: esta Feria taurina goza de una excelente salud. Los beneficios, como siempre, ayudan a los ancianos de la Casa de la Misericordia.

Incoherencia del alcalde Preside la corrida el alcalde, de Bildu, recibido con una fuerte bronca; es el mismo que propuso el disparate de unos encierros sin corrida de toros. ¡Eso se llama coherencia! En esa disparatada hipótesis, ¿qué se haría con los toros, una vez que han llegado a la Plaza? ¿Se organizaría otro encierro, en sentido opuesto, o se los llevaría un camión? Sólo en la España actual cabe tamaño dislate; en realidad, es una parte de una lamentable operación política, que pretende privar a esta tierra de su identidad de muchos siglos.

Los toros del Puerto de San Lorenzo, serios, abiertos de pitones, son manejables pero sosos, justos de casta. A los dos mejores, segundo y cuarto, les cortan una oreja Román y Paco Ureña, que resulta herido. Con el peor lote, Garrido no tiene opciones.

El primero, grandón, sale suelto, embiste con poco celo. Después de sujetarlo, Paco Ureña le saca algunos muletazos estimables; aguanta una colada pero el toro no da más de sí. Mata con decisión. El cuarto se llama «Cuba» –como su hermano, que tan buen juego dio en San Isidro–, va a más, es muy manejable. Ureña liga suaves derechazos, de rodillas y de pie. (Sigue rematando las series mirando al tendido, la mala moda que ha traído Talavante). El tono amable de la faena, en la que se veía muy a gusto al diestro, cambia dramáticamente, al final. Al matar, sufre una cornada en el muslo derecho; sentado en el estribo, sangrando mucho, espera a que el toro caiga y a que se conceda la oreja, antes de que lo lleven a la enfermería.

Bondad del toro Recibe Román de rodillas al segundo, «Gironero», abierto de pitones, hermano de uno, indultado en Zamora, que embiste con nobleza; replica por saltilleras a las chicuelinas de Garrido. Brinda a las peñas de sol, donde está Andrés Sánchez Magro, y comienza con seis muletazos de rodillas; aprovecha la bondad del toro para ligar templados muletazos y mata bien: primera oreja de un matador. Lidia bien al burraco quinto, que brinda al joven torero navarro Javier Marín. El toro tardea y se para, no transmite emoción; los intentos de Román son baldíos. Mete la mano con habilidad, con la espada. Lo he visto suelto y seguro, toda la tarde.

El tercero, muy suelto, espera, en banderillas. Garrido intenta mandar pero el toro huye, se desentiende de la muleta: nada que hacer, salvo matarlo, de un espadazo caído. Lancea con gusto, de rodillas, al último, un «Faraón» bondadoso pero justo de casta, como sus hermanos. No acude el toro desde lejos y vuelve a echarse de hinojos. Garrido lo intenta de muchas formas pero el toro «dice» muy poquito. Se vuelca al matar, a cambio de una voltereta, aunque la espada quede baja.

Recordaremos esta tarde por el gesto heroico de Ureña, herido y triunfante; también, por el despropósito de que presida un espectáculo alguien, después de atacarlo y presagiar su final: un disparate más de nuestros políticos… Lo resumió Hemingway: «Había empezado la Fiesta. Todas las que yo había conocido palidecían, en comparación con ésta. Era una Fiesta y duró siete días». Y esta fiesta, de fama universal, es impensable sin las corridas de toros, por mucho que se empeñe un alcalde.

EFE

Tres toros de El Puerto, dos orejas y una cornada a Ureña

La cornada menos grave sufrida por el diestro murciano Paco Ureña, premiado tras ello con una solitaria oreja -igual que su compañero Román- fue el hecho más destacable de la primera corrida de toros los Sanfermines, en la que se lidiaron tres notables ejemplares de la divisa de Puerto de San Lorenzo.

El percance fue decisivo para que, como ya le ha sucedido en otras ocasiones y en otras plazas importantes, se pidiera con más fuerza esa oreja para Ureña, después de una faena en la que no acabó de apurar la excelente condición del que fue el toro más destacado de la voluminosa y seria corrida salmantina.

A pesar de sus 625 kilos de peso, ese cuarto astado salió ya repitiendo sus humilladas embestidas al capote del torero de Murcia, y no dejaría de hacerlo hasta el último momento, cuando, al tiempo que entraba la espada, corneó a su matador a la altura de la rodilla derecha, produciéndole una visible y abundante hemorragia.

Ureña aguantó así durante largo rato en el ruedo hasta verle caer, poniéndole un épico final a un trasteo que abrió de rodillas para centrar la atención del público en plena merienda, para luego alargarlo con docenas de pases de muy desigual nivel, a pesar de que el toro, pronto, fácil y claro, le regaló siempre sus entregadas y repetidas arrancadas.

Aun así, los salpicados momentos de hondura y temple y, finalmente, el impacto emocional de la cornada motivaron la concesión de la segunda oreja de la tarde, una vez que Ureña tampoco había concretado con un primero que amagó con rajarse pero que acabó resultando más que manejable.

El alcalde Joseba Asirón, que hoy, día de San Fermín, presidió la corrida con chistera y chaqué y se llevó una sonora pitada por sus recientes declaraciones sobre la tauromaquia, y aún concedió otra oreja más, que fue para Román del primero de su lote, otro de los buenos toros de la corrida.

Tras un saludo con dos largas cambiadas de rodillas, en la lidia de este toro se vivieron algunos de los instantes de más brillo de la tarde, justo cuando José Garrido aprovechó el turno de quites para cuajarle a este buen toro un airoso manojo de chicuelinas y Román le replicó con apuradas saltilleras y gaoneras con el capote a la espalda.

Igual de animoso, de rodillas inició también el valenciano la faena de muleta, sin que el de Puerto de San Lorenzo perdiera un ápice de nobleza ni de claridad en una veintena de arrancadas que, antes de que llegaran a apagarse, su lidiador movió con pulcritud formal pero sin apostar lo suficiente para cuajarlas, antes de cerrar con unas bernadinas efectistas que alentaron la amable concesión del trofeo.

El resto de la corrida estuvo condicionado por la falta de raza de los otros tres toros, que o bien se aplomaron sin remedio, como el segundo de Román, o se rajaron desentendidos camino de tablas, que fue el caso del lote de José Garrido, quien, por mucho empeño que puso al asunto, incluso siendo volteado al entrar a matar al sexto, no pudo sacar de donde no había.

07_julio_18_pamplona.txt · Última modificación: 2018/07/09 10:59 por Editor

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