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REAL MAESTRANZA DE SEVILLA

Viernes, 10 de mayo de 2019

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Jandilla buenos y encastados.

Diestros:

Morante de la Puebla: de canela y azabache Media estocada tendida y siete descabellos. Aviso (silencio). En el cuarto, estocada. Aviso (oreja).

Andrés Roca Rey: de malva y oro. Estocada rinconera (oreja y petición). En el quinto, pinchazo y estocada (saludos). Estocada (oreja y petición). En el quinto, pinchazo y estocada (saludos).

Pablo Aguado: de berenjena y oro. Estocada (dos orejas). En el sexto, estocada (dos orejas). Salió a hombros.

Presidente: José Luque Teruel

Banderillero que saludó: Viruta, Paco Algaba, Iván García y Azuquita

Tiempo: soleado y caluroso

Entrada: lleno de “no hay billetes”

Video: https://twitter.com/i/status/1126952665500528640

Galería de fotos: https://t.co/GtyUdoB9vM

Crónicas de la prensa:

Portal Taurino

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver Sevilla tiene un torero, La Puebla, otro

Por una vez la expectación no coincidió con la decepción, sino con el tránsito maravilloso a la gloria de un arte como la tauromaquia. Y no fue de la mano del toreo exquisito de Morante, ni del valor exuberante del peruano Roca Rey. Vaya por delante, buen encierro de Jandilla, aunque a algunos les faltara duración. Pero eso le importó poco al nuevo ídolo de Sevilla, Pablo Aguado, que venía apuntando esto desde becerrista, y así lo hemos dicho mil veces. Faenas medidas, distintas, porque distintos eran los toros, pero con el denominador común del arte, de la naturalidad, del gusto exquisito. Andan comparándolo con Chicuelo (nada que ver) o con los Vázquez (algo hay ahí). pero para mí a quien más se acerca, o a quien más recuerda, es a Pepín Martín Vázquez (vean sus imágenes, están en Youtube). Ese concepto de verticalidad, naturalidad, desmayo es verdaderamente asombroso. Y lo que más gusta en Sevilla (y creo que en todas partes). Morante se “picó” y tuvo cosas geniales, más allá del “galleo del bú”, que realizó en momento mágico y oportuno. Roca Rey estuvo impresionante aplicando su concepto del valor. Pero lo que quedará en la memoria y en la retina de todos son las dos faenas de Aguado. Sevilla tiene un torero, ahora sí, Sevilla tiene un torero. La Puebla, que está ahí al lado, otro.

Lo mejor, lo peor

Lo mejor

Pablo Aguado borda el toreo en su plaza, con su gente y haciendo disfrutar al mundo entero. En un cartel de auténtico relumbrón el sevillano destacó exponiendo su toreo basado en la naturalidad, de muñecas sensibles que giraron a compás de la música y oles enloquecidos. En los quites, Aguado no se dejó ganar la pelea con un Morante que ardía por dentro al ver la que se estaba formando, por verónicas y chicuelinas hizo poner a la plaza en pie, con la muleta templó ese toreo de otra época, el que muchos aficionados de nuevas generaciones esperaban ver surgir algún día, el puro, el caro. Quedará para el recuerdo una faena histórica con toros de Jandilla bien cuajados al que Aguado desorejo e hizo dar un golpe en la mesa.

Lo peor

En un día cargado de triunfos es imposible sacar algo malo. Toros y toreros estuvieron a un gran nivel, y la felicidad se plasmó en los rostros de todos los allí presentes.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Pablo Aguado, el nuevo rey de Sevilla: cuatro orejas, Puerta del Príncipe y una faena para la historia

El infierno subió a la Maestranza, el mercurio traspasó la frontera de los 32 grados y olía a azufre. Alguien señaló a Santiago Abascal como al demonio sin tridente. ¡Quiá! Era Roca Rey echando fuego por los ojos, el puto amo del caldero de la plaza. Que hirvió rebosándose por las tejas cuando caminó hacía la puerta de toriles con el mismo paso lento que había desbaratado el paseíllo. Como una estrategia desquiciante. Como el tiempo de espera arrodillado a porta gayola.

Un obús directo al corazón fue la aparición del jandilla. Cuerpo a tierra con la larga salvífica en plan paraca. El salto del toro fue el salto del tigre. Roca Rey lo persiguió hasta acorralarlo en paralelo a las tablas, bajo el sol de agosto de este mayo. Y allí le tiro largas cambiadas y faroles como si fuera una M-60. Y una más en pie. Como ya estaban los tendidos, brazos en alto, manos en la cabeza, gritos y oles de guerra. La banda rompió a tocar un ridículo pasodoble celestial para el infierno desatado. RR pedía Metallica, Suicide & Redeption.

Por contra el jandilla Herrador parecía un violín para tocarlo suave, recortado de hechuras, armado de cara, preciso de fuerzas. Como suele, en el caballo, apenas las cuerdas. Pablo Aguado cuajó un sutil homenaje a Chicuelo, un pequeña maravilla, solo un aviso de lo que habría de venir. El peruano, insaciable pero equivocado, replicó por el mismo palo sin alcanzar las mismas cotas y exigiendo por demás al buen toro. Que se aflojaba en cada chicuelina de manos bajas.

Por abajo fue también el principio de faena arrodillado: un derechazo penitente fue brutal. Roca seguía desbocado. Pero dueño del tempo y el temple en su derecha. El toro se dormía. Y en una de sus siestas, al vaciar el pase de pecho, lo empaló en tremenda voltereta. Y el torero quedó a merced largo rato. Saltó su hermano de paisano al quite. La obra siguió en ritmos agotados y trazos largos. Hasta la estocada rinconera final. Una oreja de ley por tanta todo. Que no fue para nada.

Y sonó la hora de Pablo Aguado, una sinfonía, un diálogo eterno con Pepín Martín Vázquez. Un belleza histórica. La faena de su vida, de la feria y de muchas ferias. Olía a torero, olía a Sevilla. Madrugaron las medias verónicas el garbo presentido, ensayaban las muñecas vuelos y giros. Aguado fue luz y entendimiento, la precisión exacta en la altura: el jandilla embestía en la panza de la muleta y no en los flecos. Y así lo acompañaba, lo acompasaba, con pecho y cintura. Y le imprimía el arte despacioso con una naturalidad sobrenatural. Los cambios de mano por delante, por detrás a mano cambiada, los pases de pecho pasándose el toro entero… Cafetero traía el aroma del oro molido, un temple sereno. Para moldearlo y amoldarse. Como hacía Pablo desgarrando la plaza… Saltaban trincherillas como reflejos del Guadalquivir. Y ese son perpetuo y antiguo de la armonía que envolvía todo. La conversación con Pepín fue medida, inolvidable, inmaculada. Inmarchitable será. No debía, no podía, tener otro final que la estocada colosal. Y así fue. La presidencia asomó los dos pañuelos a la vez. Y la gente se abrazaba, y se frotaban los ojos, y las caras, para saber si era verdad lo visto. Los que querían un rabo el otro día perdieron la ocasión de pedirlo…. Tembló el templo del toreo. Y qué manera de temblar. Desde Triana a la Alameda. Desde Camas a La Puebla….

…A Morante se le transfiguró el gesto. Dentro su vestido caldero y azabache, había un torero rebelado ante la revelación de Pablo. Que le acaba de reventar las entrañas por su palo. En la Puerta del Príncipe tambolireaba la brisa. El genio se arrebató de valentía y gesto. Ya no valían los apuntes de los albores de la tarde con aquel armario empotrado que embestía con los pechos. Y se apretó los machos. Como los dientes con el cuarto de diferentes líneas. Y le dibujó lances añejos. Y se arrodilló ante él con la muleta en imagen inédita. Y quería y quería más de lo que el toro daba.

La diferencia que buscaban las gentes entre Morante y Pablo no estribaba en la edad, sino en la colocación. Y José Antonio valiente hasta decir basta sacaba láminas ofreciendo el perfil más que el pecho. Contuvo arrebato la faena. Y trago duro. El viejo torero de Sevilla se fue tras la espada con el pensamiento en el nuevo. Como nunca. Un espadazo levemente contrario de lenta muerte condujo al trofeo de la rabia y el orgullo.

A Roca Rey se le movieron todas las tabas. Se dejaba el quinto no más. Sin excelencias. Pero no daba con la tecla. Desinflado. Trastocado. Desubicado de sus cosas.

Y salió el sexto. Que se llamaba Oceánico. Y Pablo le cortó las orejas. Otras dos. Una de propina. Qué más daba. Así no se puede torear. Porque duele. Desde el capote a la muleta, el fulgor, el primor. A dos manos bellamente. Oceánico se movía sin excelencias. La excelencia era de Pablo. Que fue bamboleado por la Puerta del Príncipe a paso de procesión. Gritos de “¡Torero, torero, torero!”. Y al fondo miraba Belmonte.

ABC

Por Andrés Amorós. Pablo Aguado, la gloria pura del toreo clásico

Una tarde redonda, feliz. Pablo Aguado corta cuatro orejas, abre la Puerta del Príncipe y se consagra como figura del toreo. Y lo esencial: logra todo esto con el toreo clásico, de siempre, de calidad, sin moderneces: ¡gloria pura! La gente se vuelve loca presenciando lo que hace tiempo que no veía, sale de la Plaza toreando. Y, para redondearlo, Roca Rey continúa arrollando y Morante deleita con su personalidad.

Desde que se anunciaron los carteles, éste era el preferido. ¿Se imaginan lo que hubiera sido transmitir esta corrida por Televisión Española, en abierto, como antes se hacía?

Jandilla lidia una corrida seria, encastada y noble, en general.

En el primero, Morante dibuja sólo tres verónicas solemnes, con la mano de salida alta, no más. Tragando, le saca un par de derechazos a cámara lenta y resuelve con garbo sevillano: Ha habido poco toro, para una faena completa. Pincha sin estrecharse. En el quite al cuarto –su último toro de la Feria– logra, por fin, las verónicas lentísimas, magníficas. Para asombro general, comienza de rodillas, por alto, y enlaza muletazos suaves, limpios, con naturalidad y torería. La faena tiene momentos hermosos pero se queda a medias, aunque el diestro expone y porfía. Y mata echándose de verdad. Acompaña la muerte con torería, pañuelo en mano, en una imagen para los fotógrafos. Aunque suena un aviso, la gente exige la oreja.

Roca Rey sigue arrollando en Sevilla. En el segundo, va a portagayola y ha de tirarse al albero para que el toro no lo arrolle. Rápidamente, encadena seis largas cambiadas de rodillas, en el tercio. Mi vecino comenta: «¡La revolución!» Pone a la gente en pie y suena la música. Se luce Domínguez, lidiando, y Viruta, con los palos. Brinda a Rafael Serna. Comienza con cinco muletazos de rodillas, por alto. Se lo enrosca a la cintura suavemente, aguanta parones hasta que, en uno, se lo echa a los lomos. Cuando el toro se acaba, se mete entre los pitones. Pegado a tablas, le pega un sopapo contundente: oreja y petición de la segunda. Ha sido una faena de gran emoción, ha demostrado su gran capacidad. En el quinto, comienza con péndulos; manda mucho en muletazos largos, ligados, dejándole la muleta en la cara, tirando del toro, que se queda a medias. Pierde la oreja al pinchar una vez. Pero deja gran impresión, igual que en todas las Plazas.

Pablo Aguado aporta algo importante: la ilusión por un nuevo diestro sevillano, que torea muy bien, dentro de las normas del clasicismo. Dibuja verónicas en el tercero; aguanta bien el picador Juan Carlos Sánchez. El toro espera en banderillas pero embiste con nobleza, en la muleta. Muletea con el estilo clásico sevillano, serio, sin florituras, que nunca pasará de moda. Sentencia mi vecino: «Hacía tiempo que no veíamos torear así». Tiene razón. Cuando mata de una estocada, acierta el presidente José Luque sacando, de golpe, los dos pañuelos. Las verónicas al último, jugando los brazos con naturalidad, entusiasman. El quite, también por lo clásico, hace sonar la música. Lo saca Morante del caballo con el quite del «bu», de Gallito, con el capote sobre los hombros, que sorprende al público. Iván García clava dos grandes pares y también suena la música. Con un toro algo quedado, Aguado corre la mano con suavidad y torería, a los compases de «Suspiros de España». Cuando el toro se para, recurre a los naturales de frente, uno a uno, de Manolo Vázquez. La Plaza es un corazón unánime que le está empujando, cuando entra a matar y logra la estocada. Ni el público ni el presidente lo dudan: ¡dos orejas y la Puerta del Príncipe! Castelar hubiera dicho: «¡Grande es Dios en el Sinaí!»

Sin triunfalismos, una tarde inolvidable. Lo decía Marcial Lalanda: «Con toros bravos y toreros clásicos, la Fiesta es incomparable». Salimos de la Plaza de los Toros con la gozosa plenitud y el agotamiento de haber vivido –no sólo presenciado– una experiencia estética única. Volvemos a la realidad, en esta terraza que se asoma a un panorama único. Lo dijo Romero Murube: «No creo que haya placer en el mundo comparable a esa embriaguez de los crepúsculos de Sevilla, sobre el río: es morir un poco, en la gloria». Añado yo: y una gran tarde de toros, en esta Plaza, es vivir en la gloria.

El País

Por Antonio Lorca. Pablo Aguado, la grandeza del toreo

Pablo Aguado, un chaval sevillano poseído de gracia, embelesó a La Maestranza y salió de la plaza a hombros como figura indiscutible del toreo artista. Cortó cuatro orejas, vivió la tarde de su vida, le salieron dos toros de ensueño y él supo estar a la altura del dificilísimo compromiso que suponía esta corrida para su carrera.

Roca Rey es el héroe que se juega la vida sin cuento y sale al ruedo a triunfar o morir. Tiene hambre de triunfo.

Y Morante fue el regusto del veterano que se pica ante el triunfo de los más jóvenes, saca fuerzas de flaqueza y hace el esfuerzo del año.

La estética, la épica y el sabor… Si es verdad que el toreo es grandeza, hoy, en Sevilla se expresó en toda su dimensión. Fue una tarde para el recuerdo, el deleite, el sentimiento. La tarde de la feria, del año, de muchas ferias, quizá…

Pero, ayer, la grandeza con mayúsculas no tuvo más que un protagonista, Pablo Aguado (Sevilla, 1992), que tomó la alternativa en esta plaza en 2017 y desde entonces ha sido la esperanza sevillana.

Y triunfó porque hizo un toreo nuevo por diferente, basado en la naturalidad, el empaque, la creatividad y la inspiración. Es un torero elegante que desprende aroma y empaque y esas cualidades se transmiten al tendido a la velocidad de la luz.

Ese primer toro suyo, tercero de la tarde, es el sueño de cualquier artista, nobilísimo, exquisito en su embestida, pronto al cite, largo y humillado siempre. Un toro para soñar.

Pablo Aguado derrochó torería y sapiencia torera. Sus dos primeras tandas con la mano derecha brotaron con la suavidad del toreo eterno. Y Sevilla enloqueció porque aquella expresión era distinta, olía a clasicismo, a toreo antiguo, ese que palpita al lado de corazones excitados por la belleza. Emotivos naturales después, como dibujados con el alma, y otra tanda final de derechazos maravillosos, un prodigio de sensibilidad.

Y cuando el público se puso en pie, conmovido y arrebatado, Aguado montó la espada y cobró una estocada que hizo asomar los dos pañuelos en el palco.

La banda de música trabajó a destajo durante la lidia del sexto. Sonó cuando Aguado pintó en el quite cuatro verónicas sensacionales; volvió a hacerlo cuando Iván García y Azuquita protagonizaron un tercio de banderillas de premio, y el pasodoble se hizo presente de nuevo en la faena de muleta. Con la plaza hechizada, Aguado volvió a encontrarse con otro bombón que exigía unas muñecas diferentes. Por bajo, con suavidad, inició su labor, la primera tanda de derechazos fue un monumento al arte del toreo, muletazos largos, henchidos de hondura y aroma, una referencia de la colocación, el cite y el remate. Torerísimo el cambio de manos posterior, suavidad y ligazón en una tanda de naturales, y otra final a pies juntos antes de la estocada trasera que desbordó todas las previsiones. No estuvo esta faena a la altura de la primera, pero los ánimos triunfales habían inundado toda la plaza y la felicidad se había apoderado de La Maestranza. Por eso, quizá, con generosidad, el presidente le concedió las dos orejas.

Pero la tarde fue un abanico de emociones, también, con Roca Rey, que salió a por todas, dispuesto a comerse el mundo para abrir la puerta principesca. No fue posible, pero en el albero quedaron su heroicidad y su vergüenza toreras.

Recibió al primero de rodillas en los medios con una larga cambiada y a punto estuvo de ser arrollado. Volvió a intentarlo en el tercio de sol, y con la plaza embravecida, dio tres largas y otras dos afaroladas, preñadas de riesgo y emoción, mientras los tendidos, puestos en pie, vitoreaban al héroe.

Se lucieron Viruta con las banderillas y Juan José Domínguez en la lidia con el capote, y Roca Rey, con un perfecto dominio del escenario y una rara expresión de la lentitud rayana en la excesiva teatralización, jugó al toreo con el santo varón que le tocó en suerte. Sufrió una voltereta sin consecuencias y paseó una merecida oreja. Lo intentó de veras ante el quinto, pero el noble animal embistió sin codicia y con la cara a media altura y el hechizo se deshizo.

Y Morante. Vio que se le iba la feria como un convidado de piedra y realizó un esfuerzo supuestamente impensable. Deleitó a la verónica en distintas ocasiones, especialmente en el quinte al cuarto, y tras una labor superficial e insípida ante el primero hizo de tripas corazón y trazó algunas tandas meritorias que le hicieron pasear un trofeo. Sorprendió a todos, además, con un airoso galleo del bu en el segundo toro de Aguado.

El País

Por Rubén Amón. Un tal Aguado revienta Sevilla

No había forma anoche de disolver los corrillos de aficionados en los aledaños de La Maestranza. Se trataba de buscar los unos en los otros las secuelas de la aparición. No por dudar del shock que produjo la faena de Pablo Aguado o por el impacto estadístico de las cuatro orejas, sino por la necesidad de reconfortarse o de regustarse en la elaboración de un relato unánime: lo nunca visto, el acabose, la afonía del olé quebrado, las lágrimas, el toreo de otras épocas.

Y de otras épocas parece venir Pablo Aguado. Futuras, porque es el nuevo príncipe de Sevilla. Y pasadas, porque su tauromaquia de inspiración, andares, purezas y templanza evoca, verbigracia, la gracia de Pepín Martín Vázquez y la naturalidad de Antonio Bienvenida. PUBLICIDAD inRead invented by Teads

Hurgan los aficionados en su memoria cobijados en la tabernas que rodean La Maestranza. Cotejan referencias, intercambian faenas de leyenda y convienen que el nombre de Pablo Aguado, apenas conocido entre los aficionados cabales, acaba de instalarse entre los mejores hitos de sus experiencias. Aguado torea a otra velocidad. Inverosímilmente despacio.

La euforia de la tarde predispone incluso las hipérboles justicieras. Aguado era el sparring, la víctima sacrificial de Morante y de Roca Rey en la batalla final de la lírica contra la épica, pero la faena al tercer jandilla y el corolario eufórico del último trasteo lo convirtieron en la sorpresa sublime de la contienda, hasta el extremo de concederle los gritos de “¡Torero, torero!” y de conducirlo en volandas al espejo del Guadalquivir para recompensarlo con el atardecer de Triana.

Reviste importancia la proeza, no ya por el estremecimiento que provocó Aguado —abrazos fraternales entre gentes desconocidas, expresiones de incredulidad, miradas al cielo en busca de respuesta metafísica—, sino porque buena parte de los espectadores acaso ignoraba quién era el propio Aguado.

Ni siquiera puede buscarse su biografía en Wikipedia. Lo que más se le acerca es un jugador de waterpolo homónimo. Y no porque Pablo Aguado (Sevilla, 1991) sea nuevo ni del todo anónimo, pero tomó la alternativa a los 26 años —se la dio Ponce en La Maestranza—, ha toreado muy poco, seis tardes el pasado año, y no quiso implicarse en la carrera taurina hasta haber finalizado sus estudios universitarios en Administración y Dirección de empresa.

Estaban avisados los aficionados de bien. Aguado era un torero cuya clase y estética interpelaban a la erudición o el conocimiento del buen taurino. Un torero de minorías. Y un matador aparentemente frágil que iba a sucumbir entre el capote dionisiaco de Morante y la ferocidad militar de Roca Rey. Hacía el paseíllo como quien camina al cadalso, no digamos cuando el matador peruano se puso de rodillas con el capote para conseguir que el público se pusiera de pie.

El alboroto predispuso una tarde incendiaria de pasiones y emociones, pero fue Aguado quien detuvo el tiempo. Y quien relativizó con su muleta de pasmo cualquier atisbo de competencia. Morante hizo un enorme esfuerzo en la lidia del cuarto jandilla para sobreponerse al nuevo mesías, hasta se arrodilló como un penitente. Aguado le había organizado una escaramuza, no ya en su territorio geográfico, La Maestranza, sino en su territorio estético y conceptual, la tauromaquia de arte y desmayo.

Tan grande fue la sugestión y la psicosis que ni siquiera Roca el Rey pudo reaccionar en la faena al quinto de la tarde. Aguado le había mojado la oreja y la pólvora. Y se había puesto rumbo a la Puerta del Príncipe con la inercia de la euforia y la locura. La faena al sexto no hubiera merecido dos orejas si no llega a haber pesado el recuerdo de la anterior. Aguado había adquirido, alcanzado, el estado de gracia. Y había puesto patas arriba la tarde, la feria y la temporada. Un tal Aguado ha reventado la tauromaquia con la naturalidad de quien da los buenos días.

La Razón

Por Patricia Navarro. Aguado, Puerta del Príncipe en una tarde para la Historia

o sé qué asustaba más: si el ímpetu del Jandilla de salida o la ambición desmedida de Roca Rey que volvió a Sevilla a por lo que era suyo. Curioso hubiera sido poner un pulsómetro a Simón Casas, empresario de Madrid y quien tiene contratado al peruano tres tardes como eje de San Isidro nada más acabe esta feria de Sevilla. A mil se le debió poner el corazón al gestor cuando se fue de pronto y sin anestesia a portagayola. O hace un cuerpo a tierra o el toro le quita literalmente la cabeza. No quedó ahí la cosa. Lo que ocurrió en Sevilla estuvo muy lejos de quedar ahí. Le recetó después, ya en el tercio, qué sé yo, tres, cuatro, ¿cinco? largas y faroles de rodillas. Lo que viene siendo un recital de despecho. Aquello tenía un nombre/ misión: dos orejas y rabo. Quitó Aguado. Replicó Roca. El espacio/tiempo era suyo y de nadie más. Un huracán fue con la muleta. O eso quiso. De rodillas. Después en los medios. Desafiando las distancias. Duró poco lo bueno, porque el toro racaneó la embestida y comenzó a echar miradas asesinas y la faena contó más con la ambición que con la técnica ¿Importó? No al torero. Se lo echó a los lomos. Por los aires. Sobre el albero. Tuvo luego la nobleza de no herirle, porque a merced estuvo. Tampoco le hizo mella. Prosiguió con la normalidad de quien está convencido más allá del valor, que lo tiene de acero petrificado, qué bárbaro. Se afligió ante él el toro. Enmudecimos. No encontró opción de faena, pero se jugó la vida sin pensar en el mañana ni tan siquiera en diez minutos después. Se tiró a matar en la rectitud y ahí había un trofeo.

Ocurrió después que la tarde tuvo un nombre mayúsculo y no fue el de Roca Rey. El delirio llegó a cargo de Pablo Aguado y el toreo indeleble para los sentidos, ni les cuento para el lenguaje de la emoción. Dos orejas de golpe soltó el presidente. Se cerraba una faena de ensueño. Absolutamente deliciosa. De principio a fin. Cadenciosa, templada siempre, ligada, con el ritmo del buen toro cosido a los vuelos de la muleta, impecable en los tiempos, gozada en los remates que eran una bocanada interminable de torería, como una lengua de fuego que te puede llegar a quemar pero te quedas ahí impávido en pleno deleite. En un cambio de mano descomunal entró el toreo entero y desbancó de golpe la infinidad de circulares que nos invaden a diario y nos reconcilió con el toreo de siempre. En un solo muletazo el mundo. Así la vida. En la cima, en el clímax de su propia obra, cuajado el toro, sin demorarse, sin un ápice de vulgaridad, en su propio éxtasis cogió la espada para fundirse, y fundirnos, que a estas alturas éramos todos uno. Las dos orejas eran grandiosas, como la obra que había esculpido. Mágico. Como su toreo. Magistral. Redondo. Macizo. Cadencioso. A la cadera. Con las yemas. Innato. Sincero. Inolvidable faena en una tarde para la historia. Fue tal lo suyo, lo que ocurrió allí, que dio la sensación de que puso a cavilar a Morante y por otro lado desfondó la tarde. El torero había sido tan abrumador que llegar a esas cotas no era ni sencillo ni estaba a la altura de cualquiera.

Morante lo había intentado sin más con un primero de media arrancada, pero con todo lo que había pasado y en Sevilla se puso de rodillas con la muleta en el cuarto. Fue lo más. Lo más expuesto y lo más torero. Eso y la manera de entrar a matar, que le valieron un trofeo.

Roca se entregó con ese quinto encastado, pero la faena tuvo más firmeza que continuidad. Las cercanías no le iban bien al toro ni a al trasteo. Daba la sensación de que de pronto se había convertido la faena en el preámbulo de la última de Aguado. Así son los públicos, las plazas y las emociones: ingobernables.

Lo bordó en el sexto Aguado con la capa, a la verónica, sobre los cimientos del reino morantista y la media resultó una punzada inverosímil a las emociones, para despedazarte ahí mismo y hacerte jirones. Sin más. Siguió hasta sonar la música. Si no te rompes con Aguado es que estás muerto. Genialidad de Morante para sacar el toro del caballo con el galleo del Bú. Locura. Cadencia volvió a encontrar en el trasteo de muleta a un toro con más movilidad que entrega. Estaba todo rodado y nos abandonamos a gozarlo. En el filo de la espada se encontraba la gloria de una tarde para la historia. Y Aguado se fue a hombros por la Puerta del Príncipe. Lo que fue. Y nosotros partícipes de una corrida inolvidable.

10_mayo_19_sevilla.txt · Última modificación: 2019/06/18 11:06 por paco

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