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Real Maestranza de Sevilla

Sábado, 29 de abril de 2017

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Victorino Martín de distintas hechuras, serios. Rajado el 1º, parado el 2º, noble y mas manejable 3º, encastado y con motor el 4º, un 5º bueno y sin opciones, protestón 6º.

Diestros:

Antonio Ferrera: de azul turquesa y oro. Pinchazo y estocada caída, saludos. En el quinto, estocada pasada. Aviso oreja y petición.

Manuel Escribano: de nazareno y oro. Dos pinchazos, estocada pasada y contraria y tres descabellos, silencio. En el quinto, estocada desprendida y suelta y tres descabellos. Aviso, saludos.

Paco Ureña: de canela y oro. Estocada, oreja. En el sexto, tres pinchazos, otro hondo y cuatro descabellos, silencio.

Banderillero que saludó:

Incidencias:

Presidenta: Ana Isabel Moreno

Asistente artístico: Antonio Martínez Finito

Tiempo: agradable y despejado

Entrada: lleno

Galería fotográfica: https://plazadetorosdelamaestranza.com/wp-content/uploads/2017/04/FullSizeRender-8.jpg

Video: http://vdmedia_1.plus.es/topdigitalplus//20174/29/20170429221407_1493496894_video_2096.mp4

Crónicas de la prensa:

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver Apuntarse a la de Victorino

Los Victorinos vinieron y trajeron de todo, sobre todo emoción. Hubo algunos de embestida de dulce como el quinto, otro con genio que muchos han querido ver como bravura infinita, y otros con mansurronería como le corresponde a este encaste. Pero no fue la corrida del siglo como muchos quieren hacer ver, siguiendo esa corriente a favor de esta ganadería. La emoción la tuvimos en el cuarto, con genio para repartir, al que Ferrera en un alarde de valor hizo una faena de gladiador con pases de mejor o peor factura para arrancarle una oreja. También tuvo mérito Ureña con el tercero, paradito al que sacó lo que no tenía, aunque su apéndice fue de menor peso. Y una importante oreja perdió Escribano que aunque algunos nieguen el pan y la sal, mata la duras y encima tora muy bien con temple exquisito y mano baja, lo que algunos no saben lo que es. Hubo tres toros que dieron espectáculo y tres que no, no está mal el porcentaje. Por eso, me apunto ya a la de Victorino del año que viene. A ver si se apuntan otros… de los de luces me refiero.

Marca

Por Carlos Ilián. Hermosa pelea de Antonio Ferrera y un victorino

Cuando sale el toro y pide los papeles sale también a relucir el enorme contraste entre el toro de lidia y la borrega de uso común en los llamados carteles de lujo. Exactamente lo que pasó ayer en la Maestranza con la desigual pero exigente corrida de Victorino. El cuarto de la tarde era para jugarse la vida con él y a cambio recoger el premio de una plaza entregada. Si, entregada ayer a Antonio Ferrera que con ese tremendo ejemplar, ante el que una duda podía costar una cornada, se decidió a plantar una pelea a cara de perro. Toro y torero, cada uno en su ley, ofrecieron el inmenso espectáculo de la lidia sin reservas, de cada cual en su estrategia.

La faena era de todo o nada, de pelear con la muleta por delante y sin reservas mentales, así Ferrera venció la fiereza del Victorino hasta meterlo en la muleta y poderle en una demostración de que entre derechazos y naturales de látigo también hay belleza, la belleza de la verdad del toreo. Una faena inmensa de valor y recursos y en la que Ferrera hasta se permitió el lujo de trincherazos torerísimos en el epílogo. Una estocada de muerte que el toro se negaba a rendirse. Se echó finalmente. Y el premio, ¡una miserable oreja! en asombrosa decisión del palco. Pero la Maestranza se había rendido a Ferrera y ese premio vale por cien orejas. El torero, además tuvo el detalle de invitar en un par de banderillas al peón Manuel Montoliu cuando mañana se cumplen 25 años de la muerte de su padre en este ruedo.

Paco Ureña echó mano de recursos para entendérselas con el tercero y cuajar una faena de menos a más en la que hubo momentos brillantes en el toreo al natural de frente y una sólida argumentación de toda su labor. Una oreja de ley que no pudo cortar al sexto el más parado y desfondado de toda la corrida de Victorino. Manuel Escribano no pudo con la alevosa embestida del segundo y cuajó una faena templadita por debajo de la clase infinita del quinto.

La Razón

Por Patricia Navarro. Ferrera y «Platino», esa verdad inalcanzable

En las plazas se vive de todo. La explosión de emociones y la desilusión. Todo se da. Pero ayer hubo uno de esos momentos en los que sientes que se cierran círculos que forman parte de la historia y de las heridas. Fue en el cuarto cuando Ferrera sacó a banderillear a Montoliú. Arriesgó el banderillero, rondó la cogida, clavó en la cara y se jugó los muslos. En la misma plaza donde su padre perdió la vida 25 años atrás. La imagen de Ferrera y Montoliú brindando al cielo fue inolvidable. El toro resultó un huracán, fijeza, casta y repetición en el engaño. «Platino» no permitía fallos ni adornos. Duelo de poder sobre la arena maestrante. Un aviso sonó antes de coger la espada. Ferrera estaba en otro mundo, midiéndose con la fiera, buscando la distancia y encontrando el valor para quedarse ahí a pesar de la fiereza del toro. Emocionante trasteo. Auténtico. Los valores del toreo en estado puro; aquello era una verdad inalcanzable para el común de los mortales. Regresaba el torero tras un paréntesis para rehabilitarse. A su llegada borró la dispersión del tiempo a golpe de capote. Un quite. A la verónica. Toreo bueno. Y una media que colmaba aquello de intensidad. A cuatro manos, con Escribano, cumplieron el tercio de banderillas justo antes de asomarse a la hora de la verdad. El cara a cara con el victorino. Una tanda le duró la emoción. Se vino abajo el toro y acortaba el viaje. Insistió Ferrera largo en el tiempo. Era otra historia este.

Como si no hubiera pasado nada, decíamos ayer… Escribano recibió a Migrañito a porta gayola. Se le mueven los pies a mil en el tiempo de espera y qué serán de esas pulsaciones si desde el tendido se anda revuelto. Y más cuando el victorino salió de toriles, se paró, analizó la situación y ya, cara a cara, sudor frío, embistió al valiente que espero ahí con todo. Se dilató la cosa una barbaridad después y en la nada. A la hora de haber comenzado el festejo no habían metido la espada al segundo. No hubo faena. Viajaba raudo, veloz y orientado el toro. Sin saber muy bien cómo aquello se había convertido en un tostón vacío de contenido. Volvió a cambiar con el quinto el toro de más clase del encierro, qué manera de tomar el engaño por abajo, entregadísimo y con un ritmo brutal. «Mudejar» fue toro de lío gordo. A Escribano no le fue la espada y la faena gozó de momentos muy despaciosos pero sin la rotundidad que el temple del toro tenía. Era la excelencia, la embestida a la mexicana para gozarlo. Y bordarlo. No viajó la faena de Escribano hasta allí.

Paco Ureña, que toreó bien de verdad hace un año en esta plaza, no remontó los ánimos en la primera parte de la faena al tercero . Iban toro y torero en dos direcciones que no llegaban a tocarse. Acudió el victorino al paso y de media arrancada pero tenía temple en el viaje. Por eso, mediada la labor, acertó con las teclas y fluyó la faena, tapándole la cara y ligando con la diestra y de frente por naturales, de uno en uno, sin acabar de descifrar nunca el misterio. Estoconazo al canto. El sexto fue reservón y áspero y Ureña lo intentó pero no era la tarde.

ABC

Por Andrés Amorós. Un gran Ferrera se juega la vida con un encastado victorino en Sevilla

Después de tantas tardes aburridas, una corrida apasionante: tres horas y ni un momento de aburrimiento. Antonio Ferrera y Paco Ureña cortan cada uno una oreja; Escribano la pierde por el descabello. Lo de Ferrera quedará para el recuerdo. «Vivir es ver volver», sentenció el maestro Azorín. Vuelven los toros de Victorino, con el interés y las dificultades de la casta brava (lo que echamos de menos habitualmente).

Ya había tenido tardes brillantes Antonio Ferrera con esta divisa, en Sevilla, pero la de hoy las supera. Ha estado parado casi dos años, por un percance. De aquel torero bullicioso y rápido de sus comienzos ha logrado convertirse en un lidiador clásico, con la ilusión de la lidia completa. El primero empuja, levanta al caballo hasta derribar: ¡por fin un tercio de picar auténtico! Dibuja Antonio verónicas de manos bajas, lentísimas, con el compás abierto. En banderillas, que comparte con Escribano (lo mismo harán en el segundo), el toro embiste como un tren. La primera serie es excelente, con derechazos templados; en la segunda, el toro se lo piensa; en la tercera, se para. Todavía insiste Ferrera, en chiqueros, valiente y con oficio, hasta asustar al público. Mata a la segunda y saluda.

La apoteosis llega en el cuarto, el más grande, «Platino», de 570 kilos, que sale tirando cornadas, con la cabeza como una devanadera. El diestro lo lidia adecuadamente. Llama a compartir banderillas con él a José Manuel Montoliu, de su cuadrilla. Es un bello gesto, ahora insólito. (Lo vi hacer alguna vez, si no recuerdo mal, a Antonio Bienvenida). Más significativo porque el 1 de mayo se cumplen los 25 años de la cornada mortal de Manuel Montoliu: en el mismo sitio banderillea su hijo, con mucho riesgo, y las palmas echan humo. En la muleta, el toro arrea muchísimo. Ferrera aguanta, en una porfía que parece de otra época. La gente tarda en entrar en la faena; hasta en Sevilla, ya no están acostumbrados a esta lidia clásica. Por la izquierda, el toro vuelve rapidísimo, como un huracán. Con mucho valor y mucho conocimiento, Ferrera va sacando muletazos emocionantes, por la derecha; y, al final, también por la izquierda, donde parecía imposible. Una faena –se decía antes– de torero macho, cuajado. Aunque sea con retraso, el público lo ha comprendido y asiste al final puesto en pie. Suena el aviso antes de coger la espada pero a nadie le importa. Logra la estocada y el toro tarda en caer: la presidenta sólo concede una oreja. Con todo respeto: yo hubiera dado las dos, de golpe, aunque el público actual no lo reclame tanto. Con «Platino», ha estado cumbre, como el mejor oro.

También vuelve a Sevilla, después de su gravísimo percance, Manuel Escribano. La mejor noticia: parece estar en plenas facultades. El segundo responde al tópico de las alimañas de Victorino: espera, embiste como una polvorilla, es incierto y fiero, busca, a la salida de los muletazos: ¡una prenda! Manuel aguanta mucho, demuestra su oficio y estar bien preparado. A muchos, este toro les hubiera desbordado. El quinto es otra cosa, aunque levante al caballo y embista pegajoso. Se la juega sin cuento Escribano, en su par al quiebro en tablas, saliendo del estribo. En la muleta, el toro humilla mucho, embiste casi dormidito y el diestro lo aprovecha en series por los dos lados, con el mérito técnico de obligarle mucho, alargando la embestida. Solamente por el descabello pierde la merecida oreja.

El tercero se llama «Vencejo»: ¿sabía Victorino, al darle ese nombre, que iba a lidiarse en Sevilla? Este «Vencejo» embiste con nobleza y Ureña logra muletazos de buen gusto, rematados con una estocada: una oreja. En el último, más complicado, la faena es desigual y sufre un puntazo en el muslo.

Recuerdo al maestro Antonio Burgos: aquí, los vencejos «son tan sevillanos que, todos los años, toman los dos abonos, el de la Semana Santa y el de los toros; como buenos aficionados prácticos, bajan la mano de sus alas hasta el mismísimo albero…» También recuerdo a Unamuno: «Han vuelto los vencejos,/ que lo eterno es lo sencillo./ Las cosas naturales vuelven siempre». Como siempre vuelve –pienso yo– la emoción de ver toros bravos y toreros valientes, en esta preciosa Plaza.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Heroico Ferrera con un encastado victorino

Un viento inclemente despejó las nubes y la lluvia. El viento que complica el toreo como no hace el agua. De un modo más amenazador y traicionero. Y con los toros de Victorino, más. Tan sensibles a los vuelos y los toques de la muleta con su sexto sentido.

A Antonio Ferrera le incomodó inmensamente cuando se sacó al recortado victorino de la apertura a los medios. Quería alejarlo de las querencias que ya en el prólogo de faena le habían empezado a tentar. Con las buenas cosas que había apuntado. El temple, la humillación y el empleo en las varas soberanas de José María González, que tocó tierra en un derribó espectacular. Pero pronto se distrajo. Una despaciosa tanda de Ferrera fue casi todo lo que duró. En la siguiente ya se puso mirón y distraído. Cada vez quería menos. Y acabó por no pasar ni en los terrenos de tablas donde AF finalmente lo cerró. Murió cerquita de chiqueros.

Allí precisamente marchó Manuel Escribano. El mal trago se agrió con la salida distraída del victorino. Una eternidad transcurrió hasta que libró la larga cambiada. Al toro, hondo bajo su cárdena piel, se aquerenció pronto, y apretó hacia los adentros en los lances poderosos en aquella tierra hostil. La lidia se hizo muy densa. El albaserrada esperó, midió, apretó hacia tablas también en las banderillas compartidas con Ferrera. Y así siguió en el último tercio, siempre con la escopeta cargada, orientado y agarrado al piso. Escribano alargó más allá de lo que la razón pedía: un macheteo solvente. La espada, para colmo, se encasquilló.

A Paco Ureña no le abandonó nunca la fe con un victorino grande y largo de recogida cara. Ureña apostó desde el buen saludo capotero con el noblón enemigo. Y, a base de sobarlo, siempre bien colocado, consiguió hacerle romper y prender con su toreo la chispa de la que carecía la embestida. De mitad de faena en adelante subió la temperatura. Una tanda de derechazos disparó el mercurio. Encajado, embraguetado y muy puro Paco Ureña. Tan enfrontilado con su izquierda de sutil muñeca en las trincherillas y los ayudados por bajo. Un espadazo en toda regla y los tendidos que a veces había mirado en el toreo al natural le entregaron la oreja en justicia.

El momento en que Antonio Ferrera invitó a banderillear a José Manuel Montoliu trajo todas las emociones de golpe. El llanto por la muerte de su padre en este mismo ruedo hace 25 años volvió a todas las gargantas. El corazón en un puño cuando Montoliu emprendió el camino hacia el toro en los mismos terrenos en los que cayó su maestro. Enormes el par y el susto al ser derribado a la salida de la reunión.

La emoción continuó de la mano de Ferrera y el encastado, degollado, hocicudo y astifinísimo cuarto de Victorino. Toro con la personalidad de la A coronada, vivo, ágil, felino. De aquellos albaserradas de la vieja guardia que se revolvían en un palmo de terreno. La batalla del veterano extremeño lo elevó al pedestal de los héroes. Tremendo Antonio Ferrera en su gesta, que no fue corta. Por una y otra mano hasta que faltaba el oxígeno. La Maestranza respiró una emotividad atávica. La lucha entre el hombre y el toro que vende cara su vida y que sostiene la Tauromaquia desde tiempos inmemoriales. Más de allá del arte. O antes de que el toreo subiese el escalón del arte. Cayó un aviso antes de que agarrase la espada. La oreja fue la consecuencia de la estocada (pasada), la lenta agonía y todo lo demás. Incluso se exigió otra. Tal era la emotividad vivida. Ferrera paseó el anillo irregular con el coro de la apoteosis a su paso. Como cuando libró pares de alto riesgo por los adentros.

Ningún toro de Victorino se pareció entre sí. El quinto era una belleza. Guapo y hechurado. Y embistió tan descolgado y despacio por el pitón derecho que Manuel Escribano ralentizó el toreo. A izquierdas no fue igual ni parecido y se quedaba más corto. En redondo volvió Escribano con profunda despaciosidad y cerró toreramente la faena. El espadazo suelto requirió del uso del descabello, y ahí el sevillano de Gerena perdió el trofeo tan bien ganado. Con la plaza empujando desde que lo recibió con una cálida ovación. El recuerdo del indulto de “Cobradiezmos” y la sangre derramada en Alicante perduraban. Otra vez fue sacado al tercio una vez arrastrado y aplaudido el buen victorino.

Cuando las manillas del reloj iban para las tres horas de corrida, apareció el sexto. Un tío de estrechas sienes. Paco Ureña de nuevo derrochó su entrega con el toreo solo con los vuelos y su idea cabal de la colocación. Pero el victorino no respondió como el otro y se frenaba y se defendía. En una de esas revueltas, surgió la voltereta. Incruenta afortunadamente. La espada esta vez no se enterró hasta la última. En 180 minutos de tarde y no se movió nadie. Por algo sería.

Diario de Sevilla

Por Juanmi Vega. Ferrera: “Este es un templo del toreo y uno viene a sacar lo mejor”

El diestro sevillano Manuel Escribano no pudo repetir la gesta del año pasado en la que indultó a Cobradiezmos, el toro del hierro de Victorino Martín. El torero de Gerena, que retornó a los ruedos en Valencia después de la terrible cornada sufrida el año pasado en Alicante, se marchó de la plaza tras matar a su segundo “con mucho coraje porque lo he matado mal con la espada. Durante la faena, el aire me ha afectado muchísimo. El toro iba muy despacio y le tenía que echar la muleta al suelo y aguantarle esos segundos. Ha sido toda una gozada torearle tan despacito y volver a escuchar esta plaza. Parecía que el muletazo se iba a parar de la pausa con la que iba”.

No fue la tarde de Escribano que recibió a su primero a puerta gayola y con al que calificó de “zorro”. “El toro ha estado midiendo, guardándoselo todo porque luego no ha querido coger de verdad. Le ha faltado bravura y nobleza porque al principio pensé que iba a tener toro porque humillaba bien. Es una pena que el toro no me haya ayudado porque esta plaza es única y sabia como ninguna” aseguraba el torero.

Por su parte, Paco Ureña, quien cortó una oreja a su primero astado, aseguró que “el toro de esta ganadería es muy especial y es difícil que mantenga una embestida de principio a fin. La gran virtud del todo ha sido humillar. En las ultimas fases de la faena, el toro lo ha dado todo y ha sido muy bonito aunque le he tenido que sacar los muletazos que buscaba y ha habido algunos que han sido buenos. También lo he matado bien. Los de Victorino tienen la magia de que cuando humillan y embisten llegan muy pronto a la gente”.

En el último de la corrida, Ureña no tuvo suerte y en uno de los lances, el Victorino llegó a agarrarlo de la taleguilla del traje de luces. “Se ha visto que no tenía opciones desde primera hora. Era un toro con cinco años y con mucho sentido. Lo que podía pasar era que me cogiese. Por lo menos me voy dándolo todo” aseguró el de Lorca.

Por último, el director de la lidia de esta sexta de abono, Antonio Ferrera, no tuvo suerte con su primer toro que se quedó sin fuerzas muy pronto. “He intentado estar por encima del toro y ponerle toda la entrega que al animal le faltaba. La cosa ha tenido buen aire y ojalá hubiese durado más con la inercia de la primera tanda. El toro se paró muy pronto a pesar de que lo hemos cuidado mucho en el caballo” comentaba al finalizar con su primer toro.

Con el segundo astado tuvo más suerte y pudo cortarle una oreja. Al terminar la faena, visiblemente emocionado, el torero habló a los micrófonos de Toros tv que “es complicado expresarse ahora mismo porque después de lo que hay que poner e imponer de tu corazón ante un animal que no te regala su sinceridad y que te la brinda con tu verdad. La intensidad de tu alma y de tu corazón está a flor de piel después de exponerla ante un toro que lo vendía caro todo. Ha tenido mucha emoción pero había que llegarle hasta su fondo y entregarse”.

También reconoció el diestroque “la afición ha estado muy metida en la faena y eso se ha palpado mucho. Ha tenido mucha paciencia para poder llegar a esos fondos. Estas son las verdades que no admiten dudas y uno hace lo que puede”. Por último, Antonio Ferrera comentó que “la Plaza de la Maestranza es un templo del toreo y uno viene con mucha ilusión de poder sacar lo mejor de uno mismo y poder triunfar”.

El Correo de Andalucía

Por Álvaro Rodríguez del Moral. Simbiosis de Ferrera y Victorino

La corrida había despertado la lógica expectación. El aura de la vacada cacereña y la memoria reciente del indulto de Cobradiezmos había predispuesto –para bien- al público de este nuevo Sábado de Alumbrado para sacar la mejor punta a la lidia de todos los ejemplares.

Si hay que venir con las ideas preconcebidas es mejor que sea en positivo. Esa predisposición, y la especial sensibilidad del público sevillano, es la que sacó a saludar a Manuel Escribano después de romperse el paseíllo, que fue ilustrado con las notas del solemne pasodoble Manolete en el año que se cumple un siglo de su nacimiento, 138 kilómetros río arriba. Su papel de oficiante del famoso indulto y el calvario inhumano que siguó a la espantosa cornada de Alicante merecían el honor..

Pero la corrida tenía más argumentos previos, como la vuelta de Ferrera a la plaza que mejor le ha visto. El diestro extremeño, no se olvide, fue el autor de las mejores faenas de las ferias de 2014 y 2015, instrumentadas a sendos toros de Victorino Martín. Su encaje en la corrida, al igual que el de Escribano o Ureña, era de cajón.

Y fue Ferrera, a la postre, el definitivo protagonista de una tarde que se vivió siempre de parte del toro con razón… o sin ella. El torero de Badajoz había sorteado en primer lugar un ejemplar que sembró ciertas esperanzas. Eso sí, salió desangrado de un primer puyazo en el que derribó al piquero y la faena que pudo ser no fue. Ferrera, que ha restaurado la lidia total, se puso a torearlo en redondo sin demasiados preámbulos. En los medios arreaba el aire y el extremeño movió terrenos antes de comprobar que el animal, completamente acobardado, había echado la marcha atrás. Pero Antonio Ferrera sabía que en Sevilla tenía que ser y puso toda la carne en el asador con el cuarto, que saltó a la arena pasadas las ocho de la tarde. El bicho regateó en el capote, que Ferrera manejó con solvencia pero también con sentido de la escena. El matador sabe vender la brega, que convierte en espectáculo sin perder un ápice de su eficacia. De la misma forma, ha recuperado el sentido y la naturalidad de los quites, toreando desde el primer lance, en las mismísimas bambas del peto.

Pero lo mejor estaba por venir. Ferrera tuvo el detalle de invitar a banderillear a José Manuel Montoliú, que forma en sus filas. Su padre, el gran Manolo Montoliú cayó en esta plaza. Mañana, precisamente, se cumplen 25 años de tan infausto suceso. El hijo del maestro de plata, que ya peina canas, hizo honor a su casta aunque perdió pie a la salida del par. Ferrera le replicó al quiebro y la plaza echó humo. Aún iba a echar más cuando el matador supo convertir la faena en una riña preliminar, en un combate de esgrima después y en una postrera lección de torería que recordó -con otro aire y formas- los mejores tiempos de Paco Ruiz Miguel con esta misma ganadería. Ferrera atacó al toro -que embistió como un puma en los primeros compases del trasteo- y acabó cuajándolo e cabo a rabo en una labor trepidante, siempre emocionante en la que llegó a torear relajado por el pitón izquierdo. La espada entró atrás pero la muerte se demoró. Estaba rozando las dos orejas y cobró una. Es la de más peso que se ha cortado en la Feria. Enhorabuena, matador.

Otra cortó, mucho más endeble y precipitada, el murciano Paco Ureña después de acertar a atacar a otro toro, el tercero, que tenía la virtud de humillar pero no terminaba de romper hacia delante. Ureña lo sobó y le consintió hasta hacerlo romper en un trepidante fin de faena en el que no faltaron naturales a pies juntos. Funcionó el acero y la presidenta no se lo pensó demasiado para sacar el pañuelo. Pero Ureña iba a dejar una impresión desdibujada de sí mismo con el sexto, un toro de cierto fondo y embestida humillada por el pitó derecho con el que nunca se entendió. Ni en el quite estropajoso que respondió a otro brillante y oportuno de Ferrera ni en el deslavazado trasteo posterior. Ojo…

El bombón del encierro fue un quinto que se dejaba el morro por el suelo con temple mexicano aunque le faltó despedirse en los embroques. Escribano le cuajó excelentes tandas de muletazos sin terminar de redondear con la espada. El segundo había sido la clásica alimaña y no le dio opciones. Ah, la corrida duró más de tres horas. El asunto empieza a ser inaguantable.

Sevilla Temporada 2017

29_abril_17_sevilla.txt · Última modificación: 2017/05/03 14:37 por paco

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