Herramientas de usuario

Herramientas del sitio


2_septiembre_17_ronda

Real Maestranza de Ronda

Sábado, 2 de septiembre de 2017

Corrida mixta

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Guiomar de Moura Juan Pedro Domecq, Daniel Ruiz, Torrealta, Garcigrande y Núñez del Cuvillo. Con diferente presentación y distinto juejo.

Diego Ventura: dos orejas.

francisco Rivera Ordoñez: de antracita con abalorios tornasolados. Ovación, dos orejas.

El Fandi: de añil con pasamanería negra y plata. Oreja.

Sebastian Castella: de turquesa con galones negros. Oreja.

Miguel Ángel Perera: de blanco con pasamanería negra. Dos orejas.

Cayetano: de malva y plata. Dos orejas.

Destacó en banderillas

Entrada: «No hay billetes»

Galería de imágenes:

Video:

Crónicas de la prensa:

ABC

Por Lorena Muñoz. Ronda despide por la puerta grande a un entregado Paquirri

Iba a ser una tarde de emociones, de recuerdos y sentimientos. La Goyesca rondeña es en sí misma un acontecimiento taurino. Esta tenía el aliciente de la despedida de Paquirri ,que se presentó vestido con un original terno de terciopelo diseñado por su mujer, Lourdes Montes, con el color de la túnica del Cristo de las Tres Caídas de Triana. Como no podía ser de otra forma, Paquirri fue el protagonista del festejo. Todos los brindis de sus compañeros fueron para él, y compartió banderillas en cuatro toros. El torero, que comenzó en Ronda el 7 de agosto de 1991, ponía punto final a veintiséis años de profesión y a veintidós de alternativa. En su goyesca número quince se cortó la coleta y salió a hombros.

El público, que no estuvo tan entregado como cabía esperar, lo sacó a saludar antes de que el segundo saliera de chiqueros. Y como hizo en muchas de sus mejores tardes, Francisco se fue a portagayola a recibir al de Daniel Ruiz, que salió suelto, aunque el diestro logró templarse a la verónica antes de rematar con la media. Había que darlo todo, era la última tarde vestido de torero, así que invitó a El Fandi. Quería honrar a su padre, de quien tomó su legítimo apodo hace una década, cuando comenzó a poner banderillas. Pero «Limonero» no era el más apropiado para una despedida. Se paró pronto. Aun así, Paquirri se entregó. Tanto, que en un desplante le pegó una fuerte voltereta que lo dejó a merced del toro, que por fortuna no hizo por él. Se levantó con raza y volvió a la cara con otro desplante de rodillas. No remató con la espada, así que cuando saludó la ovación ya avisó al presidente de que iba a pedir el sobrero.

El que salió de Jandilla tampoco era para tirar cohetes. Aun así pareó con solvencia en solitario y lo recibió con gusto a la verónica. El brindis esta vez fue a su hija Cayetana. Se la jugó en la muleta con un toro nada fácil como el Rivera Ordóñez de los mejores tiempos. Dos orejas.

Con su hermano Cayetano, que cerró cartel con un toro de Juan Pedro al que dejó un vistoso recibo con dos largas y una serpentina de remate, se fundió en un cariñoso abrazo en el brindis. Momentos antes había puesto la plaza boca abajo con un par al quiebro de banderillas cortas. Paquirri y El Fandi, que las habían colocado antes, le aplaudieron junto al resto del tendido. Luego firmó una elegante y exquisita faena que comenzó y terminó con ayudados por alto. Le pidieron el rabo tras un estoconazo, pero el presidente solo le dio las dos orejas. El torero le recriminó, con los dos trofeos en mano, que era la segunda vez que se lo negaba.

Abrió plaza Diego Ventura, que brilló con «Nazarí», un caballo que lo hace todo perfecto, con el que templó la embestida. Con «Lío» y «Fino» completó el tercio de banderillas y al violín clavó con «Remate» antes de dejar un rejón de efecto fulminante. Dos orejas.

El Fandi, que reaparecía tras una lesión y se le vio algo mermado, cortó una oreja y le pidieron la segunda del tercero, con el que se lució a la verónica y por chicuelinas en el saludo y en el quite. El granadino devolvió la invitación a Paquirri e inició con una vibrante serie de rodillas. Fue lo más lucido a pesar de la entrega, con afarolados y manoletinas, ya que el de Garcigrande desparramaba la vista y le puso en apuros.

Otro trofeo cortó Castella (sustituto de Manzanares). Sorprendió ofreciendo los palos a Fandi y Paquirri. El francés hizo lo que pudo en su par al quiebro. Mucho mejor fue el quite por chicuelinas y su labor dispuesta ante el Torrealta que se lastimó una pezuña.

Perera lidió uno de Juan Pedro, con el que destacó en el ajustado quite por tafalleras, gaoneras y saltilleras. Luego estuvo muy centrado alargando los muletazos primero y en cercanías después. Paseó dos merecidas orejas.

Al término del festejo, Paquirri secortó la coleta y fue aupado en hombros por su hermano Cayetano. Feliz despedida.

El País

Por Antonio Lorca. Paquirri, una extraña y desangelada despedida

No fue lo que se dice una despedida triunfal y espectacular, como se espera cuando dice adiós, en su casa, un torero que ha dedicado 26 años de su vida a esta bendita profesión.

Se reunió Rivera Ordóñez de cinco amigos (Ventura, El Fandi, Castella, Perera y Cayetano) que respondieron a su llamada, lo arroparon, le brindaron sus toros y lo abrazaron (sentido parlamento el de su hermano). Y también se hizo acompañar por siete amiguetes, novillotes escogidos, diseñados en el laboratorio de pitoncitos sospechosamente manipulados, mansotes, blandos y nobles -huelga decir que no existió el tercio de varas-, que no siempre colaboraron al éxito de los toreros. Suele ocurrir con los amiguetes que, a veces, te juegan un mala pasada y te fastidian una tarde organizada para el triunfalismo.

Eso le ocurrió a Paquirri con el primer toro que lidió, un animalito con escaso recorrido y aparentes buenas intenciones que no le permitió alcanzar el éxito y, en cambio, lo volteó de mala manera y a punto estuvo de darle un disgusto en ocasión tan especial. Estaba el toro remiso a embestir cuando Paquirri de desplantó con la muleta en la izquierda y el animal alargó el cuello y casi lo engancha; instantes después repitió la jugada con la mano derecha, y el toro lo volteó, lo buscó en el suelo sin saña y el diestro se levantó empolvado y sin rasguño alguno por fortuna. Mató mal y solo pudo saludar.

Triste comienzo para un espectáculo organizado a mayor gloria del diestro de raigambre rondeña, hijo, nieto, biznieto, sobrino y primo de toreros, que se presentó en esta señorial plaza abarrotada -el cartel de ‘No hay billetes’ se había colgado días antes-, vestido con un original traje goyesco diseñado por su esposa, Lourdes Montes, sobre el que discutían los supuestos expertos del tendido si era de terciopelo azul oscuro o morado, pero era unánime la opinión de que estaba floridamente adornado con dibujos estrellados bordados en oro sobre fondo claro, unas sobresalientes hombreras del mismo tenor, un chaleco color agua de mar bien abotonado dorado y una camisa blanca sin corbata. Hecho un pincel que iba el hombre.

El callejón, atestado de amigos enchaquetados de azul marengo, que aplaudieron a rabiar, pocos famosos en los tendidos y un público frío y desangelado; quizá, primero, porque no hubo motivo para la emoción en el festejo puramente taurino, y, después, porque Francisco Rivera es un personaje popular, pero no entrañable, conocido, pero poco querido; nacido en Madrid por accidente, rondeño por historia familiar, pero más asiduo de revistas y platós de televisión que del trato popular.

Quizá, por eso, no fue recibido con una ovación cuando se rompió el paseíllo, ni fue aclamado por la plaza en ningún momento. Eso no evitó que Paquirri se volcara en su despedida con su mejor versión torera. Se lució con templadas verónicas en ese primer toro de la lidia ordinaria de la tarde, puso banderillas como mandan los cánones, compartido el tercio con El Fandi, y volvió a tomar los palos con soltura en los dos toros siguientes.

El resto del festejo no tuvo mucha historia. Los amiguetes con piel de toro fueron tan nobles como sosones, y un presidente serio puso orden en la concesión de trofeos.

Pidió el sobrero Paquirri, lo veroniqueó con gusto, colocó con soltura banderillas, lo brindó a su hija Cayetana, y se vació como si ello le fuera la vida; pero el toro, blando y hundido, solo le permitió mostrar una extraordinaria entrega y voluntad. El palco le hizo un favor y le concedió las dos orejas. Un amigo le cortó la coleta y lo pasearon a hombros.

El rejoneador Diego Ventura abrió plaza con un animalito bondadoso, con el tranco justo, para que su magnífica cuadra se luciera de principio a fin. El caballo nazarí, torerísimo, jugó con su oponente y los demás jamelgos torearon de salón.

El Fandi hizo una faena larga y sin emoción a un toro noble y generoso por el lado derecho. Muchos muletazos hubo, pero no acabó de concitar la atención de un público necesitado de mayores gestas.

Castella se atrevió a poner un par de banderillas al quiebro a su toro, con más voluntad que acierto, y se justificó sobradamente antes de que su oponente se lastimara una pezuña.

Destacó el subalterno Curro Javier en dos grandes pares de banderillas al quinto, antes de que Miguel Ángel Perera volviera a demostrar que está en un momento dulce de su carrera. El toro era poca cosa y el torero se limitó, como sus compañeros, a torear de salón.

Un pasional Cayetano saludó al sexto con tres largas cambiadas de pie, e invitó a banderillear a su hermano y a El Fandi. Él mismo puso un gran par de banderillas cortas al quiebro. Se entretuvo, después, en muletazos airosos ante un animal tan noble como ayuno de fortaleza. El presidente le negó el rabo y el propio torero se dirigió con las dos orejas al palco para encararse con el usía. Una chulería impropia de torero serio.

El Correo de Andalucía

Por Álvaro Rodríguez del Moral. Feliz despedida de Francisco Rivera Ordóñez

Francisco Rivera Ordóñez se cortó la coleta en un festejo coral que constituyó una fiesta familiar y un homenaje a la dinastía. En el aspecto meramente taurino sobresalió la dimensión artística y la entrega de su hermano Cayetano, que estuvo cerca de cortar un rabo.

El público congregado en los aledaños de la plaza de la Maestranza de Ronda delataba la expectación que había despertado la despedida de Francisco Rivera Ordóñez, penúltimo eslabón de una dinastía íntimamente ligada al bicentenario coso. El papel se había agotado en la taquilla pero el acontecimiento trascendía ampliamente el ámbito taurino.

La fama del personaje había vuelto a servir de bálsamo pero tampoco se puede soslayar que se marchaba del toreo, con sus baches y cimas, un torero de sólido oficio que ocupó un puesto de importancia en el escalafón taurino de la segunda mitad de los 90. La LXI Corrida Goyesca era, previsiblemente, la última de su carrera. Atrás quedaban 26 años profesión.

El habitual paseo de carruajes y coches de época sirvió de prólogo de una corrida excepcional que debe su espíritu más genuino al recuerdo de Antonio Ordóñez, forjador de un acontecimiento que ha sabido perpetuarse en el tiempo con carácter de peregrinación. Pero tenía que salir el toro…

El primero fue un ejemplar de Guiomar de Moura que Ventura brindó a Rivera. El jinete de La Puebla enceló al toro a dos pistas poniendo todo lo que le faltaba al animal. El rejoneador mostró su incontestable supremacía profesional pero tuvo que suplir la sosería de su enemigo ajustando todas las suertes y apurando todos los quiebros, para mantener el tono de una labor que puso en sus manos las dos orejas de la res.

Llegaba el turno del gran protagonista de la jornada, que fue sacado a saludar antes de la salida del ejemplar de Daniel Ruiz que le había tocado en el sorteo. Paquirri se marchó a portagayola y compartió banderillas con El Fandi cuajando un gran segundo tercio que preludió una entregada faena muleta en la que sobraron los frenazos y el mal estilo del animal que propinó una fortísima voltereta a su matador .

Con ese no había podido ser pero Paquirri había encerrado un toro de Jandilla con el que quiso desquitarse. Francisco banderilleó esta vez en solitario. El último brindis, entre lágrimas, fue para su hija Cayetana. Había llegado el final y el veterano diestro se empleó en un trasteo sentido y muy entregado en el que Francisco dio lo mejor de sí mismo a pesar de las muchas dificultades que planteó el astado. Se jugó el tipo.

Cayeron las orejas pero aún quedaba el corte de coleta que ofició un amigo del torero, llamado Juan Ignacio Alonso, antes de que El Fandi lo izara a hombros acompñado de toda la tropa de toreros. La apoteosis se había consumado. Paquirri se despedía del toreo en el solar de los suyos. Su hermano Cayetano le sacó por la puerta grande.

El Fandi, que reaparecía en Ronda de una lesión de abductores, se lució con el percal pero no logró brillar en su fuerte: los palos. El granadino devolvió la invitación a Rivera y marró en el primer par. Paquirri clavó en todo lo alto y El Fandi, ahora sí, fue fiel a sí mismo pareando al violín. Al final logró templarse de verdad con ese toro de Garcigrande en una faena de enorme fondo técnico en la que no hubo alharacas.

A Castella le tocó un ejemplar de Torrealta, anovillado y esmirriado, al que banderilleó en unión de Rivera y El Fandi. El francés clavó al quiebro sin demasiado tino pero cuajó después una labor bien planteada y trazada en la que se puso en evidencia la escasa entidad de su enemigo, que se acabó rompiendo una mano. Lo mejor fue la fulminante estocada final.

A Perera le había tocado el primero de los dos ‘juampedros’ que se habían enchiquerado. El extremeño se ajustó de verdad con ese ejemplar serio y hondo que Curro Javier banderilleó con autoridad. Perera pisó el acelerador en una faena reunida e intensa, resuelta en un palmo de terreno, en la sobró la flojera del astado. El tremendo arrimón final arregló las cosas aunque la espada cayó en mal sitio.

Cayetano, con otro toro de Domecq, se entregó a tope. En las largas iniciales; el galleo por chicuelinas o en un nuevo tercio de banderillas, compartido con su hermano y El Fandi. El menor de los Rivera partió los palos por la mitad y formó un auténtico alboroto clavando al quiebro. Brindó visiblemente emocionado a Francisco y se puso a torear.

La faena rompió sobre la mano derecha con tres muletazos plenos de cadencia. Fallaban las fuerzas del toro pero Cayetano las suplió con su personal empaque enhebrándose a la buena condición del ‘juampedro’. Sobresalió un largo cambio de mano; los pases de pecho de hombro a hombro y la actitud del matador, transfigurado en esta cita familiar que se había convocado para despedir a su hermano, el último Paquirri.

2_septiembre_17_ronda.txt · Última modificación: 2017/09/02 20:11 por paco

Herramientas de la página