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REAL MAESTRANZA DE SEVILLA

Lunes, 6 de mayo de 2019

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Juan Pedro Domecq nobles y descastados.

Diestros:

Morante de la Puebla: de azul y oro. Silencio y ovación tras aviso

Diego Urdiales: de gris plomo y oro. Vuelta al ruedo tras leve petición y silencio tras aviso

José María Manzanares: de azul y oro. Silencio y ovación con saludos.

Presidente: José Luque Teruel

Banderillero que saludó:

Tiempo: soleado

Entrada: lleno de no hay billetes

Video: https://twitter.com/i/status/1125506663824416778

Galería de fotos: https://t.co/dI1rdtVQPm

Crónicas de la prensa:

Portal Taurino

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver Morante volvió a dar el show con la manguera

De los toros no voy ni a hablar, para qué, medio sirvieron dos, el segundo y el sexto, pero en general la “juanpedrada” no tuvo fuerza ni casta en absoluto, cero por ciento. Ni peligro por supuesto. Lo mejor fue el capote de Urdiales que esta vez le ganó a Morante en ese menester, con lances de auténtico maestro. También en la muleta dejó el sello de su personalidad, de su naturalidad en el ejecutar taurómaco. Manzanares, queriendo, pudo triunfar en el sexto, al que enseñó a embestir y cuidó con mimo, pero falló en su fuerte habitual, la espada. Y después está lo de Morante, bien con el capote en el primero y desigual en la extraña y larga faena del manso cuarto bis, lidia que duró casi una hora. Verán ustedes: al acabar el tercero, Morante dijo que había que regar la plaza, no sabemos si la autoridad lo autorizó, por mucho que él fuera el director de lidia. Y allá que van los operarios a cavar en la boca de riego y a regar la parte de sombra hasta que quedó a su gusto, aunque esta vez no cogió la manguera. Salió el toro y evidentemente patinó pues el albero tarda en humedecerse y crea una capa deslizante. El juanpedro, sin culpa él, vio el pañuelo verde. Y para colmo Morante se fue a hacer faena con el sobrero en la parte seca. Allí le alentaron los del pueblo y él en gesto maleducado pidió a la música que tocara, alentando a las masas contra la banda…Todo un sainete más propio de una plaza de polvareda, portátil de tercera, que de la Maestranza que tiene el albero perfecto de cuidado y compactado. En fin, un show de los suyos, injustificable y que es mejor olvidar. Pero él debería de hacérselo mirar y que alguien que le quiera le diga que eso no se hace en una plaza como Sevilla, que tanto le quiere por cierto.

Lo mejor, lo peor

Lo mejor

Diego Úrdiales destacó con el capote a la verónica en su primero, lo mejor del festejo. El Riojano ofreció buen toreo de muleta dando el pecho y toreando con lances muy templados por ambos pitones.

Lo peor

Tarde de máxima expectación y pésima, malísima corrida de Juan Pedro Domecq. Saltaron al ruedo toros flojos, nobles, descastados y sin terminar de romper en la muleta. Lo peor también el parón innecesario tras caer el tercer toro para poner a trabajar a los areneros de La plaza. El festejó duró demasiado sin emoción y sin triunfos.

Diario de Sevilla

Por Luis Nieto. Espectáculo decepcionante

La expectación, con lleno de 'No hay billetes' se esfumó a medida que un encierro en su conjunto flojísimo de Juan Pedro Domecq fue apareciendo en el ruedo de la plaza de toros de Sevilla.

La terna compuesto por Morante de la Puebla, Diego Urdiales y José María Manzanares logró algunas pinceladas en un espectáculo decepcionante y de excesivo metraje que rozó las tres horas de duración

Morante se las vio en primer lugar con un ejemplar flojo, tarde, ante el que toreó muy bien a la verónica y cumplió en un trasteo sin posibilidad de ligazón dibujando algunos muletazos diestros con gusto.

El cuarto fue devuelto. En su lugar saltó como cuarto bis un astado que embistió sin clase y ante el que Morante realizó una faena larguísima, intercalando algunos muletazos buenos.

Diego Urdiales, con un toro flojo y con nobleza, lanceó con templadas verónicas. En la faena, con retazos de torería tanto con la diestra como al natural, faltó toro. Mató de estocada y descabello para dar la única vuelta al ruedo de la tarde.

Con el quinto, que se defendía y calamocheaba, concretó un trasteo largo y voluntarioso.

José María Manzanares tuvo la opción de que su primero tuvo movilidad. El alicantino realizó una faena desigual, en varios pasajes faltó ajuste.

Con el sexto, el mejor del flojo encierro, realizó un trasteo en el que los momentos más ovacionados llegaron en dos tandas diestras con ligazón -el mejor pitón del noble animal- fue el pitón derecho.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Diego volverá a Sevilla

Urdiales entre grandes en la Maestranza. Como premio y como prueba. Ese el sentimiento agridulce que aprisiona y pesa. Sabes que compites en desigualdad. Que sólo tú haces el paseíllo bajo la sombra de una guillotina a nada que se te vaya un pie. Que sólo tú no volverás a Sevilla si las cosas salen mal. O simplemente si no salen. Que la gloria asolerada de Otoño, con el sabor de las viejas y auténticas Puertas Grandes de Madrid, será estéril recuerdo en los despachos empresariales que esperan emboscados en el sistema.

Increíblemente toda esa tensión fue ingrávida en sus sueltos brazos. Que jugaron el lacio capote a la verónica con ritmo creciente y temple de bajamar. Mecía Diego Urdiales al juampedro de cristal en el patio de la casa de Morante. Sublimó sabor y suavidad en un lance eterno por el pitón izquierdo. Sólo superado por otro por la mismo mano en el quite posterior. Las medias verónicas se arrebujaban todas en la cadera como una sola.

La faena sucedió en serena calma. Midió los tiempos y los espacios como antes los puyazos. El pulso débil del bondadoso toro de precisas fuerzas pedía caricias, el toreo de muñecas, allí donde late el corazón de Urdiales. Sin exigir ni apretar en aquel compendio de exactitud de alturas. No hubo música ni falta que hacía: los oles rasgaban el silencio como el vuelo de los vencejos. Como una banda sonora que salpicaba los muletazos gráciles. Que se fueron consolidando entre paseos de aire puro para el domecq. Y así las últimas rondas desprendieron un son continuo y excepcional, la medida de la perfección: la armonía y la naturalidad vestían el toreo desnudo de Diego (léase pureza). Alguien expresó un murmullo que ni siquiera fue un ole, sino un «¡ohhh!» de admiración. Quizá lo provocó la penúltima serie de redondos. O aquella trinchera maciza o esta trincherilla chispeante. A pies juntos y enfrontilado despidió la exquisita composición de aterciopelada intensidad. Como un homenaje a Manolo Vázquez: Urdiales tiene su talla y su molde.

La estocada se cayó de la cruz a los blandos y acarreó que sólo flamearan algunos pañuelos. La vuelta al ruedo ocurrió con la misma despaciosidad del mundo de Diego, un hombre sin reloj.

Después, salió José María Manzanares con un toro de similares prestaciones y el contraste se hacía abisal: Manzanares torea desde arriba, desde los hombros, brazos y antebrazos. Tensionados como la cintura. Como si tuviera él la presión vital de Urdiales. El juampedro, después de un trío de tandas de cierta ligazón, se paró antes de hora. No funcionó esta vez la espada. La noticia más positiva se resumió en la inocuidad de la voltereta de Suso en banderillas.

Morante de la Puebla anduvo tremendamente voluntarioso en su regreso. Bajó de los cielos del dios de la verónica con unos lances que no hallaron la arcilla del garcigrande del pasado jueves, sino la áspera embestida de un juampedro de ideales formas. La mano de fuera más alta, el mismo empaque, menor profundidad. La bravuconería del toro se apagó y ancló pronto. No sin mediar una lidia profusa en capotazos. Para abundante, la faena al sobrero que sumó como cuarto bis. También del hierro titular y también de escaso poder. Morante lo intentó a contraestilo del carácter de artista: valeroso y tesonero. El toro se metía por dentro y deslucía el muletazo con su final. Que no frenaba el ole preconcebido por la parroquia. Como si intuyera más allá de los buenos principios. Los ayudados por alto de corte gallista, casi de puntillas, tuvieron su aquél. El acero arruinó tanta cansina entrega.

Urdiales también se pasó de voluntad. Vale la excusa del temor a que le señalen por dejarse algo en el tintero, pero… Con tanto soltar la cara ese quinto sin empuje, más ligerito y tampoco pasa nada. Todo lo que cobró Diego fue un pitonazo en la hora tardía de matar.

No hace falta que les diga a estas alturas que la juampedrada era un funeral de descaste. El último toro vino a alegrarlo con sus dosis de bravura, alegría y estilo. A Manzanares, ahora mismo, casi es mejor que no le embistan: se tapa más.

Diego Urdiales volverá a Sevilla.

El País

Por Antonio Lorca. ¡Silencio, un torero!

El reloj de la plaza marcaba las siete y seis minutos de la tarde. Corría una ligera brisa. De pronto, se hace el silencio en la Maestranza. ¿Qué pasa? Pues que un torero se dispone a torear. Expectación. Casi 11.000 personas fijan su mirada y su alma y guardan el absoluto silencio que merece la esperanza de un destello de arte.

Era Diego Urdiales quien, capote en mano, en el tercio de varas, trataba de engañar al viento para abrir de par en par su condición de artista. Y sucedió que, con despaciosidad, elegancia y buen gusto, dibujó tres verónicas excelsas que cerró con una media de cartel. Y el disfrute se desparramó por los tendidos.

Hacía pocos minutos que el mismo torero había recibido a este primero con otro ramillete de preciosas verónicas, y tras saludar Pirri en banderillas, la Maestranza entera de disponía a descubrir a ese artista con carnet de La Rioja.

Naturalidad, elegancia, prestancia… desprende este torero en sus andares por el albero. Y todo lo ejecuta con regodeo interior y pasmosa lentitud que no es la antesala del aburrimiento sino del pretendido éxtasis.

Pero no había toro. Bueno, no lo hubo en toda la tarde. Se anunciaron seis de Juan Pedro Domecq y salieron seis ruinosas masas de carne, nobilísimas, eso sí, pero inválidas o enfermas.

Pero había torero, afortunadamente. Y Urdiales tomó el pincel de la muleta, saboreó el marco sevillano y trató de pintar una obra con un motivo inexistente. A pesar de ello, de su inspiración surgieron llamativos colores en gotas de torería, con trazos largos y hermosos por ambas manos, intermitentes todos, aislados, también, pero suficientes, a veces, para saciar el alma. Tres naturales fueron largos y hermosos; elegantes los derechazos, y una armoniosa tanda final con la izquierda a pies juntos fue la firma de lo que debió ser una gran obra. Pero no hubo lugar al entusiasmo ni faena grande. Hubo relámpagos de toreo, buen gusto, aroma… Y no pudo reeditar su loable intento ante el insufrible quinto.

No quiso Morante que un riojano le enseñara los secretos de la pintura. Excelente fue el toreo de capote con el que saludó a su primero, un toro con cara de becerrote y aire cansino y apagado, y no hubo más. Se arrebató, después, ante el sobrero cuarto, astifino y de lánguida condición. En actitud muy voluntariosa y arropado por un público fidelísimo, Morante combinó muletazos enjundiosos con otros atropellados y enganchados. La faena fue larga y no consiguió alcanzar el vuelo que los tendidos soñaron. Tanto fue así que muchos recriminaron a la banda de música su silencio, cuando fue el director de los pocos que entendió con acierto que aquellos detalles no merecían el acompañamiento del pasodoble.

Manzanares pretendió justificar ante el último, el único que se movió, su supuesta inhibición ante el tercero. Despegado y triste se mostró ante este, sin mensaje alguno en su toreo.

Y salió ante el sexto con deseos de ganar para sí una tarde que parecía perdida. Se lució el picador Chocolate en la ejecución de dos buenas varas, saludó el banderillero Daniel Duarte, y el jefe de filas lo intentó de veras, dio muchos pases, algunos de elegante factura, pero a toda su labor le faltó hondura y fondo.

La Razón

Por Patricia Navarro. Morante y Diego, a pesar de la dictadura de la banda

Lo bueno de Morante es que la espera es corta. Nada más salir el toro ya se le espera con desesperación. En el compás, a la media vuelta de una verónica puede venir el toreo más deslumbrante y convencerte de que con cinco, cuatro o incluso tres lances la entrada está amortizada. Son las cosas del alma. No se puede llegar a entender si antes no te has expuesto a ello. Y había ocurrido recientemente, con lo que la memoria multiplicaba el interés. Se estaban todavía yendo sus verónicas de seda de hace días, de hace horas, de hace siglos. Por lunes de farolillos se templó de nuevo, meció las muñecas más allá del cuerpo y el toreo fue bonito. Y así los lances y arrebujada la media, como si estrujara… Lo malo de Morante es que no es fácil que haya faena más allá de un puñado de muletazos que grabarte en la retina. Y así ocurrió. El caballo le cobró el peaje y el toro se paró. La torería de Morante deambuló por la plaza. Nada más.

Pero el arrebato del sevillano vino a quitarnos razones en el cuarto y se salió de sí mismo, de su propio esquema y hasta de su propia probabilidad y apostó con el toro desde el comienzo de muleta como si se le fuera la vida. O igual se le iba. A saber. Hay cosas que no sabe nadie. Multiplicó el pan y los peces con las medias arrancadas del toro, sin probaturas y sin hacer perder el tiempo. Hubo verdad y fuerza en la manera de expresar el toreo en la plaza, en el cite, en el embroque, pasándose al Juampedro por la barriga. Era su toreo música callada, a pesar del silencio de la banda. Echó el resto. Y cuando pareció que estaba todo hecho, quería más. La espada no remató, pero aquello había sido para el deleite.

Urdiales llegaba a Sevilla después de siglo y medio y de haber triunfado en muchas plazas a lo grande. Su gente le siguió hasta aquí. Se notaba en el ambiente. Bonito lo hizo Diego con la capa, suave, fácil lo difícil. Muleta en mano el toro perdió las manos casi al mismo compás que Urdiales comenzaba a componer. Sonaba a faena imposible, pero hubo que esperar. Fue a fuego lento y para paladares exquisitos, requirió su tiempo, uno y otro, para que el temple se fusionara con la yema de los dedos y aquello fluyera, porque lo cierto es que al buen ritmo del Juampedro le faltaba fuerza para empujar detrás del engaño. Diego le cogió los tiempos perfectos, cadencia y exquisitez en el trazo, que quería pasar inadvertido ante el silencio sepulcral de la banda. Ni estaba, y al parecer ni se le esperaba. Pulseó la faena de bonita factura y se le fue la espada abajo en el primer envite. Dio una vuelta al ruedo. Complicaciones sacó el quinto, muy áspero, revoltoso e incierto. Urdiales hizo una faena de torero bueno, haciendo muchas concesiones al toro y pasando por alto todas aquellas que ponían cada muletazo en vilo. Parecía más una faena de campo, de tú a tú, de medirse que la escenografía de la plaza, donde le costó conectar con el público y se alargó en exceso.

El tercero, que fue a parar a las manos de Manzanares, tomó el engaño con mucha largura y claridad en los albores. Se abría una barbaridad y quería ir hasta el final. En dos series nos lo enseñó el de Alicante, centrado con el toro, pero pronto el Juampedro fue a menos, más corto, sin querer avanzar en la muleta. La espada, cosa rarísima, no le fue. Atascada de lleno.

Ovacionado se fue Chocolate tras el tercio de varas del sexto y Duarte con los palos. Fue toro bueno. Se llevó el lote de nuevo. No perdió el tiempo con el toro y quiso buscarle las vueltas desde el principio con más o menos brillantez. Y así fue el trasteo, basado más en la largura de los pases que en la profundidad. Redundando en la rareza a la espada de Manzanares le faltó filo y a la banda de música enterarse de lo que había pasado en el ruedo.

ABC

Por Andrés Amorós. Toros flojos, gran decepción

Después del paréntesis a caballo, vuelven los grandes carteles. Otros años, había que esperar varios días para que sucediera algo memorable, en la Feria de Abril. En esta Feria de Mayo, han pasado cosas importantes muchos días. La gente lo sabe y se habla de toros, se discute de toros: como siempre ha sido, como debe ser. Vuelven, esta tarde, las primeras figuras, con los toros de Juan Pedro. Su falta de fuerza y casta da al traste con un cartel que reúne a tres diestros muy del gusto de Sevilla. Todo queda en lances o muletazos sueltos – algunos, con estética y torería– , esbozos, apuntes, sin que propicien ninguna faena completa. La corrida dura casi tres horas y el público, que había acudido con gran ilusión, se aburre soberanamente.

Cuatro días después, el recuerdo de las verónicas de Morante no sólo no ha desaparecido sino que aumenta. No es una de esas “novelerías” con las que, algunas veces, a los sevillanos les gusta soñar, no. En cualquier otra Plaza del mundo, se seguiría hablando de esos lances porque son, pura y simplemente, gran toreo, que une técnica y arte, tradición clásica y sentimiento personal, conducir al toro y hacer más lenta su embestida. La tentación literaria es decir que pararon el tiempo. Ahí quedó eso. Esta tarde, tampoco redondea el triunfo. El primero sale suelto, manso y flojo: ¡vaya toro! Morante, con mimo, dibuja algunos lances, buenos pero lejos de los excelsos del otro día. Antes de varas, el toro ya pierde las manos; en la muleta, echa la cara arriba, por falta de fuerzas. Lo tantea por alto, cuidándolo, con naturalidad y torería; aprovecha dos embestidas para dos derechazos a cámara lenta, que el público saborea… pero la dicha se acaba, como el toro. Mata sin estrecharse. Acierta el presidente al devolver al inválido cuarto pero el sobrero también lo es. ¡Qué petardo! Morante ha logrado un par de verónicas, muy buenas, eso sí, antes de que el toro se niegue a seguir embistiendo. La suerte de varas no existe. Sin probaturas, traza muletazos con facilidad y torería pero el soso toro no transmite nada. Metido en tablas, pone él toda la gracia que el toro no tiene. Como se ha parado, recurre a adornarse por alto. Le tocan el aviso antes de entrar a matar, tanto ha porfiado. Mata a la tercera.

En agosto y septiembre pasado, dos grandes faenas de Diego Urdiales, en Bilbao y Madrid, le convirtieron en torero de culto, para muchos aficionados. Su concepto del toreo es puro, por eso lo defienden maestros como El Viti y Curro Romero. Sevilla lo está esperando para dar (o no) su sabio plácet. Sentencia mi vecino: “Lo que diga Romero, aquí, palabra de Dios”. El segundo rueda por el suelo ya en el tercer lance. Dibuja buenas verónicas clásicas, ganándole terreno, y repite, en el quite. Saluda El Víctor, en banderillas. Brinda a sus hermanos, mozo de espadas y ayuda. El toro es bravo, quiere embestir, pero justo de fuerzas. Traza un estupendo muletazo … y el toro cae. Luce buen corte torero, de calidad, muy puro y natural, pero le falta toro para ligar y redondear la faena. La afición sevillana ha valorado mucho su estilo. Mata caído. En el quinto, de salida, dibuja verónicas casi al aire porque el toro no va. Cuando se dobla con él, el toro va al suelo. Luce sus buenas maneras pero el toro, por flojo, se defiende, echa la cara arriba, se queda corto, casi lo coge. Insiste, sin fruto. La gente está con él, aunque la faena no cuaje. Tarda en matar y todo se diluye.

En sus dos actuaciones anteriores, José María Manzanares ha mostrado su empaque y su gran espada: ha estado bien, sin duda… pero algunos opinan que debe estar mejor. El tercero protesta en el caballo, no se entrega. Se luce Suso con los palos, después de un revolcón. El toro toma la muleta a regañadientes y con poca fuerza. Manzanares dibuja muletazos estéticos, pero el toro, muy soso, se ha acobardado y la gente se acaba impacientando. Mata a la cuarta, entrando de muy lejos, como suele. En el último, se agarra bien y mide el castigo Chocolate, muy aplaudido; como Duarte, con los palos. El toro flaquea pero es manejable. Lo embarca bien Manzanares, bajándole la mano y alargándole la embestida. ¡Por fin suena la música, que, antes, algunos habían pedido, en otras faenas! Dándole pausas, José María logra ligar muletazos, a la vez mandones y de gran estética, exprimiendo al toro por completo. Al pinchar, pierde el posible trofeo.

Me llama un amigo para expresarme su preocupación por la decadencia de las corridas de rejones, con toros que se paran. Tiene razón pero a mí me preocupa mucho más el toreo a pie, en el que, tantas tardes, la falta de casta de las escogidas reses da al traste con carteles prometedores. Los toros de Juan Pedro no han presentado más dificultades que la falta de fuerza, casta y emoción. ¿Es eso lo que buscaban los toreros? Ellos se lamentarán pero siguen apuntándose a estas corridas. Sin toros con fuerza y casta, no cabe un triunfo auténtico. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo? Demasiadas, me temo.

ABC

Por Lorena Muñoz. Teorías sobre el tres y la música

Tres minutos tardaron los toreros en salir al ruedo desde que sonaron los clarines. El paseíllo se hizo de rogar más que de costumbre. Parecía que no había prisa en este lunes de farolillos, antiguo lunes de pescaíto, y no había bulla por llegar a las casetas. Tres minutos que hicieron presagiar que la corrida de Juan Pedro iba a pesar como tres cruces.

Cerca de tres horas duró el festejo que acartelaba a una más que rematada terna que logró colgar el «no hay billetes» por tercera vez en la temporada. De tres parecía que iba a ir la corrida, por buscar el algoritmo del encierro en el que vimos, con muchos matices, a tres toreros dispuestos.

Tres toros tuvieron que salir al ruedo para ver una imagen poco habitual, la de los areneros regando el ruedo antes de que saliera el cuarto. Así que en el ecuador del festejo, y a petición de Morante de la Puebla que era el director de lidia, la manguera empezó a funcionar para los terreros de sombra. No sabemos si el riego tuvo alguna relación, pero el caso es que hicieron falta que salieran tres toros para que asomara el pañuelo verde en el palco.

A la tarde le podríamos aplicar alguna teoría sobre el tres y también otra sobre la música ya que no fue igual para los tres toreros a la hora de arrancar el pasodoble. O así lo entendió parte del público que abarrotó los tendidos maestrantes que censuraron a la banda de Tejera cuando lo creyeron conveniente. Veamos.

Para Manzanares, el gran favorito de Sevilla, era su tercer y último paseíllo de la Feria de Abril. Y tres pinchazos nada habituales en él dio antes de que la espada entrara en el tercero de la tarde. Casualidades o no, ahí queda para la estadística que el toro escuchó una «Sinfonía» de pitos en el arrastre y el torero fue silenciado.

Le quedaba el sexto, el último toro, donde el alicantino suele arreglar sus ferias. Para prepararlo todo aparecieron el picador Pedro Morales «Chocolate» y el banderillero Daniel Duarte. La Banda de Tejera inició el pasodoble que siempre acompaña a sus faenas, «Cielo andaluz», con las protestas del público, pero la espada, no entró.

No tuvieron la misma fortuna sus compañeros de cartel. Ni Morante de la Puebla ni Diego Urdiales contaron con el siempre positivo acompañamiento que la música aporta a las faenas. El sevillano y el riojano interpretaron distintas y estupendas versiones de verónicas templadas, sobre todo el de Arnedo que hizo lo mejor de la tarde y es el que ha toreado más despacio en lo que va de feria. A su primero, que remató en los tres burladeros, lo recibió con un ramillete de verónicas ganando terreno sensacionales. Suya fue la única vuelta al ruedo ya que con el nulo quinto comprobó que tiene que tener una otra oportunidad. Era su quinto paseíllo en la Maestranza, el segundo con figuras, así que debe ser en el tercero cuando por fin consiga el triunfo.

Para Morante era el segundo de los tres paseíllos que hará en este mes de mayo pero tendrá que esperar al último. Estuvo valiente y dispuesto con el cuarto bis, al que toreó en tres terrenos distintos, cuando todo parecía apuntar a que le daría tres antes de tomar la espada. Hubo censura para la banda que estimó que aquello no era para tocar. Esperaremos a que a la tercera vaya la vencida.

6_mayo_19_sevilla.txt · Última modificación: 2019/05/07 07:05 por paco

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