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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

Tarde del domingo, 10 de mayo de 2009

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Cinco toros de Los Recitales y (de distinta presentación, manejables y buen juego salvo el 6º, destacando el 2º y 3º) y uno (5º) de Fernando Peña (noble).

Diestros:

Curro Díaz: Metisaca y bajonazo (silencio). Cuatro pinchazos y bajonazo (silencio).

Iván Vicente: Estocada que hace guardia, pinchazo, pinchazo hondo y caído y tres descabellos, dos avisos (silencio). Pinchazo, pinchazo hondo y descabello (silencio)

Ambel Posada: Dos pinchazos y estocada (silencio). Bajonazo (silencio)..

Entrada: Casi lleno.

Crónicas de la prensa: ABC y El País.


ABC

Por Zavala de la Serna. Recital de Los Recitales

Sería por emular a ZP en el ruedo de Vistalegre y a Rajoy en La Coruña en este arranque de campaña de las europeas, por imitar la vocación mitinera de los políticos, por lo que fuere, pero el mitin de la jornada dominical lo dieron en serio Curro Díaz, Iván Vicente y Ambel Posada con la corrida de Los Recitales en la dura arena de Las Ventas. En lugar de un recital, un mitin. ¡Pues anda que no va diferencia! Y los toros de Los Recitales eran de recitar el toreo en verso. Los tres primeros. Sobre todo segundo y tercero. Y ya vendrán los matices.

Sería porque no se esperaban una corrida tan a modo, el milagro de que en la Monumental de Madrid, en pleno San Isidro, se aprobasen toros de tan limitado y desigual remate. Sobre todo primero y segundo. Con sus caras, eso sí. Línea Osborne. Si se los traen las figuras ni los desembarcan…

Sería porque no se lo creían, el milagro, digo, y por descreídos perdieron la fe en los toros, blanditos de salida, sobre todo primero y segundo, y luego en sí mismos y en el temple. ¡Ay, el temple! Santa palabra. ¡Qué recuerdos de El Viti a finales de los setenta! ¿Qué hubiera hecho don Santiago Martín con el torito que estrenó la tarde, un poco rebrincadete por la falta de fuerza? ¿Uno por serie como Curro Díaz, a lo sumo dos limpios, o hubiese ejercido de enfermero majestuoso con el bálsamo de la templanza en vez de estar pendiente de estudiarse y componerse? El remate, y punto final, fue un tirón, que provocó que la embestida se clavase en el piso. Sin palabras para los sablazos con que lo despachó. No paró de crecer desde su flojedad inicial el bajo primero del lote de Iván Vicente, y no fue gracias precisamente al temple torero, sino a su noble bravura. Cuando ya se había afianzado perdía las manos por la falta de tacto de una muleta que no hallaba el punto ni la velocidad. Vicente se nubló en una faena sin estructura, y terminó por olvidar la noción del tiempo y su buen concepto. Dos avisos por dos orejas…

Ambel Posada dispuso de un tercero cinqueño, rematado y apretado en perfectas hechuras. Sangró hasta la pezuña en un par de puyazos bien administrados por Paco Martín, sin miramientos pero sin saña. No dobló el encastado toro una mano, y embistió pronto, vivo, franco. Posada lo acompañó siempre a su altura, sin someterlo de veras. O sea, sin torearlo. Porque cuando se la echó por abajo el toro respondió con una profundidad extraordinaria. Brilló sólo en pasajes, una trincherilla, una trinchera, un trincherazo, todo lo que fuera recortar el viaje…

En lugar de un recital de toreo, un mitin. Y los toros eran de recitar el toreo. Los tres primeros. Sobre todo segundo y tercero El noblón cuarto sirvió por el derecho pero sin igual empleo: sacaba la cara a media altura. Díaz se desabrochó el chaleco como gesto de arte y querer… Después, a mitad de obra, dibujó la serie más larga y redonda. Apuntes, apuntar sin disparar y la nefanda espada.

El hermano de Iván Vicente, Héctor, cuajó un tercio de varas superior al quinto, parche de Fernando Peña, que lo dejó como una malva. Se movió, dejó estar, sin clase, pero…¡ay, la clase, Iván! No mereció la corrida de Los Recitales la guinda del rebrincado último. Ni esta terna, claro. ¡Qué mitin!


El País

Por Antonio Lorca. Sentir el toreo es un don

Sentir el toreo es un don, que decía el maestro Vidal. Se puede aprender la técnica, la colocación y los terrenos; se puede aprender a torear; se puede ganar en ilusión y motivación, se pueden llegar a conocer los misterios de la lidia… Pero, amigo, no se puede aprender a sentir. Se puede ser un lidiador o un artista: se puede ser un honesto profesional o estar tocado por el pellizco, pero hay que sentir. Se nace o no se nace torero. Y así lo ha confesado el propio Curro Romero: “Lo mío no tiene ningún mérito; yo es que nací así”.

Lo malo, entonces, es no nacer con ese don, anunciarte en la Feria de San Isidro y que te salga un corridón de toros como el de ayer, y te deje en el más amargo de los ridículos. Ésa es otra de las muchas aristas amargas de esta durísima profesión. Toda la vida soñando con un toro que meta la cabeza en la muleta, y que te permita sacar a flote todo lo que crees que llevas entro, y, cuando uno la mete, es el torero el que tiene la suya a la luna de Valencia, y resulta que dentro no tiene más que sueños.

Por cierto, felicidades para el ganadero, pues si bien la corrida no lució más que una correcta presentación, cumplió con alfileres en los caballos, acudió con alegría en banderillas y fue noble, muy noble, de recorrido largo y con extraordinaria fijeza y duración en la muleta, a excepción del sexto, que se cansó pronto de embestir y puso en aprietos a su matador.

¿Y cómo se explica, entonces, que los señores Díaz, Vicente y Posada no dieran ni una sola vuelta al ruedo y salieran de la plaza entre el silencio más atronador, sinónimo de un muy serio correctivo de una afición decepcionada y doliente? Pues, pasó, ni más ni menos, que estos tres señores no sintieron el toreo. Al menos, ayer, no. Porque, de lo contrario, hablaríamos hoy de éxitos apoteósicos, de esos que lanzan a un torero para toda la temporada.

¿Qué es torear? Torear es cargar la suerte, ligar los pases y embeber al toro en los vuelos de la muleta. Y todo ello hacerlo con sentimiento, con aroma, con elegancia, con temple, con torería… ¿Cuál es la técnica del pegapases? Citar fuera de cacho, al hilo del pitón, dar un medio muletazo, rectificar los terrenos, alinearse con el pico de la muleta, torear despegado…

Pues no hay que darle más vueltas: los tres toreros de ayer -con alguna excepción- son tres insufribles pegapases que echaron por tierra una de las mejores oportunidades de su vida.

Imperdonable el señor Curro Díaz, que tiene fama de torero artista, que se adorna mucho y vende bien una elegancia un tanto afectada. El señor Díaz se comportó ayer como un conformista y gran ventajista, muy por debajo en todo momento de sus toros. Tiene porte torero, sin duda, y esa condición le permite esconder los trucos. Se coló muy mal en todo momento, y así no es posible el buen toreo. Es verdad que su primero tuvo poco fuelle y menos recorrido que los demás, lo cual no justifica la labor aseadita del torero, quien volvió a incidir en sus defectos en el noble cuarto, al que dio muchos pases y ninguno dejó para el recuerdo. En fin, que el artista Curro Díaz fue ayer un pintor de brocha gorda que emborronó una ocasión de ésas que él tantas veces habrá soñado.

El caso de Iván Vicente es más duro, porque su carrera tiene, de momento, un recorrido corto, y quizá, más aún, desde lo ocurrido ayer. No quedó claro si quiere ser artista o un lidiador, pero de lo que no hay duda es de que si hizo un lío y no dio una a derechas. Es un torero que desprende frialdad y su forma de torear está ayuna de gusto y de fragancia. Su primero iba largo y fijo en el engaño, y Vicente alargó la faena -al igual que en el quinto- en la búsqueda desesperada de una conjunción que no se produjo. Quedan en el recuerdo un par de naturales al segundo, muy escaso bagaje para un lote de tanta calidad.

La excepción la protagonizó Posada por su ilusión desbordante, pero nada más. Participó en quites por chicuelinas y verónicas, recibió al sexto con una larga cambiada de rodillas en el tercio y quiso hasta la saciedad. Tiene maneras y buen corte, pero le faltó quietud y ligazón. Le faltó el arrebato y la esencia; le faltó romperse con ese tercer toro, que embestía de dulce. Fue una faena larga, pero sin intensidad ni emoción, ingredientes imprescindibles para el éxito. Ante el sexto, se mostró voluntarioso, que es lo único que el toro le permitió.

Al final, la historia consiste en torear o en dar pases. En sentir el toreo o ser un pegapases. Y cuando sale un toro como los que salieron ayer se notan aquellos que carecen de ese don. La prueba está en que entre los tres dieron unos cuantos miles de pases y la gente salió de la plaza como si tal cosa. El único feliz, sin duda, el ganadero.

Por cierto, Domingo Navarro, tercero de la cuadrilla de Posada, se sintió torero y puso dos enormes pares de banderillas. Si es que hasta para ser pintor de brocha gorda hay que sentirse artista… ¿O no? Pues, eso…

Madrid Temporada 2009

madrid_100509.txt · Última modificación: 2012/02/08 18:55 (editor externo)

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