JOSÉ CUBERO SÁNCHEZ, "Yiyo"

Burdeos, el 16 de abril de 1964

Alternativa: el 30 de junio de 1981 en Burgos. Padrino: Ángel Teruel. Testigo: José María Manzanares. Ganado de Joaquín Buendía.

Temporada 1984: el 26 de septiembre formó parte del cartel fatídico de la corrida de Pozoblanco (Córdoba) donde murió Paquirri.

Temporada 1985: el  domingo 30 de septiembre es cogido mortalmente en  la Plaza de Toros de Colmenar (Madrid), cuando lidiaba, junto a Antoñete y José Luis Palomar, reses de Marcos Núñez. Crónica del suceso.

Otros datos
:   alumno de la Escuela de Tauromaquia de Madrid. Poco tiempo después de su muerte se suicida Tomás Redondo, su apoderado "quien no pudo sobrellevar el dolor de la tragedia". Y el Chocolate (su mozo de espadas) murió también poco tiempo después, "enfermo de la pena y la nostalgia".

Video: última corrida del torero

 

Crónica de la muerte de José Cubero "Yiyo"
Por: Ángel Parra Guzmán

Al salir el sexto, que se llamo Burlero, se animó el cotarro. Rafael Atienza -quien también murió pocos años después- lo picó muy bien. Yiyo comenzó la faena rodilla en tierra, con tres impecables muletazos por bajo. Bien ahormado el toro, sucedieron tres series de redondos muy templados, muy ligados, muy intensos. José se entrego desde el principio. Las series eran largas, de cuatro y hasta de cinco pases. Y sin rectificar su terreno, quedándose siempre en el sitio. Burlero, encastadísimo, repetía y repetía su noble embestida.

La excelencia de la gran faena se adentró en la majestuosidad cuando Yiyo se dispuso a torear al natural desmayadamente, hasta empalmar dos con el de pecho, dentro de la más alta aristocracia del toreo de muleta. El público estaba conmovido y en pie. Yiyo, poseído por la magnitud de su obra, cambió la espada y siguió toreando, Cuatro molinetes emborrachado de toro, y tres naturales más, de remate bajísimo, dejaron al toro cuadrado y   pidiendo la muerte.

Yiyo se perfiló y pinchó en hueso. Volvió a perfilarse, y lentamente, dejándose ver, se cruzó con el toro, hiriéndolo mortalmente en lo alto. Pero el animal se revolvió, y al intentar sacarlo con otro pase natural, sobrevino una colada. Yiyo no logró desviar a Burlero -los toros en estas embestidas finales de la muerte suelen ir cegados- y surgió la voltereta. Cayo el torero a la arena y giró sobre sí mismo, tratando que el toro no volviera a recogerlo. Burlero no hizo caso a los capotes que trataron de quitarle y con una terrible certeza, que alargó infinitamente las décimas de un segundo eterno, persiguió a Yiyo hasta alcanzarlo de lleno en el costado. Lo levantó y lo dejó de pie. El toro, libre de su presa cayó fulminado, mientras Yiyo, auxiliado por los hombres de su cuadrilla, daba tres pasos hacia la barrera, con la vista perdida, y se desplomó.

La impresión desde el tendido era la de una cornada gravísima. Pero la   estupefacción de los toreros delató la tragedia mortal. Yiyo estaba muerto. Cuando lo llevaron por el callejón a la enfermería, el gesto del torero era absolutamente cadavérico: los ojos abiertos, extraviados y la tez cerúlea. Nadie podía creerlo.

Marcos Núñez, horrorizado, huía de sí mismo hacia Sevilla. Los periodistas corrían al teléfono de la conserjería de la Plaza para dar la noticia a sus respectivos medios.

Yiyo fue conducido en camilla, con la cara descubierta y el gesto  recobrado, como el de un joven dormido. Le había matado un toro ya vencido, inmortalizado por su toreo. José murió matando y pasó a la gloria en la cumbre de su arte.

El destino le había deparado ser el único torero de la historia que había  dado muerte a dos toros homicidas: Avispado, que mato a Paquirri en Pozoblanco, y Burlero que terminó con la vida del más joven de los toreros.

 

 

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