GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Corrida de abono
PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA
NAVARRA

Tarde del domingo, 13 de julio de 2002
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Eduardo Miura, de buen juego, sobre todo el segundo y el quinto. 

Diestros: 

Entrada:  Lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo


El País. JOSÉ LUIS MERINO.  Padilla salió en hombros

Si el martes pasado Juan José Padilla se mostró como un torero burlesco y mediocre, ayer dejó ver su lado más competente. Sin que fuera una actuación esplendorosa, al menos hubo por su parte una entrega total. Mostró lo mejor de sí. Puso el sol a la altura de sus ingles y ganó la partida. No esperó a que azorrasen las uvas. En sus dos faenas toreó con toda la testarudez que le imprimían sus arterias. En sus dos toros tuvo una actuación bastante aceptable con las banderillas, sobresaliendo el segundo par de su segundo toro. Fue un par excelente, de gran exposición. En su primer toro lanceó bien con el capote. Su faena estuvo tejida a base de naturales largos y templados. A falta del cáliz del arte, puso la cualidad del mando. Después de tres trincherazos y varios pases de rodillas, entró a matar como un jabato. Hubo un detalle muy feo por parte de su cuadrilla: el público pidió una oreja, el presidente la concedió y un subalterno de Padilla se demoraba tanto en cortar ese apéndice, porque buscaba que se le concediera la otra oreja. El presidente, con muy buen criterio, no accedió a otorgar la segunda oreja. De ahí que en el quinto de la tarde, segundo de Padilla, cuando fue a brindar se dirigió a los mulilleros y al torilero por el desagravio que uno de sus subalternos, concretamente uno de los hermanos de Padilla, hiciera ese feo de tardar en cortar la oreja so pretexto de tener mellado el acero de desprender el apéndice orejudo.

Valoremos en Padilla el buen feeling que tiene con Pamplona. Hay algo histriónico en el torero gaditano que hace caer bien. Y si encima se pone delante de los toros y se la juega, entonces el maridaje entre público generoso y torero ardiente se da de pleno.

El francés Fernández Meca estuvo en sus dos toros con oficio. Mejor en el segundo. Voluntad no le faltó.

En Gómez Escorial se dio la extraña circunstancia de que el principio y el fin de su actuación fueron como el río que se inicia en las altas cumbres y acaba en la mar. Para él empezó la tarde mal cuando se puso a recibir a su primer toro a porta gayola y el toro salió andando, por lo que tuvo que levantarse y dejar de ejecutar el lance por encima de su cabeza, para acabar en el suelo sin dar lance alguno. En su primer toro estuvo vulgar con la muleta. Ejecutó una faena insulsa, sin relieve. Por tardar tanto en fijar al toro para entrar a matar llegó a descomponerle, de tal suerte que al entrar a matar le pegó una voltereta. Pasó a la enfermería. Volvió. Y en el último toro, que era un toraco de 680 kilos, con unos pitones que eran como los de un arado antiguo, un ejemplar que parecía más bien uno de los bueyes de los que hablaba Homero al describir la hora del crepúsculo, pues después de vérselas y deseárselas con ese ejemplar, de pronto, como si fuera un rapto de locura transitoria, tiró la muleta y se tiró a matar sin muleta. El encuentro entre toro y torero fue espeluznante. Le podía haber matado ahí mismo. Por suerte, la espada quedó defectuosa y el torero, ileso. ¿Qué había pasado? Sencillamente, que al ver que le habían ganado los dos toros que le cupieron en suerte y él no pudo hacer nada, insistimos que algo pasó por su cabeza, que se le cruzó el pensamiento y decidió hacer un gesto heroico. Es como si fuera a inmolarse. Pasó en ese instante la épica de los toros como un retrato al rojo vivo.


ABC. ZABALA DE LA SERNA. Legítimo triunfo de Padilla a la pamplonesa con una miurada de bandera

Todavía con el corazón en la boca y el alma en vilo por la estocada a cuerpo limpio de Gómez Escorial al pavoroso último miura de la tarde. Calló la plaza al unísono, sombra y sol, público y peñas, todos sin aliento. O loco o lo suficientemente cuerdo y encastado como para saber que la única forma de que ahora se hable de él era ésa, colgarse entre los pitones terribles para no pasar sin huella, sin nada. O sólo con un par de largas a portagayola en el esportón de la memoria.

El miura éste fue el único que se acordó de sus antepasados de negra leyenda y sangre en un conjunto notabilísimo, con dos toros, segundo y quinto, de alta categoría, con los que Juan José Padilla cargó las baterías de un triunfo legítimo, a la pamplonesa, de bullicio y algarada. Confraternizó con la personalidad de Pamplona y su idiosincrasia de fiesta, muy dispuesto y revolucionado. La calidad corrió a cargo de su lote, madera propicia para prender la llama de los tendidos, que conectaron con sus gestos, aspavientos y muecas, a veces obscenos, embutido en ese vestido rosa sedoso y sin apenas oro. Torear, lo que se dice torear, mejor en el quinto, más asentado, corriendo la mano, con más pausa y temple; la faena al anterior, más historiada e histriónica, embalada desde el tercio de banderillas, molinillo y violín incluidos y vendidos a la masa, enfervorizada y rendida al canto de «Illa, illa, illa, Padilla maravilla», un viejo recuerdo para los madridistas que coreábamos en el Bernabéu «Illa,illa, illa, Juanito maravilla», cuando en Chamartín imperaba el espíritu de la pasión y no el frío de un escaparate de tienda de camisetas.

Tres largas cambiadas de rodillas tiradas al quinto, un tren colorado y chorreado (atigrado, para los profanos). Y Padilla más en Ciclón de Jerez que nunca, con excesivo peonaje por todos los lados en el segundo tercio y un brindis a los mulilleros, que habían esperado en el segundo una eternidad por si caía la segunda oreja que se quedó en el bolsillo del presidente, nada contagiado del ambiente. A mitad de obra ya los derechazos se sucedían mirando al gentío, para que no se desinflase la cosa. Y las manoletinas. Y otra vez una resolutiva estocada y de nuevo el palco sobrio y en su sitio. ¿O no? Porque en Pamplona actuaciones así se recompensaron siempre con generosidad. Juan José Padilla paseó el justo trofeo que lo izaba en hombros en dos vueltas al ruedo.

Fernández Meca se frenó en una actuación aburridísima. No pasó de ahí. Terriblemente espeso con el miura que inauguró la corrida, que se dejaba a media altura mientras el francés parecía descargar una camión de pacas de paja, en un esfuerzo continuo y larguísimo, como si enfrente se hallase una fiera inmunda. Aquello pareció no tener fin, aunque, gracias a Dios, todo llega. Tampoco mejoró su imagen con el cuarto, de mayor motor y la agilidad de cuello que caracteriza a los hijos de Zahariche. Nada que no fuese imposible.

Escorial se tapó con el gesto de despedida. Tuvo más opciones con el tercero, que lo volteó absurdamente al entrar a matar a toro arrancado, aprovechando el viaje. Todo quedó redimido con la machada posterior, machada de verdad y no como la de los cobardes malnacidos que pretendieron volar ayer el hotel Maisonnave y teñir de muerte los sanos y alegres Sanfermines, donde los navarros demuestran su casta diferente y noble, que no cabe en ningún proyecto que no sea el de la Navarra foral y española de siempre.


El Mundo. JAVIER VILLÁN. Padilla, un ciclón, devastó Pamplona

Felicitaciones al señor Jorge Mori, que restituyó ayer al palco su seriedad. ¡Olé! Y felicitaciones a Juan José Padilla que, como se verá después, dio lo mejor y lo peor de sí mismo en este coso que tanto lo quiere: su dimensión un poco borde, a veces, y humanísima y generosa otras, que lo acreditan como hombre y como torero.

Dicho esto, que sancionen o que, por lo menos lo aperciban, al tercero de Juan José Padilla, Jaime Padilla, por obstrucción a la labor de arrastre del tiro de mulas. A la espera de que el palco presidencial se rindiera y aflojara la segunda oreja, Jaime Padilla se eternizó rebanando el primer apéndice, mal cuchillo seguramente, navaja mellada de latón o de hojalata... Tan descarada y golfa fue su actitud que hasta los mulilleros se lo reprocharon.Y el gentío, que seguía pidiendo el otro apéndice auricular, le pegó el cante al subalterno obstruccionista. El palco resistió, con dos pares. Bien por el palco.

La noticia más comentada anteayer era que Victorino Martín, hijo, venía a correr el encierro de los miuras. Lo que tiene que hacer Victorino es correr sus propios toros, o sea lidiar en Pamplona.También los tres matadores querían sumarse a la proeza. A alguno de ellos me permití recordarle los versos «Y rogad, señor, a Dios/ que el toro no os corra a vos/ más cierto que vos al toro».No sé si Gómez Escorial corrió o no corrió el encierro, pero bastante hizo con salvar el pellejo, pues cuando se fue a toriles para recibir de rodillas al tercero fue revolcado, y al matar, también. Aciaga tarde la de Gómez Escorial que, en el quinto, se tiró a matar sin muleta. Eso ni siquiera es locura sino insensatez y bobada. Cierto que ese elefante miureño podría haber inducido al suicidio a cualquiera.

La miurada fue una miurada de saldo con diferencias de peso tan abismales como los casi 700 kilos del último y los poco más de 500 de algún otro; noblotes, como los de Padilla, y otros prehistóricos como el sexto, de Gómez Escorial.

Al hilo de los miuras, lo que yo defiendo es que los males de España no son las corridas de toros. Lo malo es que cada español lleva dentro un toro marrajo o un torero. A veces, toro y torero coinciden en una misma persona, lo cual conduce a la esquizofrenia y al desequilibrio bipolar. De esa bipolaridad que define al español autoguerracivilista volvió a dar muestras Padilla en el quinto. Cuando él había sido cómplice de la golfería del subalterno, desagravió a los mulilleros brindándoles el toro y con ese desagravio se sintió honrada Pamplona entera. A partir de ahí, las dos orejas casi estaban aseguradas. Toreó mejor Padilla en éste; mas el palco, el señor Mori, volvió a resistir acertadamente la presión.

Estuvo toda la tarde como un ciclón Juan José Padilla, el ciclón de Jerez, le dicen. Una tormenta de gran aparato eléctrico, truenos y relámpagos; truenos con las banderillas; relámpagos con la muleta, que se fueron apagando porque los miuras no daban para más. Padilla fue a lo suyo. Mezclaba derechazos de rodillas y desplantes con algún natural o redondo más o menos despacioso.Por lo que se refiere a Fernández Meca, fue tanta su buena voluntad y su entusiasmo como su desacierto. Eso merecía un premio aunque, no estuviéramos en la fiesta nacional francesa que se celebra hoy y que repercute, estrepitosa y gloriosamente, en el último día de los sanfermines.

 

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