GANADERÍAS DE ESPAÑA


 

51 años de la muerte de Manolete

28 DE AGOSTO DE 1947.... 51 AÑOS DESPUES

Por Angel Parra Guzmán
(lista Intertoro)

Hace cincuenta y un años murió Manolete. Tenía treinta años recién cumplidos. Fué en Linares el diá 28 del fatídico mes de agosto, alternando esa tarde con Luis Miguel Dominguín y Gitanillo de Triana.

El toro asesino se llamó Islero, de la ganadería de Miura. Manolete, quien fué un extraordinario estoqueador, ejecuta la estocada con mucha lentitud, error que le costaría la vida. El toro hunde hasta la cepa el pitón en su muslo derecho. Los destrozos causados en el triángulo de Scarpa atravesado por la vena femoral le produjeron la gran hemorragia que terminó con la vida del torero el 29 de agosto de 1947 a las cinco horas y siete minutos de la madrugada.

Pero la causa final de la muerte del torero ha permanecido oculta hasta 1997, revelada por el hijo del médico de Linares que atendió al torero, Fernando Garrido. Parece ser que tras la cogida, que había sido grave pero no mortal, el torero había perdido mucha sangre y Fernando Garrido operó y dispuso que se le practicaran las transfusiones de sangre necesarias, cosa que empezó a hacerse.

A las pocas horas el torero se recuperó, habló, se fumó un cigarro, y hasta  reguntó cómo había ido la corrida, aunque seguía débil. Fué entonces cuando lleguó el Doctor Giménez Guinea, en quien Manolete tenía mucha confianza, y ordenó que se suspendieran las transfusiones y que se le aplicara un plasma noruego. A los pocos minutos de entrar el plasma en la sangre del torero, apareció la muerte.

Posteriores investigaciones habrían llegado a la conclusión de que se trataba de un plasma que se había usado con relativo éxito durante la segunda guerra mundial, pero que en 1947 ya se encontraba pasado habiendo causado no solamente la muerte de Manolete sino también las de otras personas que recibieron dicho producto.

Cincuenta y un años después, esta tarde, desde mi Estudio ubicado en la romántica y apacible ciudad de Barranco, a unos veinte minutos del centro de Lima, uno de los mejores lugares del mundo para transportarse desde allí en alas de la música, de  la poesía, y de todo aquello que tenga que ver con la Fiesta de los Toros, me he puesto a recordar lo impactante que fué para mí la muerte del Califa de Córdoba.

Lo primero que me viene a la memoria es que en casa se vivía una inmensa afición. Uno de mis abuelos era andaluz, y Manoletista a ultranza. El otro, un destacado periodista que más bien estaba del lado de los seguidores de Arruza. Al centro de ambos estaba mi padre, Manoletista convicto y confeso. Y finalmente yó, que entonces solamente tenía cuatro años y  porsupuesto no había ido jamás a los toros.

Justamente, a partir de toda esta polémica entre Manolete y Arruza, y tomando en cuenta mi precoz y decidida inclinación cordobesista, logré ser escuchado pudiendo convencer a los mayores, cosa que por cierto no fué nada facil, para ir ese año a los toros con ellos y ver a Manolete cuando llegase el mes de Octubre.

¡Cómo olvidar mis sueños de niño de aquel entonces!... No existía noche en la que no dejara de soñar con Manolete, el torero más grande y legendario de la historia. En mi alma y corazón de niño había idealizado su imponente figura, su magestuosa seriedad, la profundidad de su mirada, y su altivez serena y señorial. Manolete era una figura inconfundible cuyo arte no radicaba en su posición frente al toro, sino en su actitud frente a la vida. 

Sin habérmelo propuesto Manolete era ya un mito que vivía dentro de mí. Cada noche al acostarme y cada mañana al levantarme, así como los niños esperan la navidad, contaba yo uno a uno, los días que me separaban de la primera de abono en Acho para ver, personalmente, a mi amigo Manolete, tal vez el primer amigo de mi vida, una amistad en secreto, solamente mía, que  no la hubiese podido contar a nadie porque los mayores muchas veces no suelen entender las cosas de los niños.

Pero, pienso, que tal vez si lo hubiese llegado a conocer, lo que seguramente hubiese sucedido si Manolete no hubiera muerto, hubiese llegado a ser tan amigo mío como ya lo era yó de él. Es que Manolete tuvo entre sus virtudes la de saber entender a los niños. Así me lo contaba hace algunos años José Luis de Córdoba, su biógrafo y compañero de carpeta en el colegio, cuando caminábamos juntos por cada uno de los lugares en los que transcurrió en la ciudad de Córdoba la vida de Manolete. Y así me lo confirmaba también en Lima el periodista Carlos Beleván, quien me contaba que en una oportunidad pasó a recoger al torero el ganadero Fernando Graña para ir a un tentadero en su dehesa. Como nó había espacio suficiente en los coches para que fueran algunos niños y jóvenes que se encontraban en ese momento con Manolete, éste contestó al ganadero que no iría a la tienta hasta no ver embarcada en los automóviles a toda la "gente menuda" que lo acompañaba. Con lo cual se solucionó el problema de la movilidad como por arte de magia, y hubo sitio para todos.

Cuando el 30 de Agosto de 1947 mi padre leyó el periódico y me enteré que había muerto Manolete... mi mejor amigo... sentí que algo se moría también dentro de mí... me encerré en mi habitación y lloré desconsoladamente. Fueron lágrimas tan profundas que hoy, cuando recuerdo esos momentos cincuenta y un años después, aunque nó tenga ya a papá a mi lado para que me pueda seguir leyendo el periódico como lo hizo tantas veces durante los maravillosos años de mi niñez, me dá una pena tan grande que me dá ganas de volver a ponerme a llorar.

 

 

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