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Festejo 14º de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del viernes, 1 de mayo de 1998
Corrida de toros
Crónicas de la prensa

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Tres toros de Torrestrella -primero, segundo y sexto-,muy justos de presencia, mansos y ásperos; tres toros de Gavira -tercero, cuarto y quinto-, con un poco más de presencia, mansos y blandos. Todos ellos muy bajos de casta. Los anunciados de Guadalest no se lidiaron por falta de trapío de los ocho presentados y también se rechazaron 6 de Torrestrella y 4 de Gavira.
Diestros: 

  • Manuel Díaz "El Cordobés" tres pinchazos y estocada trasera perdiendo la muleta (silencio); estocada caída tirando la muleta (silencio). De grana y oro
  • Víctor Puerto. Pinchazo bajo a paso banderillas y bajonazo (silencio); pinchazo perdiendo la muleta -aviso- y estocada (ovación y salida al tercio). De balnco y plata
  • Morante de la Puebla. Estocada (aplausos); estocada (oreja y vuelta al ruedo). De azul pavo y oro

Picador que destacó -Banderillero que saludó: Antonio Jiménez "Lili", de la cuadrilla de Morante de la Puebla

Presidente: Francisco Teja

Incidencias: 

  • La Autoridad propone para sanción a D. Benito Quinta, picador de la cuadrilla de El Cordobés, por tapar la salida natural de la res en la 1ª y 2ª vara del toro lidiado en primer lugar, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.4 del Reglamento Taurino.
  • La Autoridad propone para sanción a D. Manuel Jesús Ruiz Román, picador de la cuadrilla de El Cordobés, por tapar la salida natural de la res en la 1ª  vara del toro lidiado en cuarto lugar, lo que podría contravenir lo dispuesto en el artículo 72.4 del Reglamento Taurino.

Entrada: lleno

Tiempo: sol y fresco

Crónicas de la prensa: El Mundo, El País, ABC


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla. Morante volvió a tocar pelo

El joven torero cortó otra oreja y sale lanzado de la Feria sevillana

Si para muestra vale un botón, he aquí 18 botones: ocho de Guadalest, seis de Torrestrella y cuatro de Gavira, que los veterinarios devolvieron a la dehesa por ineptos e inaptos para la lidia en plaza de alcurnia como La Maestranza. Alguien los recuperará, no sufran; en alguna plaza, de alcurnia o no, rendirán el alma esos desechos de la naturaleza; todo es bueno para el convento. Sólo que este tinglado taurino de cambalaches, tejemanejes y contubernios tiene menos de convento que de patio de Monipodio, que estuvo aquí cerquita, a la vera de La Maestranza.

BAILE DE CORRALES.- La cosa es que, para completar el lote de ocho toros -los seis de lidia normal y dos como sobreros-, los veterinarios hubieron de reconocer 26. Todo un baile de corrales, baile en capitanía, el baile de las debutantes, todas las casetas de la Feria bailando en los corrales de La Maestranza. Y así, de tanto bailar y danzar, los sobrevivientes de tan fúnebre sarao, unos llegaron al albero, desconcertados y con mala leche; y otros, como el primero, salían cantando Las bodas de Fígaro, que es una partitura entre nupcial y rasuradora.

El primer torrestrella andaba con el genio alterado, no sé si por los trajines rasuradores o por naturaleza. A su casta acarnerada unía cierta acritud de temperamento que dejó a El Cordobés huérfano de técnica y ayuno de resoluciones. Cuando quiso poner solución, en el cuarto, a la Feria que se le escapaba en blanco, se encontró con que el toro se le iba a las tablas, o se venía al suelo; o se paraba a mitad del pase cabeceando unas veces incierto y otras tontuno. «Nunca medraron los bueyes en los páramos de España», escribió un poeta insigne y carcelario. Puede que en los páramos de España, no; pero en las plazas de toros, vaya si medran.

Aspero y ácido era el segundo torrestrella, resabiado de tanta danza corralera, cabreado quizá porque no le gustaba su pareja de baile, Víctor Puerto, que anduvo aperreado, inseguro y matón. Lo de matón va por el navajazo delincuente que le metió en el brazuelo a tan incómodo animal. El mejor momento de Víctor Puerto fue un momento de quietismo, mientras el toro deGavira le olisqueaba, y los pitones le punteaban los alamares. A partir de ese momento de absoluta inmovilidad, Puerto se templó más, se fajó con el toro en tablas y consiguió unos cuantos derechazos que le valieron la ovación final.

FAENA IMPOSIBLE.- A Morante de la Puebla le rondó la cornada del de Gavira sin que, aparentemente, se afligiera. Dos veces se le venció el animal con perversas intenciones, y Morante tuvo el garbo de salirse de la cara del bicho, del mal bicho,con un torerísimo cambio de manos. Después, el toro hizo hilo y lo persiguió con saña. Dobló al animal Morante, desistió de hacer faena imposible y, a la hora de matar, se fue tras la espada sin que le arredrara el toro encampanado y al acecho. La estocada, perfecta.

Bizco y tullido, el colorao que cerró plaza. Se lo pasó Morante por la barriga, bajando la mano y sometiéndolo en una tanda de redondos. Le dio distancia, muy adelantada la muleta y sin descomponer la figura. Y, de haberse consumado la intención del pase de las flores, aquello hubiera sido un clamor. El toro perdía gas, se revolvía asfixiado; y aunque Morante le daba sitio y reposo, la cuestión no pasó de apuntes estilísticos, detalles bellísimos. Espléndido el molinete final ligado con el de pecho. Y perfecta, otra vez, la estocada. Una oreja que a los incondicionales que al joven torero le han salido por legión en esta Feria de Abril les supo a gloria. Y a él, seguro que a mucha más gloria.


ABC. Vicente Zabala de la Serna.  La tarde se desarrolló bajo el recuerdo del capote de Romero

Pasé toda la mañana toreando de salón. Trataba de emular sólo con las manos desnudas los lances del Faraón. De «Casablanca» al bar «Albero», con «Barbiana» como puerto intermedio, bamboleaba el capote imaginario, aún dormido en un sueño distinto y vivo. El día después, en Sevilla, todo olía a Romero, sólo se hablaba de Curro, incombustible y eterno torero. Temblaban todavía las columnas de las gradas de la Real Maestranza del alboroto pasado.

Allá, por cada rincón, se oían los ecos del día anterior. En cada esquina encalada y blanca de la ciudad rebotaban los oles que vagaban, veinticuatro horas después, por sus calles. Reflexionaban los aficionados cómo es posible que dos hombres maduros, veteranos, Romero y Ortega Cano, cosidos a cornadas, hayan sido quienes borden con hilo de oro la pureza y la verdad de este arte entre tanta y moderna juventud de la torería actual. Pensaban y pensaban, y provocaban los pensamientos la meditación del crítico. Hay crisis de toros, sí. ¿Y de toreros? Escaso ganado embiste, sí. ¿Y cuando embiste, qué? ¿Quién se pone con las del veri? ¿Quién? De Sevilla han salido unos cuantos matadores con media en las agujas. Si las cosas funcionaran como antaño, todavía tenían que llamar las empresas al maestro camero y al otro cartagenero. Pero todo son cábalas al margen de la realidad.

Aire fresco y húmedo

Un aire fresco y húmedo nos despertó y sacó del ensimismamiento, ya en La Maestranza. Había pisado el albero el primer toro de Torrestrella, alto, cariavacado y estrecho. Feo. Veía uno a El Cordobés, Díaz, andando por el ruedo, no ya toreando, y parecía ver a Morientes o a Amavisca, el club blanco tira, de paseo por la banda del Bernabéu.

No valía nada el toro de Álvaro Domecq, siempre a la defensiva en el último tercio. Díaz, voluntarioso, sufrió numerosos enganchones. Le fallaron los aceros cuando intentaba rematar la cuestión. Y el recuerdo de Romero se acentuaba.

El «colorao» y cornidelantero cuarto, de Gavira, se incluía dentro del saldo de toros que había sustituido a la rechazada corrida de Guadalest. A la muleta llegó parado, y sólo le dio opción a El Cordobés para que la apertura de faena, por alto, fuera lucida. Después, se rajó el animal, y el torero insistió por insistir, sin más.

A pesar de que Víctor Puerto recibió al engatillado y bizco segundo, también de Torrestrella, con una larga cambiada en el tercio y de rodillas, las palmas más fuertes sonaron para Morante por un quite a pies juntos y a la verónica. Y eso que hubo otro, pundonoroso, del manchego/sevillano por chicuelinas, más voluntarioso que acertado.

Se le frenaba mucho a Puerto el enemigo desde la salida hasta el tercio final, quedándose en mitad de las suertes, y ahí surgía el tornillazo por uno y otro pitón. Sólo le quedó al torero el recurso del trasteo de aliño, por bajo. Despachó al «torrestrella» con un pinchazo, media estocada atravesada y caída, y un descabello.

Valiente se mostró Víctor Puerto con el quinto, otro de Gavira, manso y mirón, descastado y tardo. Anduvo también voluntarioso y porfión, con el arrimón como digno recurso. Hizo el esfuerzo, lo cual se le agradeció, a pesar de que la largura de su labor llegara hasta el aviso.

Sobre la plaza sobrevolaban libres y gloriosas las verónicas de Curro.

A Puerto, el respetable le sacó al tercio, porque por encima de su enemigo se situó.

El tercero, que era de Gavira y todo un «tío», lucía dos petacos astifinos. Buen mozo y engallado, con la cara arriba. No humillaba ni para beber el agua que no había.

No vio el peligro del toro Morante, que brindó, ingenuo, al público, con más afán de agradar que buena vista para el diagnóstico. Desparramaba la vista el toro, violento y defensivo. Y el chaval sevillano se tragó varias coladas y no pocos derrotes. Poco o nada había que hacer. Hábil estuvo en la estocada, que levemente desprendida fue mortal. Se le ovacionó la voluntad.

La divisa de Torrestrella ondeaba sobre el morrillo del bizco, «colorao» y blando sexto, el mejor de toda la corrida, dentro de unos límites más bien bajos. A Morante de la Puebla le funcionó muy bien la cabeza y supo darle la distancia y el sitio necesarios para no ahogarle ni atosigarle, y aun así el toro se acabó a mitad de faena. Surgieron muletazos con la diestra de bella factura, y alguna que otra pincelada suelta. Insisto en que lo más reseñable residió en el sentido torero de las distancias que tuvo el sevillano para exprimir hasta la última gota de su enemigo, y eso, en tiempos en que las neuronas patinan, también se valora. Tanto es así que la afición le premió con una oreja, tras la estocada definitiva y un tanto contraria.

Caía el sol para dar paso a la noche, y el recuerdo de Romero cobraba más fuerza e importancia todavía. Sigo intentando mecer el aire a la verónica con las manos desnudas, sin conseguir templar como el maestro camero.


El País. JOAQUÍN VIDAL, Sevilla. 24 toros inútiles

Para componer los seis ejemplares de la corrida el equipo de veterinarios hubo de reconocer 24 y resultó que ninguno valía un duro. Dieciocho los rechazaron por falta de trapío y los seis que salieron resultaron inservibles. O sea, inútiles todos.

Éste es el panorama ganadero. Llegada la 14ª corrida de feria los toros siguen siendo el gran problema. Los toros, a salvo alguna rara excepción, no tienen trapío, ni fuerza, ni bravura.

La solución tampoco se presenta clara pues mientras la élite de ganaderos se monta unas campañas de imagen fastuosas ninguno parece dispuesto a criar y presentar el toro entero y verdadero. Quizá porque sólo el toro falso les es rentable. Uno no es que asista a las contrataciones de las figuras pero se malicia que, aparte dinero, lo que exigen es el toro sin trapío, sin fuerza y sin bravura. El toro falso con pedigrí que garantice su falsedad. Lo cual explicaría que las figuras toreen siempre toros falsos de las mismas ganaderías y que para la Feria de Abril las contraten cada año pese a su comprobada inutilidad.

Elementos correctores de semejantes maniobras serían la autoridad, que debe vigilar la pureza de la fiesta, y el público, que tiene todo el derecho del mundo a exigir que no le estafen; mas no están por la labor. La representación de la autoridad encargada de presidir las corridas se caracteriza por su incompetencia y el público por su conformismo, que suele ser consecuencia no exactamente de la candidez sino del desconocimiento total de la fiesta de los toros.

Con unos matices muy significativos en la Maestranza donde alguien dejó correr la especie de que aquí no se debe protestar nunca. Hay hasta quienes han establecido minuciosas especificaciones técnicas: el aficionado debe de llegar a la plaza despacito, sentarse cuidando la raya del pantalón, mirará receloso a los forasteros y despreciativo si osan levantar la voz, lo que -afirman- es vicio propio de madrileños. Si no le agrada lo que sucede en el redondel expresará su censura con el silencio.

No es que fuera así la Maestranza tradicional. La Maestranza era una gran plaza, abundosa en aficionados excelentes que manifestaban sus opiniones a media voz y daba gusto oír lo bien que entendían la lidia, o con vehemencia si había por qué; y no dejaban pasar toro falso, ni pedían orejas a lo loco. Y si se intuía un momento cumbre callaban expectantes produciendo aquellos famosos silencios de la Maestranza -unos silencios tan profundos que se llegaban a oír- y duraban justo el instante, acaso fugaz, que tardaba en producirse lo que provocó la expectación.

Nada de esto tiene que ver con el coladero en que están convirtiendo la plaza donde ya un impresentable novillejo ni se protesta, tampoco su invalidez, y hacen saludar a los banderilleros que prenden los palos por la paletilla o más cerca del rabo que de los cuernos -a uno de estos hasta le tocaron la música-, y aplaude igual el toreo elevado a las cumbres del arte que el toreo descendido a la categoría de ordinariez.

Salieron los toros que salieron y si les faltaba presencia o lucían trapío daba lo mismo. Los dos primeros de Torrestrella resultaron harto dificultosos y tanto El Cordobés como Víctor Puerto los capotearon y los muletearon muy voluntariosos. El tercero de Gavira desarrolló peligro y Morante le sorteó valentísimo las coladas y los gañafones. El cuarto Gavira, descastado total, se desentendía de la muleta que tesoneramente le presentaba El Cordobés y escapaba incierto buscando una puerta que le devolviera al muladar.

No mejoró el quinto mas se encontró con un Víctor Puerto en vena, que le hizo una faena seria, maciza, valentísima. Consintiendo y obligando le sacó derechazos de enorme mérito, intentó naturales jugándose el físico, de nuevo por la derecha aguantó parones espeluznantes y cuando finalmente conseguía provocar la embestida, la conducía con un mando y una templanza asombrosos. Prolongó excesivamente el trasteo y ése fue su fallo, que le impidió alcanzar un triunfo sonado.

El triunfo se lo ganó Morante con el último Torrestrella, único medio potable de la corrida, al que lanceó bien a la verónica y le hizo una profusa faena, no siempre templada ni ligada, aunque tiró de repertorio e intercaló muletazos de inconfundible sabor torero. Mató decidido y no sólo obtuvo la oreja sino que a muchos espectadores les salvó la tarde. Lo comentaban complacidos: «Al menos hemos visto una orejita». Entre 24 toros inútiles, una orejita peluda. No está mal, ¿verdad? Al fin y al cabo, y si bien se mira, menos da una piedra. 


 

 


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