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Festejo de abono
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
FERIA DE ABRIL
Tarde del domingo, 7 de mayo del 2000
Corrida de toros
Crónicas de la prensa
Imágenes
del festejo
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de
Miura
(bien presentados, justos de fuerza, difíciles y mansos).
Diestros:
- José
Antonio Campuzano. Estocada atravesada (silencio); estocada tendida, muy
efectiva (silencio); y el 6º: estocada atravesada y descabello (bronca y
pitos).
- El Tato.
Estocada desprendida (silencio con pitos); pinchazo, media estocada, dos
descabellos (pitos).
- Juan
José Padilla. Recibió a portagayola su 1º; estocada en su sitio (oreja).
Presidente: Fernando Carrasco
Incidencias: el matador Juan
José Padilla resultó corneado al recibir a portagayola a su 1ª, y
posteriormente contusionado al entrar a matar. El parte médico señala cornada
cerrada en cara posterior del muslo izquierdo, y fuerte contusión con probable
fractura de costillas, y diversas contusiones en la cabeza. Pronóstico menos
grave. Tuvo que abandonar la lidia. Así mismo, el banderillero Luis Blázquez
García, de la cuadrilla de Juan José Padilla resultó con contusiones leves,
salvo complicaciones, al banderillear al 6º de la trade. El parte médico
señala erosión en región testicular y copntusión en cadera derecha,
pendiente de radiología, pronóstico leve.
Entrada: lleno, con huecos
Tiempo: soleado
Crónicas de la prensa: El
Mundo, El País, ABC, La
Razon
El País.
JOAQUÍN VIDAL. 'Miuras' siniestros
Lo que llaman miurada salió siniestro. Mejor será dejar ya de llamarlo miurada, porque no es orgullo sino baldón de la feria. Los toreros no se fiaron
de los miuras siniestros y seguramente hicieron bien. La excepción fue
Juan José Padilla, que sí se fió y acabó en la enfermería después de
cortar una oreja harto
meritoria.
En realidad Juan José Padilla pasó dos veces a la enfermería, una en
brazos de las asistencias, poco después de saltar a la arena el tercer toro,
otra por su propio pie después de haberlo tumbado de una estocada
y cortarle la oreja.
Padilla compareció en la feria a sangre y fuego. Como suena. Y protagonizó
escenas escalofriantes que pusieron a los espectadores al límite del infarto.
Al final todo quedó en una cornada superficial y fractura de dos costillas; y
serán lesiones dolorosas, pero puede decirse que tuvo suerte, pues el miura
le cogió como para partirlo en pedazos.
Empezó con la recurrente porta gayola. Apareció el miura, terciado
y cárdeno, se frenó un instante ante el torero que le aguardaba de rodillas y
lo acometió incierto. Padilla se levantó presto para no ser arrollado mas el toro
le atrapó con un rápido derrote
y lo tiró al suelo. Allí le revolcó tirándole cornadas, hubo revuelo de
capotes al quite que
distrajeron al toro y Padilla
aprovechó entones para incorporarse y escapar. Sin embargo el toro, que lo vio,
se le arrancó de nuevo, le prendió por un muslo, le lanzó lejos y lo volvió
a revolcar.
Rasgada la taleguilla, desmadejado e inconsciente se llevaron a Juan José
Padilla a la enfermería y quedó sumida la plaza en gran consternación. José
Antonio Campuzano se hizo cargo del toro, y en éstas que ante el asombro de
todo el mundo, apareció unos minutos después Padilla, ya de vuelta, dispuesto
a comerse el mundo.
Lidió sin acusar la paliza que acababa de recibir
y reclamó las banderillas. Parecía increíble. Ágil y atlético, prendió dos
pares ganándole perfectamente la cara al toro, y entró en loor de multitud.
Ya no le abandonaría (el loor). Montó Padilla una faena
ardorosa, destemplada lo mismo en las tandas de derechazos que en las de
naturales, pero a quién le podía importar. Los olés atronaban la Maestranza.
Quiso matar y le costó horrores pues el toro, que había ido a su aire
durante toda la faena, tenía perdida la fijeza, no estaba dominado y se
descuadraba continuamente. Por fin pudo realizar Padilla el volapié, entró a
toma y daca, y cobró un estoconazo
trasero en tanto el toro le
pegaba un pitonazo en el pecho que lo rebotó a varios metros de distancia.
Hubo petición mayoritaria de oreja, que se concedió de inmediato, la exhibió
orgulloso Padilla en la vuelta triunfal al ruedo
y regresó a la enfermería, de donde no volvió a salir.
Sus compañeros de terna no querían seguir el mismo camino, es evidente. Y
vista la catadura que se sacaban los miuras, les aliñaron las
amoruchadas embestidas y les acortaron la vida sin dudas ni contemplaciones. Y
el público se puso levantisco.
No es que los miuras, inválidos, torpones e inciertos, facilitaran
esas faenas que dimanan aromas de alhelíes; mas una mínima decisión, una técnica
lidiadora -un decoro, en fín- era lo menos que se podía esperar del veterano
José Antonio Campuzano y de El Tato, que no es precisamente novicio en la
liturgia taurómaca.
Ahora bien, si se mira en positivo será justo precisar que Campuzano y El
Tato ni engañaron a nadie ni montaron ningún número para impresionar a la
galería. Ellos a lo suyo -y por derecho-, mantearon capotazos, trastearon
muletazos, pidieron la espada y entraron a matar.
Eso sí: mataron fatal. Mataron de juzgado de guardia -que solían decir los
viejos aficionados-. José Antonio Campuzano, que empleaba bajonazos sin
disimulo, al sexto le metió uno de tabernaria concepción. Esa infamante manera
de ejecutar la suerte
soliviantó a la afición y se armó una bronca casi sin precedentes en la
Maestranza.
Apenas perpetrado el bajonazo, parte del público se puso a lanzar
almohadillas; una copiosa lluvia de almohadillas que cubrió prácticamente la
superficie del ruedo. Los celosos custodios de las normas de comportamiento en
la Maestranza no podían dar crédito ni a sus ojos ni a sus oídos. Y algunos,
por justificar el sainete, aunque fuese en abstracto, les echaban la culpa a los
madrileños. Es su fijación.
Así acabó la siniestra miurada: como el Rosario de la Aurora. Claro
que los tres espadas -incluído Padilla, en su dolorosa avería- pueden
contarlo. Y eso es lo bueno.
El Mundo. JAVIER
VILLAN. Oreja
y paliza para Padilla
Desde que un miura mató al Espartero, en Madrid la divisa
de Zahariche es negra en vez de verde y grana que es la habitual. Divisa
negra, por los siglos, a los asesinos de José Luis López de Lacalle, a
quienes utilizan el crimen como argumento político.
La tarde no fue menos sombría. Padilla y un banderillero, Luis Blázquez,
acabaron en la enfermería. El horror dejaba su garabato y su gemido roto en
los tendidos; cuando reapareció Padilla, escapado del hule, el horror se
transmutó en asombro. Volvía sudoroso y sucio, y con el vestido hecho
trizas. Era la determinación de los desesperados: a vida o muerte. Padilla, y
otros muchos como él, o se suicidan cada tarde que salen al ruedo o se mueren
de hambres y de olvido.
Juan José Padilla se había ido a portagayola, en la mismísima raya del
tercio; el portón de chiqueros de La Maestranza es siempre un albur, menos
con los miuras que es casi cornada cierta. Por su anchura facilita que el toro
se oriente. Padilla apenas tuvo tiempo de rectificar y el toro lo tiró al
aire, le persiguió en el suelo, volvió a levantarlo y se lo pasó de pitón
a pitón en un siniestro juego de malabares. En esas circunstancias,
probablemente sin un hueso sano, parecía imposible que Padilla pudiese poner
palos; los puso. Y el segundo par, excelente. En esas circunstancias parecía
imposible que pudiera dar un muletazo. Y Padilla lo dio: mejores o peores;
sorteando tarascadas y embestidas inciertas. Se doblaba el jerezano con el
toro y, a la vez, se doblaba sobre sí mismo. Como si una garra lo estuviera
arañando por dentro. Entró a matar convertido en un torpedo humano, rebotó
en el asta derecha y salió
despedido contra la barrera. Le faltaba la respiración a Padilla mientras el
miura agonizaba. Pero el cupo de emociones y riesgos no había concluido; en
el sexto, el toro cortó el viaje
en banderillas y corneó a Luis Blázquez.
¿Qué impulsa a algunos hombres como Padilla a hacer estas cosas? ¿La
gloria, el dinero, la locura? Todas juntas, y alguna más por separado, no
bastan. ¿Un destino irrevocable? Acaso. No sé qué pasa, en toros, ese
destino incómodo e implacable siempre toca a los mismos. Si un día los
dioses cabreados y, con ánimo de enredar, introdujeran el sorteo de ganaderías
para formar los carteles, ¿qué ocurriría? Que iban a quedar cuatro; Padilla
entre ellos. Está claro
que, cuando hablamos de grandeza, gallardía, majeza y torería, no siempre
estamos hablando de lo mismo; ni de los mismos hombres, ! aunque todos se
vistan de luces. Yo estoy hablando de Juan José Padilla y de los
desequilibrios estructurales y de los agravios comparativos sobre los que se
asienta esta bendita Fiesta. Esta fue la historia de la tarde, salvo constatar
que vestirse de luces ante estos bichos malévolos y vulgares es, de por sí,
historia. El Tato y Campuzano, al que le correspondió uno de propina por la
cogida de Padilla, los mataron. Mal y a bajonazos pero los mataron. Y fueron
despedidos a almohadillazos, sobre todo Campuzano. Esta es la cara bronca y
amarga de la Fiesta: enfermería y pitos. Pero no se alarmen ustedes: otras
tardes, con menos bronquedad, menos peligro y menos gloria, La Maestranza se
ha roto las manos aplaudiendo privilegios, carismas y pinturerías; cosas que
pasan.
La Razon.
BARQUERITO.- Padilla, héroe de una
corrida de Miura
La primera mitad de la miurada fue una corrida
de toros. La segunda, una batalla campal. De los tres primeros, el tercero fue
el mejor, pero también el más violento de los tres. A los dos jugados por
delante les faltó poder. No querer. El que rompió plaza, un buque de 639
kilos, claudicó en seguida y tomó la muleta frenándose y pegando cabezazos
en medios viajes. Bien tapado, Campuzano manejó el asunto con el oficio y la
serenidad de que iba a hacer gala durante toda la tarde. Mató de una gran
estocada. El segundo humilló en el capote y se empleó en el caballo. La
faena de muleta de El Tato
estuvo entorpecida de partida por el viento y el temor a que el toro perdiera
las mano! s por el pitón derecho. No se decidió El Tato a castigar por abajo
y el toro aprendió en seguida.
Con el tercero llegaron las emociones cardiacas. Padilla se fue a porta
gayola y esperó de rodillas impávido frente a la inmensa boca de toriles
de la Maestranza. El toro salió al paso y, deslumbrado, no obedeció al toque
del capote volado para una
larga cambiada, y, cuando
iba a salirse suelto, prendió al torero por el muslo. Como si lo empalara, le
pegó una formidable vuelta de campana. Cuando Padilla trataba de
incorporarse, le pegó otra. Luego, lo tuvo entre las manos. Trató de coser a
cornadas su presa pero todos los gañafones fueron a la tierra. Fue
angustioso.
Descalzo y con la taleguilla
rota, semidesvanecido, Padilla fue llevado a la enfermería. Cuando Campuzano
se había hecho cargo de la lidia, Padilla apareció por su pie. La ovación
fue de trueno. Mayor todavía cuando Padilla quitó por chicuelinas. Y un
clamor, cuando tomó las banderillas por propia voluntad. Triunfó. Una faena
emotiva por lo que tuvo de decidida y de poderosa. Violento el toro, que se
arrancó con brusquedad por los dos lados, pero que al menos metió la cara. Y
sangre fr&ia! cute;a de Padilla para pasárselo con gran arrojo. Nunca
repitió el toro. No llegó a sonar la música, pero tras cobrar Padilla una
estocada de torero bravo, la petición de oreja fue masiva. Después de la
vuelta al ruedo, el torero jerezano se retiró a la enfermería. La oreja
la había cortado con una cornada envainada en el muslo y dos costillas rotas.
Después empezó la guerra. Lesionado el cuarto toro
de la mano izquierda, gruñó sin parar. Calamocheó en el caballo y se
defendió en la muleta. Campuzano trasteó con brevedad y agarró una oportuna
estocada tendida. El
quinto salió descarándose fieramente. El Tato, impasible ante sus bufido,
abrevió en la faena. El sexto tuvo aún más genio que los otros dos.
Campuzano echó mano de oficio antes de matar de nuevo a la perfección.
Algunos no entendieron que no cabía hacer otra cosa: la guerra es la guerra.
ABC. ZABALA DE LA SERNA.
Padilla arranca un trofeo en una brava pelea
Fue un mal día para la profesión periodística, para la
libertad y la democracia: el asesinato de José Luis López Lacalle ha teñido,
una vez más, de sangre y miedo la actualidad en España.
En otro plano, en el taurino, bien insignificante al lado de
la tragedia, tampoco la tarde enmendó a la mañana asesina. Los miuras
impusieron su reino con sus estampas, con sus enervadas y vivas salidas, con su
mansedumbre. Largos, agalgados, de hechuras vareadas que escondían sus muchos
kilos, desarrollaron sentido y peligro. Sólo la gallardía de Juan José
Padilla, su valentía y disposición, plantó cara al juego miureño, aun a
costa de arriesgar conscientemente su existencia.
Padilla ya había avisado de que venía a Sevilla a por todas
con un quite por gaoneras al primer toro de El Tato. Luego recibió a
portagayola al cárdeno tercero en una angustiosa espera, que si no terminó en
un drama terrible fue porque Dios no quiso. Muy parado apareció el miureño, al
paso. Ni un amago de rajarse hizo el matador jerezano, que aguantó lo
indecible. Y cuando tiró la larga cambiada, su enemigo se le quedó, la tomó a
regañadientes y se volvió sobre el cuerpo del torero, que trató de zafarse en
una huida inútil: las astas alcanzaron su objetivo y se cebaron sobre su
cuerpo. Parecía que le había calado fuerte. En brazos de las manos que le
asistían, con tremendo gesto de dolor, fue conducido hasta la enfermería, con
el sobresalto de la plaza entera, que se había convertido por segundos en un
alarido de pavor. Pasados unos minutos, Padilla apareció de nuevo, dispuesto a
cumplir con su cometido y a no dejar pasar la ocasión para reivindicarse.
Banderilleó con arrojo en dos pares expuestos, uno al sesgo,
y se sacó la espina de haber marrado en el que abrió el tercio. Por bajo,
principió la faena, en unas dobladas muy poderosas, que trataban de limar la
encastada embestida del animal. Sobre la mano derecha, sometió la acometividad
en una serie inicial; en la siguiente, el miura ya se había orientado y buscaba
tras el engaño. Tragó quina y se echó la muleta en la izquierda. Por ahí,
había más largura en los viajes y mayor entrega. Los naturales compusieron una
tanda intensa y vibrante, acabada con un apretado pase de pecho.
Cambio de pitón
Cuando creímos que iba a continuar al natural, cambió
de pitón de nuevo, para volver al ¡ay! más de seguido. Le costó cuadrar al
toro, que cuando sintió el frío mortal de la espada echó la cara arriba con
una violencia descomunal. El golpe alcanzó proporciones similares, en pleno tórax.
Casi sin respiración, embardunado en la sangre de su oponente, con la
taleguilla rota del anterior percance y la sangre propia que brotaba de un
puntazo corrido, la imagen del jerezano era de auténtico gladiador o de un
boxeador al borde del K.O, contra las cuerdas que eran las tablas. Dobló el
bruto del espadazo arriba, y Padilla recuperó el resuello y la sonrisa ante la
victoria. Aquello fue arrancar la oreja, la secuencia de Rocky Balboa casi
arrastrándose por la lona en el decimocuarto asalto de la oscarizada película,
madre de las secuelas. Faltaba Mariam.
Se metió en la enfermería para no volver a salir, con lo
cual a José Antonio Campuzano le quedó la papeleta de despachar también al
sexto, en una tarde aciaga, de dudas y zozobra. Y digo yo: a estas alturas de su
dilatada y profesional carrera, ¿qué se le ha perdido a Campuzano en una
corrida de Miura? Cuesta medirse. Luis Blázquez, banderillero de la cuadrilla
de Padilla, perdió pie ante éste que cerraba plaza y resultó duramente
revolcado durante un tercio para olvidar, por la temorosa actuación de los
peones. Otra vez el ángel de la guarda de los toreros metió el capote al
quite, y la cornada no llegó, por fortuna. Blázquez se tiró en brazos de sus
compañeros con el dolor a cuestas. Y desapareció por el callejón.
Rectificaciones
Ante las medias arrancadas de sus avisados enemigos,
El Tato no sacó la casta maña que tantas tardes montaba como su mejor arma.
Rectificaciones, encongetadas, las zapatillas para adelante, para atrás las máyoría
de las veces...
En fin, que tras la entrega de Padilla y su éxito conseguido
a sangre y fuego, todo parecía poco. Y es que realmente lo era.
Parte facultativo: El diestro Juan José Padilla sufrió una
«fuerte contusión en el hemitorax derecho, con probable fractura de costilla;
contusión con hematóma en cráneo y distensión cervical y cornada cerrada en
cara posterior muslo izquierdo, con rupturas musculares y hematoma. Pronóstico
menos grave que le impide continuar la lidia». El banderillero Luis Blázquez
sufrió un varetazo en la bolsa escrotal durante la lidia del sexto.
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