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EL
MUSEO DE BELLAS ARTES
DE SEVILLA |

En uno de los laterales de la plaza del Museo, espacio diseñado por
el arquitecto regionalista Aníbal González, encontramos la fachada barroca del Museo
de Bellas Artes, un hermoso edificio diseñado por Juan de Oviedo en 1602 para ser
convento de la Merced. Tras la desamortización de Mendizábal, en 1835, el edificio pasa
a ser Museo, y así continúa conteniendo una rica colección de obras de arte,
máximo exponente de las diferentes escuelas del mediodía español. La segunda pinacoteca
de España, tras el Museo del Prado, está ordenada en torno a tres patios barrocos que ya
de por sí merece la visita, destacando los azulejos de Pisano y los frescos de Domingo
Martínez.
Entre la gran colección de obras artísticas de primera importancia, puede destacarse
el San Jerónimo, de Torrigiano, una escultura emblemática para toda la posterior
producción de la plástica hispalense. Obras de Lucas Granach, de El Greco, de Martínez
Montañés o de Alonso Vázquez inauguran la visita, que prosigue en la iglesia
del antiguo convento, en donde hoy se expone una serie importantísima del pintor
sevillano Bartolomé Esteban Murillo.
Otra colección de obras de Valdés Leal, Ribera y
Zurbarán dan paso, al final, a la más rica colección de pintura romántica y
regionalista, con obras de Zuloaga, Gonzalo de Bilbao, Gustavo Bacarisas o Daniel Vázquez
Díaz.

José Villegas en el Museo de Sevilla

La cuadrilla de Juan Centeno
Vázquez Díaz, Daniel (Nerva, Huelva, 1882 - Madrid, 1969)
Óleo sobre Lienzo 226 x 181,5 cm. 1953
Museo de Bellas Artes de Sevilla
Daniel Vázquez Díaz es una de las figuras más representativas del panorama artístico español de la primera mitad del siglo XX. Su obra, una de las más personales e inconfundibles de su tiempo, le convirtió en el abanderado del esfuerzo renovador de la pintura española anterior a 1936. En este espléndido cuadro no trata el autor de presentar a una gran figura del toreo, como ocurre en otros lienzos de su producción, sino a un modesto diestro, Juan Centeno Ortíz. El novillero alicantino, vestido de grana y negro, aparece sentado en primer término en actitud un tanto desafiante, flanqueado por dos miembros de su cuadrilla de mirada preocupada, como corresponde al momento anterior a la corrida. Completan la escena las figuras de otro peón y la cabeza de un picador situados al fondo. Cuerpos esculturados, de planos rotundos de color animan esta estampa taurina que se hace intemporal en su sentimiento y ejecución. Esta obra fue premiada con Medalla de Honor en la Exposición Nacional de 1954.
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