GANADERÍAS DE
España

PLAZAS DE TOROS DE ESPAÑA

 

Festejo
PLAZA DE TOROS DE VALENCIA
FERIA DE FALLAS

Tarde del viernes, 19 de marzo de 2004
Crónicas de la prensa

Fotografía de Francisco José Ferrís. Pulsar para aumentar tamaño

FICHA TÉCNICA

Ganadería: Toros de Juan Pedro Domecq (de presentación desigual y buen juego. El mejor, el 5º) 

Diestros: 

Entrada: casi lleno.

Crónicas de la prensa: El País, ABC

Enrique Ponce. Pulsar para aumentar tamañoVicente Barrera. Pulsar para aumentar tamañoJosé María Manzanares. Pulsar para aumentar tamaño

Fotografías de Francisco José Ferrís


El País.  VICENTE SOBRINO. Ponce se viste de gala 

Una faena grande de Ponce al cuarto y un gran toro ese cuarto. Bravo y entregado el de Domecq, rompió alegre para dejarse llevar en la mágica muleta del valenciano. Una vez Ponce vestido de gala, la faena fue un abanico de matices, que manejó varias virtudes a la vez, a saber: temple, calidad, torería y una gran imaginación por variada. También inteligencia. A toro bravo y noble, respuesta sin reservas de un torero que atacó lo justo y necesario para que el toro desarrollara su interior. Labor para disfrute propio y del personal, que se volcó con el torero como no lo había hecho con nadie en esta feria.

Alguna voz, exagerada apreciación, solicitó el perdón del toro. Mas Ponce no dio opción a que la polémica se instalase. Cortó el metraje de una faena ya de por sí larga y se echó tanto encima del toro que la espada le quedó algo pasada. Con ese triunfo, Ponce abría su puerta grande número 30 en Valencia. Todo un récord. Al toro, uno de los más cortos de trapío de la tarde, lo ovacionaron en el arrastre.

Signo contrario en el primer capítulo de la corrida. Ponce no pudo empujar la mole de carne insustancial que saltó al ruedo y la faena quedó aparcada en un mar de probaturas, que le dio un aire definitivamente insulso.

Dócil, noble y justo de fuerzas fue el segundo. Cualidades apreciadas por Barrera que sirvieron para que ambos, torero y toro, se pusieran de acuerdo. Bien atadas las series, y templadas, Barrera le propuso al de Juan Pedro Domecq guardar las distancias.La faena se firmó sólida.

Otro noble toro, uno más, resultó el quinto. El aparente aire frágil de Barrera fue haciendo camino paso a paso. Fue un goteo de faena, que a cada muletazo conquistaba la voluntad de un toro que acabó mejorado. La izquierda fue el centro de atención de un trabajo hilvanado, que acabó remachado por una muy buena serie de naturales.

Igual inseguro que confiado. Unas veces con la sensación de poder y otras con la impronta de no atreverse. Una tarde de Manzanares, en fin, salpicada y discontinua. En el tercero, insignificante de presencia, rectificó la posición más de la cuenta. Con el sexto pareció pensar más en la faena que en el toro y los dos protagonistas acabaron por no entenderse.


ABC. ZABALA DE LA SERNA.  La inspiración sume a Enrique Ponce 

La inspiración sumió a Enrique Ponce en el sueño de la faena de su vida, o una de ellas, en un abandono absoluto a las musas, en la liberación del alma. «Aquí principia el tiempo. Urna de luna, cárcel de aroma. Es todo ya celestemente material». Porque Ponce lo materializó en una faena antológica, histórica, celeste, de rabo terrenal. «Suenan venas-violas, trompas —nostalgias, corazones— claveles-oboes... ¿Quién deshoja la subterránea luz, los números armoniosos?». Todos los instrumentos sonaban en las muñecas del Sabio de Chiva en una sinfonía inacabable, mágica y redonda. Gracias José Hierro, gracias Ponce. 

Me toca a mí deshojar lo indeshojable y me temo que no voy a ser capaz. La luz y la armonía no se traducen en letras. La fantasía tampoco. Jamás vi a Enrique Ponce tallar una obra tan variada, de tanta orfebrería sobre el toreo fundamental, sobre el consabido manejo del poder, de los tiempos y los espacios. Los naturales morían a sus pies como las olas que rompen lacias en las playas mediterráneas, desmayado, después de los redondos que envolvieron su cintura, rota la cárcel del cuerpo para prolongar el interiorismo dormido en unos pases de pecho infinitos. La muleta plegada, que se soltaba como un telón, no para acabar, no, sino para estrenar otro acto de la obra. Un molinete invertido e indivisible con otro obligado de pecho, el pase de las flores, el del desprecio, un ayudado, el abaniqueo, circulares completos que exprimían al buen juampedro, un dije tan dije que fue una pequeña bola de arcilla en las manos del creador. Las dobladas finales por bajo hicieron temblar las estructuras de la plaza todavía más, y a mí también, un poco temeroso ya de que lo fuese a pasar de faena. Ponce se perfiló. Se escuchaba el aire entre algún grito que solicitaba el indulto del bravo y dulce toro, petición que siembra alguna duda, porque en el taller del Sabio todo parece mejor de lo que es, y más cuando se cuenta con un ayudante como Mariano de la Viña. Culminó la estocada, pelín trasera, y los tendidos estallaron en blanco. Las manecillas del reloj retrocedieron hasta hace un año cuando Bourret le levantó con la puntilla otro éxito: lo de Tejero no llegó a tanto, porque el juampedro se echó y ya fue por detrás para atronarlo. La petición del rabo fue prácticamente unánime, pero al presidente le faltó sensibilidad y pulso para que E.P. lograse lo que el maestro José María Manzanares en 1978. Aun así esta puerta grande en Valencia suma la trigésima. Otro hito. 
La corrida de Juan Pedro Domecq fue ideal para los toreros, para que se consumase la gran traca josefina de cada 19 de marzo, menos el más complicado primero, una mole de carne modorra que se defendía en la muleta. 
Vicente Barrera disfrutó la suavidad del segundo, al que a punto estuvo de cortarle la oreja, y de otro toro notable que pinchó. Fue el mejor lote y el más acorde de presentación con la categoría de Valencia, y sin embargo Barrera se quedó ahí, con un par de faenas curiosas y estimables pero tibias.

José María Manzanares empieza a despejar las incertidumbres que había entre si pesaban más sus virtudes o sus defectos: la balanza se inclina por estos últimos. No sale de detrás de la mata nunca, le cuesta un mundo dejar la muleta en la cara, pierde casi siempre pasos, con el capote torea a la defensiva... Su pareja de juampedros fue anovillada, y si a uno le faltó ritmo —aunque cuando a los toros se les quita siempre el engaño de la cara se paran— en el otro, de importante pitón derecho, no hay excusas posibles. Esbozó algunas cosas, como unos naturales o pases de pecho de mucho empaque, insuficientes a cualquier análisis. Lo que aquí pronosticamos con todas las precauciones una temporada atrás, desgraciadamente, lleva camino de cumplirse: no se puede arrancar una carrera por donde otra terminó.

La marabunta que invadía las calles de Valencia esperó a Enrique Ponce a la salida en son de apoteosis, en olor a procesión, a incienso, a gloria.

 

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